Contra los creadores de contenidos
- Pablo Apablaza

- 9 jun
- 5 min de lectura
La contaminación en Calcuta saturaba el aire con una pátina densa y grisácea. La comitiva internacional ocupaba las instalaciones del Satyajit Ray Film and Television Institute con un objetivo técnico: estudiar la tradición documental india, registrar el entorno material, someter la mirada a la fricción de la calle bengalí. En medio de ese rigor, un integrante del grupo padecía una anomalía óptica, una patología visual exasperante. Actuaba a manera de lente inverso. Capturaba el paisaje entero solo para devolverlo a sí mismo, comprimido en un píxel narcisista. Este muchacho libanés portaba el pasaporte de una nación en ruinas, pero su psiquis orbitaba un render arquitectónico de Dubái, un territorio aséptico, climatizado y rendido a los fetiches corporativos de las marcas globales.
Se presentaba con el currículum líquido de la época. Modelo, mánager deportivo, creador de contenido. Su proyecto documental, en teoría, abordaba la explosión del puerto de Beirut de 2020. Al dar play al archivo, la tragedia libanesa brilló por su ausencia. La pantalla exhibía un solo rostro: el suyo. Él con el uniforme de la Cruz Roja, él con el casco de bombero, él con la mirada clavada en el horizonte entre los escombros y bañado por la luz perfecta. Convirtió una masacre nacional en una promo de su propia bondad estética. Degradó la memoria histórica a puro ego.
Este sujeto habitaba una realidad paralela de cinco pulgadas. Mientras comíamos lentejas con las manos, él cortaba y filtraba historias en su teléfono. Durante las caminatas entre la pobreza extrema y la dignidad religiosa y brutal de las calles, empuñaba su cámara frontal. Utilizaba la miseria ajena como telón de fondo para su épica de viajero intrépido. El consentimiento, el contexto o la decencia resultaban variables irrelevantes. La única ley vigente dictaba la acumulación de interacciones. Su cuerpo funcionaba como un proyecto de ingeniería. Calculaba gramos de proteína con una aplicación, obsesionado con la masa muscular. Reducía el acto de comer —cultura, comunión y placer— a una estricta gestión de macronutrientes.
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Éric Sadin sitúa la matriz de esta patología en la proliferación de las «tecnologías de la expresividad». En La era del individuo tirano, advierte que la democratización de las pantallas dotó a cada sujeto de una «impresión de autosuficiencia». El creador de contenido observa el paisaje, pero rehúsa aprehenderlo y lo usurpa como utilería para ratificar su propia existencia. El filósofo constata el triunfo de un dogma contemporáneo: «el 'yo' representa la fuente primera -y en general definitiva- de la verdad».
La mente del documentalista libanés eludió el aterrizaje en la India y quedó atrapada en las fauces del algoritmo. Sadin vincula este comportamiento a una «pasión por la expresividad», un mandato que despoja de valor a cualquier vivencia carente de validación pública inmediata. El individuo se instituye como el único centro de gravedad, que aniquila de paso la noción de un mundo en común. El viaje perdió su potencial de expansión creativo o espiritual incluso, y devino un trámite utilitario destinado a engordar el perfil de un avatar exhibido con el torso desnudo, a imagen y semejanza de un modelo de catálogo.
Esta lógica de set de grabación, además, ha colonizado el trabajo intelectual. El académico, antaño refugiado en el rigor del ensayo, hoy busca asilo bajo la luz de un aro LED. Observamos al sociólogo transmutar en un comentarista de variedades. Alberto Mayol asume, con absoluta desfachatez, la identidad de streamer y repudia de tajo cualquier vínculo con su antiguo oficio de investigador, académico o intelectual. Sometido a los paneles de YouTube y al ritmo frenético de un chat de texto, sacrifica la pausa de la reflexión en beneficio de la reacción visceral, e ingresa voluntariamente a la trituradora algorítmica. Allí, el saber necesita el disfraz del titular para retener a una audiencia dispuesta a pagar suscripciones, o tiempo de visualización, a cambio de piruetas retóricas.
