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Séptima Región como “Programa de des-posesión”

Hay  novelas que organizan su sentido en torno a un secreto. Algo que debe ser descifrado, una clave que, una vez encontrada, ordena retrospectivamente todo lo leído. Séptima Región –la ultima novela del escritor chileno Nicolás Poblete, publicada en abril de 2026 por Editorial Cuarto Propio–no funciona así.


La trama es austera: Renato, un terapeuta ocupacional que sobrevive el accidente donde muere Millaray, su pareja, recibe por correo una invitación de Eneas, antiguo colega de la Comunidad Terapéutica que desapareció tras saquear una farmacia durante el estallido social de 2019. La carta lleva como remitente “Séptima Región” –denominación administrativa oficialmente abolida y que Renato no reconoce. Pese a eso Renato viaja a Talca. Lo que ocurre en la reserva de palmeras de Eneas ocupa el resto de la novela: una secuencia sistemática de despojo.


Aquí no hay nada oculto. O mejor: lo que hay no se oculta. Se dice. Se repite. Se explica incluso con una insistencia que, lejos de aclarar la trama, empieza a producir otro efecto. No el de la comprensión, sino el de una cierta saturación.


Eneas no encubre su sistema. Lo despliega. Lo cita, lo ejemplifica, lo pone en práctica con una meticulosidad que desarma cualquier expectativa de misterio. Budismo, Schopenhauer, Simone Weil, mitologías diversas, experiencias personales, resentimientos muy concretos: todo aparece en la misma superficie, sin jerarquías claras, como si el problema no fuera la coherencia doctrinaria sino la capacidad de articular algo que funcione. La novela no invita a interpretar ese sistema, sino a observar cómo alguien interpreta el mundo hasta volver esa interpretación operativa.


Ese desplazamiento es decisivo, porque vuelve secundaria la pregunta por la verosimilitud del argumento. No importa si el sistema de Eneas es coherente, si sus referencias son rigurosas, si su práctica es legítima. Importa que funciona. En términos foucaltianos tiene una operatividad, Eneas es un dispositivo puro: no una figura de autoridad validada por institución o tradición, sino un ensamblaje de prácticas que se prueba enteramente en acto, en el cuerpo de otro.


Renato llega a la cabaña con una subjetividad ya erosionada por la culpa –el accidente, Millaray, la urna sobre el velador–, y lo que encuentra no es una forma de elaboración del duelo, sino un programa. La palabra no es casual. Hay una secuencia, una progresión, una lógica de intervención que avanza con precisión quirúrgica: la billetera, el vino, el celular, la ropa, el pelo, la sangre. Cada objeto retirado opera como un paso de des-mediación. Renato no pierde “su yo” en algún sentido metafísico. Pierde las interfaces concretas que sostenían su existencia: la tarjeta de crédito que lo sitúa en una economía, el teléfono que lo conecta a una red de relaciones, la ropa que lo inscribe en un código social. Lo que se desarma no es una identidad en abstracto, sino todo lo que la sostiene  en el mundo moderno. Eneas no destruye a Renato: lo des-aprovisiona, lo descapitaliza. La novela es rigurosa en ese punto hasta volverse incómoda. No se trata de un drama psicológico. En cambio, registra. El cuerpo de Renato se transforma, pero esa transformación es de algún modo una des-formación. La de-formación de la vida de Renato. Es una reducción, una pérdida de consistencia, algo que se aproxima más a una descomposición que a una revelación. Y sin embargo, hay método. Eneas observa, corrige, acompaña.


Su violencia no es errática. Tiene la forma de una pedagogía destructiva. Se trata de la desactivación de los mecanismos de individuación que operan en él. Operación respecto de la cual se comporta como observador.


Ahí la figura se vuelve difícil de estabilizar. Eneas no es un chamán en sentido tradicional, pero tampoco un simple impostor. Todo está expuesto desde el comienzo. Lo inquietante es otra cosa: que ese ensamblaje de fragmentos –lecturas, traumas, restos materiales, animales dañados– sea suficiente para sostener una práctica coherente. Esto porque no lo devuelve a una comunidad de sentido con la cual el sujeto hace match. No hay comunidad que garantice ese saber, no hay tradición que lo legitime. Hay, más bien, una operación que se prueba en acto, en el cuerpo de otro.


Pero hay algo más que el dispositivo foucaultiano no captura por sí solo: el deseo. Renato no es atrapado por una red de relaciones. Este vacila. Va y vuelve cuando escapa. Su subjetividad erosionada no resiste el programa porque, en términos deleuzianos,  ya hay flujos deseantes que lo  recorren en esa dirección. La culpa por Millaray ha producido una economía libidinal que busca exactamente lo que Eneas ofrece: no el placer, sino la aniquilación del yo como forma de expiación. Lo que el thriller clásico gestionaría como suspenso –¿escapará Renato?– aquí se vuelve irrelevante porque la pregunta más perturbadora es otra: ¿por qué no quiere escapar?


