Pasajeros
- Cristóbal Ríos

- 9 jun
- 7 min de lectura
El tren que iba de Paine a Estación Central no fue hecho para llevar tanta gente, pero todo el trabajo estaba en Santiago. Creado para los antiguos viajes a la zona centro-sur, tenía tres hileras de asientos por lado y un pasillo muy angosto al medio, pero ya nadie viajaba al campo —ya no había campo— no había agua, cosechas, laguna, nada.
Andrés había soñado que mataba a alguien y escapaba. La ciudad era la misma pero distinta, llena de edificios que se incrustaban en las nubes, con la pintura descascarada y grietas por donde salían vigas de fierro. “Yo no soy así”, decía. Pensaba en su familia “¿Cómo les voy a explicar?”. Le había seguido pegando a la persona cuando ya estaba muerta, y su cara, difusa en el sueño, era una masa de saliva, sangre, dientes y astillas. ¿Por qué lo había hecho? ¿Cómo explicarlo? Tenía una respuesta, pero no la recordaba: la respuesta estaba antes de su consciencia del sueño, y él escapaba alejándose del lugar donde se encontraba. Las preguntas crecían por encima de los edificios y proyectaban una sombra gigantesca que oscurecía la ciudad. Lo perseguían, lo sabía. Escapaba por la ciudad e intentaba justificarse, pero no recordaba el inicio de la pelea. Nunca había peleado con nadie antes. En una esquina vió un bidón de plástico lleno de parafina, en la vereda, con una manguera dentro. El bidón temblaba como si hubiera una fuerza bullendo dentro. La parafina comenzó a salir por la tapa salpicando todo. Comenzó a desbordarse y Andrés se ahogó en una inmensa ola de líquido inflamable.
“Es sólo un sueño”, dijo al despertar. Ya lo había tenido antes —cambiaban algunos detalles, como la forma del asesinato y la disposición de los edificios— pero siempre despertaba. Estudiaba periodismo. Quería ser escritor y creía que el periodismo lo llevaría a eso. Se levantó y se preparó para tomar el tren de las seis. El frío se podía ver alrededor de las luces blancas de los postes.
Durante el día Paine era distinto. Había cerros verdes de fondo, cielo azul, casas de adobe, puertas antiguas y cierta sensación de estar lejos. En la oscuridad del inicio del día no había nada de eso, sólo frío, postes, murallas y gente siendo atraída hacia la ciudad como hacia un hoyo negro. Los perfiles de los tejados, los postigos de madera de las ventanas y los ángulos de las veredas se dirigían esa mañana, como todos, hacia la ciudad.
Cuando llegó a la estación vió que el tren venía lleno, como siempre. La gente entró y lo arrastró hasta dejarlo aplastado en el espacio de la puerta.
Andrés se había ido sentado sólo dos veces y las dos veces había dormido, como hacían los que alcanzaban a encontrar asiento.
La primera vez le costó encontrar el sueño. Al sentarse abrió Escenas en el castillo, un extraño libro de cuentos de Paul Gadenne, escritor francés absolutamente desconocido del que no existían ni siquiera traducciones al inglés, y cuando comenzó a leer notó que el hombre que estaba sentado al frente lo miraba sonriendo. Su cara era poco identificable. Debía tener 65 años, los ojos se le asomaban más de lo común por los párpados, los labios se le caían de la boca y su pelo era una mezcla de varios tonos de café desteñidos.
—Es un gusto ver a un joven leyendo en el tren. Ya nadie lee.
—Sí, me gusta leer.
—Ya nadie lee. Todos miran el celular, ni siquiera miran por la ventana.
Una señora que iba al lado con su celular se metió en la conversación.
—¿Y qué tiene de malo mirar el celular? Aquí también se pueden leer libros.
—Claro señora, no lo decía por eso… sino porque… las cosas están malas ¿Vio el nivel de migrantes que tenemos?
—¡Sí, terrible!
—Según un estudio en dos años más tendremos 10 millones de migrantes… no lo digo yo, lo dice un estudio ¿Y los crímenes señora? las partes de cuerpos humanos que han encontrado. El otro día una cabeza en una maleta, un brazo. Una pierna, señora, una pierna.
—Terrible señor ¿Una pierna dijo?
—Así es, una pierna venezolana.
—Dios mío, que terrible ¿Y vió lo de Ucrania señor? Yo creo que se viene la III Guerra Mundial.
A Andrés lo desencajó la idea de una pierna de centroamérica perdida en Santiago, un lugar donde no debía estar, sin el tronco o el cuerpo que le correspondía. Sintió físicamente en su cuerpo la separación de dos partes que tienen que estar juntas y nunca más coincidirán. Le vino un gusto a vómito, guardó el libro y se puso a dormir. No vió las casetas abandonadas llegando a Estación Central que parecían puestos de control de la Segunda Guerra Mundial, torres de vigilancia de campos de concentración. Eran los escombros de la Empresa de Ferrocarriles del Estado. Tenían los vidrios rotos y las puertas desvencijadas, y fuera de ellas había vagones oxidados que no iban ya a ninguna parte. Se quedarían ahí para siempre hasta transformarse en estratos.
Cuando, por la mañana, la avalancha inevitable de gente arrastraba a Andrés al pasillo miraba su celular, no hacía nada y se ponía serio sin responder a los gritos y peleas de los que quedaban aplastados en el espacio de la puerta.
—¡Avancen hacia el pasillo pues! Ésta gente señora, se hacen los que no escuchan, los que no pescan ¡Avancen! Ésta gente, señora, impresionante ¡Impresionante la desfachatez!
