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Zurcidor de fantasmas

Sobre Narrar, de Roberto Aceituno


I. 

Este es un libro de varios ensayos y un hilo que los recorre. O mejor dicho, tal vez el hilo es el ensayo del libro. 


No cualquier hilo: el hilo del sudario.


Cuando se piensa en un fantasma la primera imagen que se evoca es la del fantasma que se sabe no existe. El de las caricaturas y las películas infantiles, el fantasma cubierto con una sábana. Pero esa imagen arrastra una real, aunque no se recuerde, aunque no se piense. Es la figura de los antiguos rituales funerarios. El sudario es el paño que envuelve al muerto. 


En el ritual hebreo se procuraba coser bien los hilos de la mortaja para que el alma no escape. Alguien me explicó que la Biblia hebrea puede leerse bajo esta clave de lectura: como un texto que discute con Egipto y su cultura de continuidad entre la vida y la muerte. Las momias, las pirámides, todo ese aparato monumental destinado a que el muerto siguiera siendo. La Biblia, en cambio, traza un borde: los muertos, allá; los vivos, acá. Coser bien los hilos es sostener esa frontera. Matar al muerto podríamos decir. 


Sin embargo, si ha habido que insistir en coserlos bien; digo, los hilos sueltos que tienen los trajes de los fantasmas; quizá sea –como se sabe de cualquier asunto sobre el que se insista – que no hay modo de hacerlo bien, de una vez y para siempre. Lo ido, vuelve. Los espectros vuelven. Y vuelven, dicen, en momentos cruciales: las encrucijadas, los cumpleaños, los cambios de etapa. Aparecen bajo la forma de una piedra, de un gato, de un sueño, de tantas cosas. Se detienen en el umbral y muestran la hilacha.


Aunque si somos honestos, en momentos de fantasmas, es más bien uno quien la muestra. Como sea: hay que ponerse a coser. Y en eso, coinciden tanto los relatos bíblicos como la literatura y el psicoanálisis. Con una diferencia: el psicoanálisis es el oficio de quienes recogen a los que están mostrando la hilacha. Por cierto, el oficio del autor de estos ensayos.


Hilachas hay por todas partes en estos ensayos, y la vocación del autor de recogerlas como materiales preciosos: coincidencias; escuchas furtivas en el desierto; conversaciones con piedras pacientes que guardan secretos hasta que devuelven todo de golpe -por ejemplo, en el delirio de un hombre mostrando la hilacha en un hospital psiquiátrico. 


Coser o no coser los hilos, las deudas o como se le llame a lo que reclama lugar; eso es lo que Freud explora en Duelo y Melancolía, replicando a su manera la respuesta de la Biblia hebrea a Egipto. Hay culturas del duelo y hay culturas de la melancolía. Las primeras trabajan la pérdida; las segundas empujan a no perder nada, y volver lo perdido sustancia. Hay tiempos que posibilitan ese trabajo y tiempos que lo obstruyen. Como sea, aquello que habiendo desaparecido no para de aparecer. Eso es la pena, no la que entristece, sino la que persigue. Y duelar no significa hacer desaparecer de nuevo lo perdido, sino inscribirlo, volverlo letra. Hacer aparecer. Pero más lejos; que es el único modo de acercarse sin perderse. Sin que la sombra del fantasma no oscurezca la vida ni la detenga.


Este es un libro sobre estas fuerzas invisibles en lo visible. 


Fantasmas, gatos, piedras, voces en sueños. Ovnis, extraños, vecinos que inquietan. Cosas que insisten y que la razón no sabe bien cómo clasificar, ni del todo descartar. La ciencia no habla de estas cosas: son cosas de gente que habla de cosas raras. Los psicoanalistas toman ese oficio de recolectores de rarezas, aquellos restos que la ciencia deja afuera: la porfía de los cuerpos, de los enfermos no se toman los remedios, los que estando bien están mal, los espirituados, las ideas que llegan de noche y no se van. Asuntos que alguna vez administró la tragedia griega, ya que no cabían ni en la filosofía ni en las instituciones políticas, y que sin embargo, tenían que ir a algún lado.