La puma ciega concentra esa lógica. Es un animal herido, mantenido en un equilibrio precario entre el cuidado y la instrumentalización. La sangre de Renato, extraída con una aguja de mariposa, es ofrecida al animal. No hay jerarquía entre los cuerpos: todos son recursos para una práctica que no distingue entre lo humano y lo no-humano excepto instrumentalmente. Si hay algo que pueda llamarse sagrado, no aparece como plenitud, sino como resto. Como aquello que queda y que, sin embargo, puede ser reorganizado.


Aquí entra la operación que el título propone: que no es metáfora sino precisión técnica. La Séptima Región existe en la novela en tres registros simultáneos: como división administrativa abolida por ley –el Estado sustituyó los números por nombres para “fortalecer identidades locales”–; como zona neurológica del cerebro que regula las expectativas perceptuales y la consolidación de memorias sensoriales; y como el lugar geográfico al que Renato literalmente viaja.


La abolición de la región no es un dato de color. Es una operación biopolítica sobre el territorio: el Estado racionaliza y re-nombra, borra una forma de orientación que funcionaba. Eneas adopta precisamente esa denominación arcaica, des-activada, como su remitente. Lo que él propone no es un regreso a una tradición viva sino a una coordenada que el Estado ha declarado inexistente. 


Eneas construye un contra-dispositivo con los mismos materiales que la modernidad descarta, incluyendo la región abolida, el estallido social, el trauma individual.

Y la novela replica esa operación en su propia forma. La repetición de los sietes –siete rituales, el nombre “Eneas 7”, el parque de las Siete Tazas–, la acumulación de referencias, la saturación de imágenes no organizan un sistema de lectura sino que tensionan la posibilidad misma de interpretación.


Leer deja de ser descifrar y empieza a parecerse más a soportar una configuración interna que se devuelve como desarticulación. La novela no representa el proceso de descomposición subjetiva de Renato, lo produce en el lector. El texto no describe el mundo, lo pre-configura. No estamos ante una imagen-archivo que documenta, sino ante un texto que actúa sobre el régimen perceptivo de quien lee. La saturación no es un defecto formal: es el procedimiento. Como si la novela misma fuera el sistema de Eneas aplicado al lector.


En ese contexto, la memoria de Millaray no funciona como refugio. Aparece, vuelve, insiste, pero no estabiliza nada. No es una imagen fija que pueda conservarse intacta, sino un flujo vulnerable, atravesado por la misma fragilidad que afecta al resto de la experiencia. La novela sugiere, por momentos, que la memoria podría ser una forma de resistencia –una tecnología que no depreda–, pero enseguida muestra sus límites. También ahí hay daño, pérdida, reconfiguración.

Cuando llega la pregunta final –¿Falta mucho para llegar ?”– ya no queda demasiado espacio para la ambigüedad en el sentido clásico. No porque sepamos qué va a pasar, sino porque entendemos qué ha sido necesario que pasara para que esa pregunta pueda formularse. La escena de la fosa no irrumpe como un giro inesperado. Es la consecuencia de un proceso expuesto desde el inicio, paso a paso. La novela no necesita mostrar el entierro. Ha hecho algo más exigente: ha construido las condiciones bajo las cuales ese acto deja de ser pensable.


No hay aquí una comunidad que encarne una alteridad radical, ni un choque claro entre sistemas de creencias incompatibles. Lo que hay es más inquietante: un sistema ensamblado con materiales reconocibles, contemporáneos, incluso banales –budismo de aeropuerto, trauma biopolítico, ecología de guardaparques, estallido social– que sin embargo logra sostenerse. El horror no proviene de lo desconocido, sino de la posibilidad de que lo conocido se vuelva infamiliar. 


Por eso la novela no cierra con una revelación ni con una condena. Se detiene antes, en el umbral, cuando la escena ya está completamente armada y lo único que falta es que ocurra. No juzga, no explica, no ofrece una salida. Se limita a sostener la situación hasta que la pregunta deja de pertenecerle a Renato y empieza a desplazarse hacia el lector. No como identificación, sino como incomodidad: qué tendría que pasar, qué tendría que ceder, para que algo así no solo fuera imaginable, sino aceptable.


En ese sentido, la novela no trabaja sobre la superficie del horror, sino sobre sus condiciones de posibilidad. Lo hace sin recurrir al misterio, sin protegerse en la ironía, sin ofrecer distancia. Y lo hace desde una coordenada geográfica que el propio Estado ha declarado inexistente. Como si la Séptima Región fuera precisamente eso: el lugar donde operan las fuerzas que la racionalización administrativa creyó haber abolido.



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Séptima región
Nicolás Poblete
























Imagen de cabecera que ilustra el texto en homepage: generada con IAG por Cristóbal Riesco > @cristobalrie
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