¿Dónde podría estar mejor?
- Andrea Kottow
- hace 3 días
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Quisiera pensar esta presentación como un gesto que responde a una invitación; una invitación que, a mi parecer, extiende Catalina Porzio. Y que, siguiendo las imágenes de las que está colmado su bello ensayo, nos invita a sumergirnos en aguas siempre cambiantes; calmas algunas, tormentosas otras, saladas, dulces, hasta putrefactas. Aguas que se transforman, así como un río de agua dulce desemboca, aumentando paulatinamente su salinidad, en un mar cuya sal arde en los ojos y hace escupir por el gusto incómodo en boca.
Aguas que se transfiguran de ajenas en propias y nuevamente en ajenas.
El ensayo de Catalina fluye como el agua que impulsa su acto escritural, y al que respondo, en un gesto lleno de sorpresa y admiración por su libro, con otras letras para que confluyan con las suyas.
La sigla SPA provendría de la sigla latina salute per aquam, o salus per aquam, refiriendo a la idea de que el agua restaura un estado de salud fragilizado. Los romanos eran asiduos a los baños, que reunían en sí más de una función: más allá de la salud, estaba la higiene, el ejercicio físico, pero también la vida social y política. Como en los baños turcos, los latinos hacían lo suyo en estos establecimientos que abundaban en el vasto territorio que llegaron a ocupar los romanos. Otro posible origen, que quizás no sea sino el mismo, de la sigla SPA sería una ciudad ubicada en el este de Bélgica, colindante con Luxemburgo y Alemania, famosa, en tiempos del imperio romano, por sus baños termales. Si acaso la sigla refería a la ciudad y sus baños, o la ciudad fuese bautizada por la presencia de sus aguas sanadoras, se pierde en las incertidumbres de los tiempos pasados. Las aguas termales en muchas culturas han servido de terapia a las más diversas enfermedades, tanto físicas como psíquicas. La ciudad de Baden- Baden, en el sur de Alemania, duplica en su nombre el significado literal de bañarse-bañarse, acaso una invitación a visitar sus baños, asimismo famosos en el Imperio Romano.
Que el agua hace bien, más allá de que es vital, es difícil de negar. Y de que es multiforme, presente en nuestras vidas de tantas maneras que sería difícil de enumerar, es innegable. Tanto así, que parece un salto al vacío el que realiza Catalina Porzio en este arriesgado y hermoso ensayo, que corre como el agua, que le da tanto el título como un centro escurridizo a este libro que presentamos hoy. El agua no se puede retener; así una experiencia que todo niño hace al intentar hacer un cuenco con sus manos emulando una vasija. Esta imagen, un poco distinta a la evocada acá, porque nadie se baña dos veces en el mismo río, como constató Heráclito, y nos recuerda Catalina, da inicio a una escritura que recorre diversas imágenes del agua: pasando por el archivo personal, escenas de cine, documentales, poemas, novelas, cuadros, así como por retazos anclados en algún lugar incierto de la memoria. Pero no en un intento de sistematizar lo que es imposible de ordenar en una taxonomía sino más bien en un gesto que invita a ir evocando las inmensas cantidades de agua que nos pueblan a nosotros, los lectores: aguas que hemos bebido, hemos visto, hemos soñado, en las que nos hemos bañado, a las que hemos temido, que hemos admirado en pinturas, en dibujos, en fotografías, en escrituras.
Retomo una, de La muerte en Venecia de Thomas Mann: cuando el escritor de edad madura, Aschenbach, viaja a Venecia, ciudad de los innumerables canales, buscando sosiego para su alma cansada, experimenta desde el inicio de su travesía el desdibujamiento del tiempo, que junto al amor prohibido por el joven polaco Tadzio y el cólera que invade Venecia, le costará la vida: “Forrado en su abrigo, con un libro en el regazo, el viejo descansaba, mientras las horas transcurrían inadvertidamente. Había cesado de llover, se retiró la lona de la cubierta. El horizonte se había despejado enteramente. Bajo la cúpula del cielo se extendía en torno al barco el disco inmenso del mar. En el espacio, vacío, sin solución de continuidad, faltaba también la medida del tiempo y flotábase en lo infinito”.
El mar se confunde con el cielo, así como lo hace, y así lo remarca Catalina en su ensayo, en los miles de cuadros que Turner le dedicó a lo que fuera su motivo más recurrente. Repara en la paradoja de que Turner se solía hacer amarrar por horas al mástil de un navío para “sentir en carne propia la fuerza del océano y volcar esa experiencia en una pintura única, vertiginosa, que sobrepasa la carga atmosférica de su paisaje licuoso”. Lo paradójico estaría en que esta experiencia de exponerse a las inclemencias del agua salada, golpeándolo en la cara, sintiendo las fuerzas sobrehumanas de un agua que se ha tragado infinitas vidas sin expulsar a su superficie los cuerpos muertos, termina por plasmarse en pinturas donde el mar se figura en la sencillez de una línea horizontal que emula el horizonte. John Berger cuenta en su ensayo dedicado a Turner que este creció en la barbería de su padre. Agua, espuma, vapor, especula, se convierten en los pobladores de una imaginación artística que vuelve una y otra vez a esos elementos que se mezclan y difuminan en el lugar donde el padre se dedica a cortar pelos con una navaja. La navaja en Turner se vuelve brocha, que busca atrapar esos elementos que se escabullen a su fijación. Y, así Berger, está la inminencia de la sangre que tiñe de rojo, pero también agrega espesura al agua.