Los restos, son los materiales sobre los que Roberto Aceituno vuelve una y otra vez. No son la clase de ruinas que se visitan y se les saca foto, donde uno dice: acá hubo algo que ya no está. Las ruinas de este libro son calientes. Tumbas abiertas.


Con esas cosas invisibles hay, si se quiere, un encuentro en el sentido fuerte de la palabra. Pero tomando una expresión de Guyomard, el autor afila la idea hasta hacerla cortar: lo extranjero no llega.


No viene. Retorna. Es decir, lo que se presenta como ajeno, como visita inesperada, era ya nuestro; o éramos ya suyos. El encuentro, entonces, es también un reconocimiento. Y un reconocimiento puede ser aún más perturbador que una sorpresa.


Cortázar lo intuyó. Escribió que aunque uno haya visto mil arañas, si de pronto se encuentra uno con una adentro del zapato, algo pasa. Algo raro. Da igual cuánto se sepa de arañas. Y pasa algo todavía más raro, algo inédito: obliga a contarle a alguien. Aunque a nadie le interese saber sobre eso. Pero uno se ve empujado a transformar ese suceso en una historia. 

Eso es para el autor, narrar.


II.

Narrar, dice Roberto Aceituno, puede ser en algún grado una resistencia a la interpretación. A ese afán de interpretar como búsqueda de una verdad fija, fija como la araña en el zapato. Una verdad que, al fin descubierta, diga: eso eres tú. No sé francés, pero entiendo que tú eres suena igual a te mato.


Si hay alguna interpretación valiosa en el psicoanálisis, dice el autor, es la que se parece más a la interpretación musical que a la búsqueda de un misterio. Porque interpretar es también escuchar, pero además tocar y ser tocado. Hacer algo con lo que toca: la araña, o lo que cause extrañeza. O dolor. Y hacerlo caminar. Y alejar (alejarse de) la muerte. De la muerte de la melancolía, diría con Freud: vivo pero muerto por dentro.


Sherezade narró mil y una noches para salvarse de la muerte declarada por un rey melancólico, esclavo de su dolor y su rencor: su esposa lo había traicionado. Y la única salida que encontró fue vengarse de cada mujer que tocaba, noche tras noche. Mataba a la araña una y otra vez, pero algo no se le iba. Fijado a su rencor, no sabía de la canción que crea el tiempo, ni del tiempo que crea cosas nuevas, cosas como el amor y las historias. 


Edipo era un poco así. No era un canalla como ese rey, pero estaba igualmente fijado, fijado al régimen de la maldición, a lo que no se mueve, al final escrito de antemano. Prescrito.

Recordemos quién era Edipo. Antes de Edipo, o sea el Edipo preedípico - un poco border -, no obstante, no parecía alguien con problemas: era un rey. (Ya sabemos que no es excluyente, lo border y gobernar).


Edipo, era un rey admirado porque sabía. Sabía tanto que descifró el enigma de la Esfinge. Destruyó al monstruo, ganó prestigio, el trono y una reina. Pero la peste en la ciudad no acabó. La peste, por cierto, es lo que está detenido, lo que no ya no es fecundo, como el rencor, también como la melancolía más espesa. Da igual, Edipo era respetado por saber. 


Sin embargo, había una cosa que no sabía: no sabía quién era, de dónde venía, dicho de otro modo, de los hilos que colgaba su existencia. Y entonces, creyendo avanzar, se descubre en la cama de su madre. 

A quién no le ha pasado. 


Como un Edipo cualquiera, verse como esos perros que van a la reja y ladran furiosos, y avanzan un milímetro y se ahorcan, porque no saben la cuerda que llevan en el cuello.


El problema es que el mundo de Edipo es el de la maldición. Como el rey de Sherezade, no hay salida, el dolor es el dolor, la venganza inevitable: el oráculo dice matarás a tu padre, y si fuera psicoanálisis uno diría que es bastante obvio. Pero esto no es psicoanálisis, ni siquiera historia; es tragedia. Y aunque la tragedia comparta sus asuntos con ambos, en ese mundo ninguna palabra mueve nada. No hay interpretación posible, o mejor dicho: no hay traducción. No hay metáfora que haga caminar las cosas, que las aleje un poco de sí mismas. 