El propio Estado, en ciertos casos, consolida esta barbarie. El mandato burocrático exige que toda investigación científica, postulación a Fondecyt, posdoctorado, un estudio sobre segregación urbana o un núcleo sobre biología celular, destine presupuesto a un equipo comunicacional. Se obliga al investigador a fabricar cápsulas verticales. La creencia absolutista dicta que cualquier fenómeno complejo admite una explicación en noventa segundos. Se impone un régimen de visibilidad perpetua que repudia la opacidad necesaria del estudio, lo que reduce años de trabajo de campo a un bloque de texto flotante con música viral.
El fenómeno avanza cual maleza sobre todas las áreas de la cultura. El booktuber gestiona una marca personal sobre una pila de novelas; utiliza los lomos como escenografía y reduce la literatura a un accesorio de moda. El artista-influencer abandona la urgencia de la ruptura estética para diseñar una personalidad exportable. Fabrica obras inofensivas destinadas a calzar en la cuadrícula de la plataforma. Y lo peor es que incluso el activismo sucumbe al embrujo del envase. Esa flotilla de activistas chilenos que se embarcó rumbo a la Franja de Gaza sepultó la radicalidad de su demanda política al someterla al dictado del contenido rápido. Transmutaron el genocidio palestino o el bombardeo ajeno en una oportunidad para exhibir su propia superioridad moral frente al lente del teléfono. Aniquilaron cualquier narrativa distinta o genuinamente disidente. Todo adjetivo que se cuelgan en el perfil —combativo, decolonial, antisistémico— termina empaquetado como un producto de góndola de supermercado. Carecen de salida. Evitarán, por supuesto, cualquier mínimo intento de encontrarla.
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En Exit Reality, Valentina Tanni rastrea la matriz de esta enajenación en el corazón de las estéticas liminales y el falopismo visual de la red. La teórica documenta una fractura definitiva: internet abandonó su función de herramienta para mutar en una entidad alienígena capaz de someter la percepción física. Bajo este nuevo régimen, la materia deviene un escenario hueco. El entorno asume la textura de un paisaje weirdcore, una dimensión perturbadora poblada por espacios vacíos y pasillos sin salida. La realidad pierde su autonomía, opera exclusivamente a modo de cantera para la extracción rápida de imágenes. El individuo, despojado de voluntad histórica, cede su lugar al autómata y ejecuta movimientos mecánicos, programado para transitar por un simulacro que exige la aniquilación del cuerpo físico en beneficio absoluto de la pantalla.
Tanni señala que internet «hizo de la salida una entrada y del afuera un adentro». El encierro resulta total y voluntario. La rebelión estética o política choca contra paredes virtuales diseñadas para deglutir el conflicto y transformarlo en un «conjunto de experimentos (desordenados, caóticos y sincréticos) que gravitan en torno a un único objetivo: encontrar nuevas formas de relacionarnos con el concepto de realidad». El problema radica en que esa nueva relación exige la obliteración del cuerpo, del contexto y de la memoria histórica.
La frontera colapsa entre el documentalista que rentabiliza las ruinas de Beirut, el investigador que ensaya coreografías para justificar su presupuesto y los escritores-influencer que reducen el trauma al código de barras de una novedad editorial. El grupo entero sella idéntica capitulación. Rinden el pensamiento ante la tiranía de la expresividad. Mediante esta transacción, aceptan el despojo de la realidad física y su peso histórico, la degradan a un simple set de filmación. El arte y la crítica perecen de asfixia al aceptar el formato del minuto y medio. La capacidad de sondear la profundidad del abismo queda sepultada bajo la urgencia de la interacción, del clic y del like. Mientras la ética y la estética de nuestra época permanezcan atrapadas en la métrica de la visibilidad, el verdadero conflicto —aquel que requiere silencio, tiempo y esfuerzo— permanecerá invisible. Afrontamos el horror de un futuro poblado por cámaras de altísima resolución dirigidas, con una exactitud escalofriante, hacia espejos completamente vacíos.
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