Y ahí es donde volvemos a Mann. Cito otro pasaje donde vemos a Aschenbach entregarse a las aventuras del agua: “¿Dónde podría estar mejor? Y con las manos dobladas sobre sus rodillas, dejaba que sus ojos se perdiesen en la monótona inmensidad del mar. Amaba el mar por razones profundas: por el ansia de reposo del artista que trabaja rudamente, que desea descansar de la variedad de figuras que se le presentan en el seno de lo simple e inmenso; por una tendencia perversa, opuesta enteramente a las exigencias de su misión en el mundo, y más tentadora, por eso, a lo inarticulado, desmedido y eterno; a la nada. Quien se esfuerza por alcanzar lo excelso, nota el ansia de reposar en lo perfecto. ¿Y la nada no es acaso una forma de perfección?”.
La comparación que la nouvelle hace, en otro momento, entre la góndola veneciana y un ataúd no solo la encontramos en su obra; está también en Wagner y en Nietzsche, quienes, como Aschenbach, odian y aman Venecia. Wagner escribió su Tristán e Isolda en Venecia, ciudad mórbida, que hace confluir, como ninguna otra, eros y thanatos.
Aschenbach viaja, en su góndola-ataúd hacia su propia disolución, su muerte. Y si bien no hay sangre cuando fenece mirando el mar, se intoxica con un puñado de rojas frutillas que engulle en un acto casi suicida que lo hace contraer el mortal cólera.
Tan vinculada como nos aparece el agua a la vida, está imbricada con la muerte. No solo porque nos puede hundir en sus profundidades robándonos el último aliento, sino porque al menos desde su fijación en la mitología griega en el río Aqueronte, es un camino que nos lleva al Hades. El agua como tránsito entre dos mundos: el de los vivos y los muertos.
Pero me dejé llevar por una corriente; una que, me parece, está inscrita en el Ensayo del agua de Catalina Porzio, y que invita a soltar, a ir con ella sin claridad con respecto a las costas a las que se arribará. Porque, como dice en su libro: “Parece imposible hablar del agua a secas (no solo por el juego de palabras), pues dada la fluidez de su naturaleza, cambiante y escurridiza, invita constantemente a la deriva, haciendo inevitables los desvío, las digresiones”.
Sería difícil enumerar a los autores y las obras convocadas por Catalina en su ensayo, así como imposible de circunscribir las aguas que atraviesa. Van desde imágenes de balnearios repletos en los cuales es difícil pesquisar un pedazo de arena y en cuya rompiente en lugar de encontrarse con una estrella de mar, el bañista se topa con la basura dejada por otros; a la imaginación del hedor que debe haber imperado en el mundo antes de que se impusiera la costumbre de la higiene diaria en las salas de baño privadas. El agua colinda con la tierra muchas veces en inciertas líneas divisorias y así en el Ensayo del agua no todo va de agua; mucho va también de la tierra y de lo que en ella acontece. O de representaciones del agua que nunca están hechas de la misma materia que evocan. Y sus referencias son múltiples y diversas y muestran la elegancia de sus gustos y dan cuenta de una curiosidad que se deja llevar por su salvajismo: están Caspar David Friedrich y El Bosco, Felix Mendelsohn y Gardel, Oliver Sacks y el Código Civil, Canetti y Madame Bovary, Toulusse-Lautrec y Katherine Mansfield.
Una pequeña confesión: el algoritmo que me arroja Reels en Facebook –la única red social que tengo y en la cual malgasto a veces mi tiempo– me reitera una y otra vez pequeños clips de olas. Olas gigantes que amenazan con engullir a surfistas, olas que parecen querer tragarse el mundo; también de clavadistas locos que se arrojan de alturas inconcebibles a un infinito azul o de remolinos que remueven en una extraña simetría lo que parece estar incontenido en un espacio de agua infinito. Supongo que no fue el algoritmo el que hizo que hoy día estuviera presentando o comentando o escribiendo sobre, de y con el ensayo de Catalina Porzio, pero me gusta pensar que una corriente subterránea haya hecho que sus aguas me hayan visitado, y me hayan convocado a sumergirme en ella, dado que es un ensayo, y lo digo sin envidia, que me hubiera gustado escribir a mí. Y de seguro me hubiera resultado infinitamente peor.
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Andrea Kottow [presentación de Ensayo del agua]
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Ensayo del agua
Catalina Porzio
Mundana Ediciones, 2025



