El oráculo le dice lo mismo al padre: tu hijo te matará. Las cartas ya están echadas, y saberlo no cambia nada.


Edipo habla, pero no narra. Habla como soberano, como quien cree saber, habla decretando. En Edipo en Tebas hay un griterío toda la mañana (lo imagino por la mañana, quizá porque la verdad en la tragedia, como el pacto con Dios tras el diluvio, ocurre de tarde). Tiresias le advierte que mejor se calle, y le dice: serás igual a ti mismo


Edipo ya era igual a sí mismo.

Amante de la madre. Hermano de sus hijos.

No hay generaciones, hay personas apiladas. 

Apiladas. 

(Esa es una palabra que evoca el horror). 

No hay sujeto partido en el Edipo preedípico, en el Edipo border. Edipo es literal. Maldito por eso.

Quiero salvar a Edipo. Un poco que sea. 


Su historia es solo la parte más escandalosa de una saga larga, de una historia que no sabe que es historia. Porque su tragedia es en realidad solo un punto de pre

cipitación de la trama de su ciudad, o quizá de cualquier cosa llamada ciudad; un lugar que define quién cabe y quien no. 


Tebas era la ciudad maldita, la ciudad que no se hace cargo de sus fantasmas ni de sus crímenes, que pone muros, que barre y deja los escombros debajo de la alfombra. Y los fantasmas como las deudas, cobran. Vuelven bajo la forma de maldiciones, o de extraños. Un solo episodio de la ciudad alcanza para verlo: el rey Penteo no respeta las leyes de la hospitalidad con Dioniso. No lo reconoce, le parece un charlatán demasiado maquillado. Pero lo que no ve es peor: ese extranjero es su primo. La ciudad había enterrado esa historia, la del niño nacido de la violación de un dios a una aristócrata. El niño es Dioniso. Historias sobre historias, siempre. Lo que sigue es conocido: Dioniso se lleva a las mujeres al monte, el mismo cerro donde más tarde los padres de Edipo intentarán matar a su hijo. El olor de esa historia reverbera en el Flautista de Hamelin, y en tantas otras de venganzas y desaparecidos.


En Tebas las guerras civiles -momentos en que lo familiar se vuelve infamiliar- se trenzan con crímenes domésticos, una y otra vez. Hay un hilo. Ese hilo es precisamente el que obsesiona a Roberto Aceituno: aquel que cruza la historia personal con la historia con mayúscula. 


A causa de ciertas coincidencias, escribe el autor, se encuentra con otros que andan detrás de las mismas huellas: los nudos donde la historia personal y la historia grande se cruzan, y explotan en el delirio de alguien, en un Edipo que se entera tard

e de su lugar en la trama, en la locura de un pueblo.


Pobre Edipo. Fue culpable de algo que no sabía. Eso podría uno alegar a su favor. 

Pero es culpable. No hay como salvarlo. 


Lo es, al menos en una escena crucial. En la encrucijada de su vida, en el cruce de caminos: él y su padre Layo no se dejan pasar. No interviene ningún dios. Sino que se trata de la estupidez de dos hombres que no respetan la más mínima ley del tiempo: primero pasa uno y luego el otro. 

Dejar pasar. 


Pero para eso debe haber tiempo, y en su mundo -ya lo decía - no hay historia, por lo tanto, tiempo. 

Como en una especie de permanente estado de emergencia o una crisis de pánico o de ira; todo es yo, todo es ahora. El mundo griego es el de los padres que devoran a los hijos y viceversa. No hay genealogía: más que hilo hay un nudo ciego. Lucha por el lugar.

 Si no hay tiempo, la lucha es por el lugar.


III.

