Silencios
- Alvaro D. Campos

- 9 jun
- 3 min de lectura
Víctor Jara fue una víctima, qué duda cabe, un fiel representante de la lucha del proletariado y un cantautor excepcional. Pero no era un demócrata en el sentido en que hoy entendemos el término, y no creo que esto hubiese sido una contradicción para él. Sí lo es, en cambio, para los periodistas que escriben sobre su figura guiados por el poder totalizante e ingenuo de los valores de la democracia liberal (ingenuo en el sentido de elaborar un discurso que intenta conciliar el supuesto pluralismo burgués con la lucha de clases).
Un ejemplo de esto es el artículo que le dedica Rolling Stone, donde se construye a Jara como símbolo universal contra el autoritarismo, eludiendo un problema evidente: Jara era militante comunista, viajó con su conjunto Cuncumén por la Unión Soviética, Polonia, Checoslovaquia, Rumania y Bulgaria, países donde en ese mismo período (1961) había presos políticos, censura de artistas y represión sistemática. No consta que haya dicho nada al respecto.
Jara era de origen humilde, pero no era un hombre sin cultura. Dirigió obras de Brecht, de Maquiavelo, de Sófocles, viajó por varios continentes, conoció la Royal Shakespeare Company, se relacionó con intelectuales y artistas de distintas latitudes. No era alguien que se quedara en el folklore como mero ornamento identitario. Sin embargo, guardó estricto silencio sobre los artistas encarcelados y censurados en Europa del Este. Quizás ese silencio respondía a una lógica mayor, los costos necesarios del parto de un mundo más justo y solidario. Pero eso está muy lejos de enarbolar las banderas contra el autoritarismo en abstracto que hoy se le atribuyen.
Leo en "La suerte de conocerte: Diarios, 2018-2020" de Adolfo Torrecilla:
"«Stalin nos contemplaba atentamente, y yo miraba sus manos blancas, nobles, leales; manos de hombre de pensamiento, manos que decían, más que sus ojos, el carácter tenaz y perseverante necesario al jefe de un pueblo». Da vergüenza ajena leer estas observaciones de la escritora y política María Teresa de León extraídas de su libro El viaje a Rusia de 1934, publicado por Renacimiento y que incluye los reportajes del viaje que realizó con Rafael Alberti, su marido, para asistir al Congreso de Escritores Soviéticos en representación del Partido Comunista español. El libro contiene también una entrevista que la autora hizo a Stalin y varios artículos que escribió tras su muerte en 1953, todavía más sonrojantes que la cita que he destacado y de donde extraigo esta otra: «Él habla para los que necesitamos fe, esperanza y paz». Resulta fácil imaginar qué hubiese pasado con un escritor o escritora que hubiese empleado en los años treinta los mismos calificativos dedicados a Hitler. Hoy estaría tachado de todos los manuales y su obra estaría en la biblioteca de los libros olvidados y sepultados. A los escritores manifiestamente de izquierdas, sin embargo, se les perdonan estas veleidades. Pienso que menos mal (y habría que distinguir en todos los casos la obra de las opiniones del autor), pues así podemos seguir leyendo, por ejemplo, su espléndido libro Memoria de la melancolía. Eso sí, como argumento para defender a María Teresa León —y a Alberti— no creo que sirva ni la ignorancia ni la ingenuidad de lo que estaba pasando en la URSS, pues los dos viajaron a la Unión Soviética en 1934 —y no era su primer viaje— y luego estuvieron en 1937, 1955, 1956, 1964, 1965, 1966 y 1967. Tiempo tuvieron para conocer bien lo que de verdad pasó y estaba pasando en la URSS. Y para descubrir que Stalin no era un angelito".
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