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Los perros de Baroja y el relato del orden

A partir de dos cuentos de El lado oscuro de la sombra y otros ladridos, del narrador chileno José Baroja, este artículo examina cómo la ficción literaria ilumina las tensiones entre orden, poder y marginalidad en el Chile contemporáneo, particularmente ante el discurso político impulsado por el gobierno de José Antonio Kast. En estas páginas, los perros que recorren la obra de Baroja funcionan como una metáfora crítica de aquello que el relato oficial del orden social tiende a expulsar o invisibilizar.


En tiempos de cambio político, la literatura suele cumplir una función que los discursos oficiales preferirían evitar: recordar aquello que el poder no alcanza a ver desde sus propios balcones. Eso ocurre hoy con El lado oscuro de la sombra y otros ladridos, del narrador chileno José Baroja. Publicado años antes de la actual coyuntura política, el libro parece dialogar con una sorprendente lucidez con el clima que se instala en Chile tras la llegada al poder de José Antonio Kast.


El nuevo gobierno ha construido buena parte de su narrativa sobre una promesa clara: restablecer el orden. Orden en las calles, orden en las fronteras, orden en las instituciones. En ese relato, el problema central del país sería la pérdida de autoridad y disciplina social. Los cuentos de Baroja, sin embargo, parecen sugerir otra cosa: que el problema de fondo no es el orden, sino el lugar que ocupan los marginados dentro de ese orden.


El relato “El lado oscuro de la sombra”, cuento que da título al libro, ofrece una imagen particularmente elocuente. En medio de protestas, consignas y enfrentamientos que recuerdan inevitablemente al Chile posterior al estallido social, un hombre sin hogar llamado Juan intenta dormir junto a un perro callejero en las calles del centro de Santiago. Desde ese rincón invisible del país, las grandes discusiones políticas pierden sentido. El narrador lo dice sin rodeos: “Las manifestaciones por la Verdad y la Justicia… tendían a olvidarlos a ellos… En términos prácticos, estas ni siquiera habían significado una monedita extra ‘por el amor de Dios’”.


La frase es brutal en su simplicidad. Mientras la política debate reformas, constituciones o seguridad pública, hay sectores completos de la sociedad que simplemente siguen sobreviviendo al margen de cualquier promesa de cambio. La escena culmina con una imagen todavía más contundente: Juan y su perro intentan dormir mientras los ecos del conflicto social siguen escuchándose en la distancia: “Los ruidos siguen escuchándose a una distancia indescifrable: la injusticia obviamente no se ha ido de esa ciudad”.


Esa observación resulta particularmente incómoda para el relato político dominante. Porque sugiere algo que ningún gobierno —ni de izquierda ni de derecha— suele admitir con facilidad: que las estructuras de desigualdad sobreviven a los ciclos políticos; aunque la crítica de Baroja no se limita a la marginalidad social. También apunta hacia otra dimensión central del discurso político actual: la exaltación del orden institucional y de la autoridad.


El cuento “Campos de Marte” es, en ese sentido, particularmente revelador. El relato describe la preparación de una parada militar, presentada como un espectáculo cívico que celebra la unidad nacional. El narrador observa con ironía ese despliegue coreográfico de disciplina y patriotismo: “Una importantísima dotación de soldados se prepara… para el evento artístico, cívico y cultural que… los colocará como protagonistas absolutos del gran balé televisivo del día”. La escena es deliberadamente teatral. La marcha militar aparece como una puesta en escena cuidadosamente diseñada para las cámaras, una coreografía donde cada gesto está calculado. El propio narrador lo dice con sarcasmo: “Un teatro hermoso y funcional… un verdadero producto de exportación lleno de gritos y cantos intimidadores”. El momento más significativo del cuento ocurre cuando un pequeño perro irrumpe accidentalmente en el campo de entrenamiento militar. Por un instante, los soldados rompen la rigidez del desfile y sonríen ante la presencia inesperada del animal. La reacción es inmediata: una orden detiene el momento: “Condicionados como ovejas en un rebaño… solo han atinado a decir ‘Sí, señor’… mientras un uniformado saca al único animal libre en los Campos de Marte. No se le volverá a ver ahí, puesto que se ha atrevido a perturbar el orden”. La metáfora es evidente. El perro representa aquello que no cabe dentro del guion del orden: lo espontáneo, lo imprevisible, lo humano incluso. Su expulsión permite que el espectáculo continúe sin interrupciones.


Leer hoy estos cuentos produce una resonancia inevitable, porque mientras el gobierno entrante insiste en la necesidad de restaurar el orden social, Baroja parece recordarnos que ese orden siempre implica excluir algo: un cuerpo incómodo, una vida marginal, una presencia que no encaja en la coreografía oficial. En ese sentido, El lado oscuro de la sombra y otros ladridos adquiere una relevancia particular para el Chile actual. No porque ofrezca un programa político alternativo, sino porque cumple una función mucho más radical: revelar las zonas ciegas del poder.


Los perros de Baroja, esos animales que recorren el libro entero, no son simples personajes. Son testigos: testigos de una sociedad que puede organizar grandes espectáculos patrióticos mientras ignora a quienes duermen en la calle; testigos de un país que habla constantemente de orden mientras la injusticia permanece intacta.


Por eso, en tiempos de discursos enfáticos sobre autoridad y disciplina, la literatura vuelve a recordarnos algo fundamental: que la realidad del país no siempre coincide con el relato que el poder necesita contar y que, a veces, basta la presencia de un simple perro callejero para dejar en evidencia esa distancia.


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El lado oscuro de la sombra y otros ladridos
José Baroja
Ediquid - Grupo Ígneo, 2020

























Imagen de cabecera que ilustra el texto en homepage: generada con IAG por Cristóbal Riesco > @cristobalrie
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