Dor en hebreo es la palabra para generación, pero también significa círculo. En árabe, dawr - que comparte raíz semítica con el hebreo dor - significa turno, vuelta, ronda, ciclo. Se usa para la vuelta del tejido, para el turno en un juego, para una generación. Cuando algo pasa en una ciudad, en un pueblo, en una familia, en cualquier grupo donde la historia cae; una generación queda deshilachada. Y como el tejido de un canasto, al crecer, lo va haciendo torcido, caído de algún lado; pues falta un círculo. Y no hay cómo hacer que no vengan entonces los fantasmas a exigir: cóseme, cóseme. Es lo que las voces exigen. 


De ese oficio raro, de tejedores de historias y sus silencios que es el psicoanálisis, viene este libro a insistir. El texto reclama con obstinación hacer con lo que vuelve, pide escucha y exige narración. 

Pero no se trata de convencer a nadie de las bondades del psicoanálisis, -¿acaso alguna vez ha funcionado eso? Incluso estando de acuerdo con la crisis que indica Roberto Aceituno: la de la narración. 


La crisis: el lenguaje se ve rebajado a comunicación, información, perdiéndose los espacios y las prácticas en que narrar sea valioso como función psíquica, como ensanchamiento del mundo interior.


A lo que se suma el retorno de espiritualidades que buscan la verdad en lo oculto. Una idea que suele terminar mal, ¿no? Cuando la verdad se vuelve algo que hay que atrapar, tarde o temprano alguien decide qué arañas merecen vivir y cuáles no, cuáles pertenecen al espíritu de la época y cuáles lo contaminan. Pero sea o no bajo el higiene metafísico de la espiritualidad, el racismo avanza. Y el autor de estos ensayos advierte, no nos confundamos: el racismo no es solo su faceta imaginaria, contra alguien de cierta etnia, sino estructural. Es decir, el racismo va contra la idea misma del sujeto extrañado de sí, el sujeto dividido. El racismo del que escribe, es del vecino que habita adentro. Por eso el extraño no viene, vuelve. Contra ese extraño, contra ese pliegue, va la época. 


O en realidad, va siempre. La Biblia, ya que estamos en eso, es también una historia de recaídas al incesto que nos llama: el Edén, Babel, y de ahí para siempre. Hay tiempos así. La melancolía hecha manía. 


Pero la Biblia también muestra que así como recaemos en esa fantasía, recaemos en su fracaso. Lo hemos vivido tantas veces…Y se vuelve a empezar, con el orgullo quebrado, con culpa, asumiendo la deuda con los hilos que nos sujetan. 

Se echa a andar la historia otra vez.


Dice el autor: "La historia no es solo pasado: es escribir el tiempo”. Por lo tanto, se responde a la deuda, hay promesa y porvenir. 

Por eso no hay que convencer a nadie de cosas como el psicoanálisis. 


Como pasa con los fantasmas, da igual si se cree o no en ellos. La criatura que somos, aún, (por suerte) no es capaz de encontrarse una araña en el zapato, o de ver un gato inquietante, sin que le vibre la lengua y se vea en la necesidad imperiosa de contárselo a alguien, de escribirlo, o al menos -si no hay nadie- de preguntarle a la inteligencia artificial si cree que existen los espectros.


Y ya que llegamos a la IA: no importa por dónde entremos a la conversación, tarde o temprano se llega a la pregunta: ¿vas a sustituir lo humano? Y ésta suele responder que no, por varias razones. Pero la más importante es que no tiene que responder por sus deudas ni por sus actos. Ni sacarse los ojos como Edipo. Quien por cierto, sí asume su responsabilidad en la tarde de la tragedia. Edipo crece, Edipo vuelto Edipo -“ligeramente depresivo” diría Winnicott-, dice por fin algo que toca el tiempo.


Aunque la suya es tragedia y eso significa que no hay modo de ser perdonado ni que el destino no se cumpla. Su palabra final algo rectifica. Deja de hablar como la IA, o sea, sin consecuencias. Pasa de la indecencia del habla impersonal, de la tercera persona, a hablar en primera y decir yo fui. Ese acto ordena el mundo. 


Un orden, al fin, no fascista. Un orden humano.



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Narrar
Roberto Aceituno Morales
Umbral, 2026

 

















Imagen de cabecera que ilustra el texto en homepage: generada con IAG por Cristóbal Riesco > @cristobalrie
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