Los pasajeros que quedaban en la puerta gritaban siempre lo mismo, en especial los de estación Linderos y Buin, que subían cuando el tren ya estaba lleno. Daba lo mismo que fueran profesores, meseros, promotores, cocineros, emprendedores, ejecutivos de banco o coach ontológicos. Todos gritaban lo mismo. Siempre partían buscando a una señora, ojalá de 60 años o más —si no la había daba lo mismo, elegían una de 50 o a la más vieja— y comenzaban a pedir asiento para ella.
—¡El asiento a la señora! ¡Aquí! Esta juventud oiga, ya nadie respeta a los mayores.
Pero cuando ellos iban sentados se hacían los dormidos y no miraban. Pocas veces sucedía que alguien de Linderos o Buin podía sentarse o irse en el pasillo. Sin embargo, esa mañana se produjo una alteración en las posiciones, y Andrés quedó en la puerta. La avalancha no lo arrastró más allá.
Comenzó el griterío habitual. En la siguiente estación la masa de gente empujó a Andrés con la lentitud y la fuerza de un tsunami de barro que arrastra basura, autos, casas y árboles, y su mochila quedó aplastada contra la punta de un asiento “¡Se debe estar doblando mi libro de Paul Gadenne!”, pensó. Intentó acomodarse pero no pudo. El libro era dificilísimo de hallar, casi imposible. La tirada había sido de sólo 200 ejemplares. Si se doblaba o dañaba ¿Cómo podría encontrar un ejemplar en perfecto estado de nuevo? Nunca más podría encontrarlo. Se le empezó a acalambrar la pierna.
—¡La señora oiga! !¡La señora!
Los del pasillo ya no podían avanzar más. Uno de ellos se percató de que no había ninguna señora en el espacio de la puerta.
—¡Denle el asiento a la señora!— gritó Andrés, sin saber bien por qué. “¡Dios mío!” pensó, “se está doblando mi libro y nunca más podré encontrarlo”.
Afuera las aves de la mañana, aún oscura, vieron pasar el tren desde los árboles. Vieron por unos segundos una cosa sin forma, una masa de capas que, al alejarse en la perspectiva, recuperaba su estructura de vagones, puertas y ventanas con gente dentro. Nadie se movía. No había más espacio.
El tren se detuvo y entraron más personas. Afuera, por la velocidad, el puente, el río Maipo sin agua, las casuchas hechas de planchas de zinc, la cordillera seca y los árboles perdían sus contornos, se estiraban y de sus formas quedaban sólo líneas yendo hacia un punto de fuga ubicado en la ciudad. Nadie miraba por la ventana. Los que estaban sentados dormían.
—¡Avanza!— dijo Andrés, y empujó a la primera persona del pasillo, un joven flaco con la cara escuálida, ojos saltones y ojeras. Se le marcaban los huesos de los codos sobre la piel—¡Avanza! ¿No ves a la señora?
—¿Qué wea te pasa hermano?
—¿No veí a la gente?
Al joven se le cayó el celular de las manos. Andrés volvió a empujarlo.
—¡Córrete weón! ¡Mierda!
Andrés pisó sin querer el celular y le rompió la pantalla. El cabro le pegó un combo fallido, un manotazo casi, en la cara. Comenzaron a pelear torpemente, haciéndose daño más en las manos y brazos por los golpes que daban a los asientos que a ellos mismos. Ninguno sabía pelear. La gente chiflaba.
—¡Ándate, flaite culiao, aprende a respetar a la gente!— dijo Andrés, y lo empujó. El otro falló otro manotazo. Andrés, sin darse cuenta, dio un golpe que acertó entre la nariz y los ojos del otro. Comenzó a salir sangre y Andrés se manchó la polera. Se abrieron las puertas en San Bernardo y los pasajeros echaron al otro fuera del andén. Algunos aplaudieron. El joven seguía cubriéndose la cara. Se cerraron las puertas y el tren partió nuevamente.
La situación se calmó y todos sacaron el celular. Andrés se sintió raro. “Bien hecho”, le dijo alguien, pero no se fijó en él, y vio en el piso el celular roto. “Igual debería haberse corrido”, pensó. Abrió su mochila y vio que el libro no estaba doblado. Podría seguir leyéndolo como siempre. Ya no tendría necesidad de encontrarlo.
El tren llegó a Estación Central y Andrés bajó junto a la masa de gente, que comenzó a avanzar lentamente y al mismo ritmo bajo los faroles. La pelea quedó atrás. En esa masa no se distinguía quién venía del pasillo, de la puerta o de los asientos. Para salir había que pasar la tarjeta por el tótem. Andrés pasó la tarjeta y salió.
En la tarde, después de la universidad, Andrés llegó temprano a la estación. Subió al vagón casi vacío y se sentó: era la tercera vez que podía hacerlo. Pensó un poco en lo que ocurrió en la mañana y en ese sueño que se repetía, pero sobre ambas cosas se amontonaban todos los sucesos del día, y Andrés estaba sentado sobre ellos. Todas las direcciones se alejaban. Abrió su libro y no escuchó los graznidos, fuera de lugar, de las gaviotas perdidas en la ciudad.
Muchas de ellas siguen los ríos y cursos de agua desde Valparaíso o San Antonio hasta Santiago para alimentarse. Ahí mueren, entre los vagones oxidados de Estación Central, y nunca más regresan al mar. Si se hubiera fijado en ellas habría tenido una buena idea para un cuento.
Se cerraron las puertas y el tren inició su marcha de vuelta a Paine.
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