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La deriva empresarial de la universidad

La universidad transitó por las diferentes etapas de la revolución industrial de manera más o menos incólume. No así en la era postindustrial. Lo que hemos presenciado en los últimos diez o quince años es la progresiva burocratización y estandarización de la universidad. Actualmente se la concibe como una empresa más y se le exige lo mismo que a las demás empresas: procesar insumos de manera rápida y a un bajo costo. Ella también, en cuanto empresa, debe ser rentable. Para cumplir con tal propósito debe asumir el modelo de gestión empresarial.


El tránsito al modelo empresarial ha sido tan rápido que los profesores no hemos reflexionado mucho acerca de él. Tampoco nos alarmamos por las consecuencias de dicho cambio, pese a que sus secuelas ya están ante nuestros ojos. A grandes rasgos, esos efectos se pueden visualizar en dos ámbitos.  Por una parte, en el deterioro de la institución universitaria y, por otra, en el estatus que tienen los académicos al interior de la misma. Esbozaré algunas digresiones sobre el deterioro en ambas dimensiones.


La subordinación al mercado

En lo referente a la primera dimensión es pertinente preguntarse en qué momento el preparar profesionales para el mercado laboral devino en el fin casi único de la universidad. Nótese que es para el mercado, no para la sociedad, puesto que a eso apunta el énfasis en la empleabilidad. Al respecto vale la pena preguntarse si el bien de la sociedad calza, simétricamente, con el bien del mercado. La pregunta es atinente, porque en una civilización compleja existe una pluralidad de bienes y éstos no siempre son recíprocamente compatibles. Por cierto, uno puede dañar a otro. La cuestión de fondo es, entonces, ¿si la lógica del mercado, en ciertas ocasiones, puede lesionar gravemente a la sociedad?


Si las universidades piensan solamente en el bien del mercado —ignorando el bien de la sociedad y omitiendo los bienes culturales— tendrán que asumir la responsabilidad moral por el perjuicio que indirectamente le están causando tanto a la sociedad como a la cultura. Y si ellas no han puesto reparo en dichas pretericiones, habla muy mal de ellas. El daño ya está en curso y, más temprano que tarde, no sólo terminará depreciando la fiabilidad en los diplomas universitarios, sino que además ulcerando la convivencia cívica y, en última instancia, socavando el orden político. En consecuencia, su claudicación ante el mercado nos empobrecerá humanamente.


Ante un escenario así, urge preguntarse, una vez más, cuál es el fin primordial de la universidad: ¿formar un ser moral —o sea, una persona decente—, formar un trabajador competente, formar un ciudadano o formar un intelectual? Si es sólo uno de ellos, independientemente de cuál sea, qué estamos haciendo en orden a tal fin. Si son los cuatro, qué estamos haciendo concretamente por cada uno de ellos. Y si el fin fuera formar personas decentes y cultivadas, pregunto con el mayor respeto a la comunidad académica, si aún quedan profesores a los cuales se les pueda encomendar esa tarea. Y si todavía existen, ¿estarán ellos dispuestos a enlatar su saber en los formatos escolarizantes y mecanicistas que imponen los burócratas que gestionan las universidades masificadas?


El docente como obrero fabril

En cuanto a la segunda dimensión, la aplicación del enfoque tecno-pedagógico está convirtiendo al académico progresivamente —tanto desde el punto de vista intelectual como humano— en un ser irrelevante. En efecto, lo transmutó en un mero trabajador que ejecuta un syllabus que está diseñado como un artefacto mecánico, de tal manera que lo puede aplicar él u otro docente sin que importen mucho sus cualidades personales, porque a él se le exige (implícitamente) que se asuma como funcionario standard.


Lo estándar está reñido con lo singular y, más aún, con la originalidad y la genialidad. Por eso la universidad tecnocrática no tiene grandes personalidades académicas. En ella no existen profesores emblemáticos. En ella tanto los estudiantes como los profesores son parte de la masa. El profesor original resulta ser disfuncional porque su originalidad, precisamente por ser tal, no se aviene con los caminos trillados ni con los formatos prestablecidos. La estandarización y la burocratización apuntan a convertirnos a todos en seres estereotipados. Por eso resulta un contrasentido que en una universidad estandarizada y masificada se hable con tanta soltura de excelencia, puesto que no puede existir excelencia sin excelsitud.


A medida que se fue consolidando la universidad empresa, el catedrático devino en trabajador «fabril» y fue perdiendo su libertad frente a un aparato administrativo que es más leal al mercado que a la academia. Es un hecho evidente que en el último tiempo la libertad de cátedra (una conquista emblemática de la universidad moderna frente a los poderes que intentan acallar la libertad de pensamiento) ha sido menoscabada por las exigencias escolarizantes de la burocracia universitaria y también por las interferencias de las confesiones seculares que se han entrometido en las aulas para imponer sus credos con sus respectivas semánticas. El caso extremo de la conculcación de la libertad académica es la cultura de la cancelación, frente a la cual la administración universitaria es condescendiente, porque el cliente siempre tiene la razón.


Al respecto, cabe recordar que la tarea de la universidad no es imponer, mediante la coerción burocrática, esta o aquella verdad; sino que es examinar, discutir y dudar de la verdad. Y si eso se puede hacer con las verdades, con mayor razón se puede hacer con las creencias. Como se sabe, el tratar de imponer coercitivamente una creencia fue desestimado por todas las confesiones religiosas al final de las guerras de religión. Pero las religiones seculares no lo estiman así. Todo lo anterior implica violentar —o, por lo menos, transgredir gravemente— no sólo la libertad de cátedra y la conciencia de los académicos, sino que además al espíritu que anima la vida universitaria.


La singularidad de la universidad

La universidad al autointerpretarse como una empresa más y al subordinarse al mercado se ha ido desdibujando. A quienes la dirigen es pertinente recordarles que ella es mucho más que una organización que funciona en un espacio físico concreto y en un horario determinado como podría ser, por ejemplo, una empresa que se dedica a la innovación tecnológica o el laboratorio de una farmacéutica que busca una medicación para hacer llevadera una enfermedad. Pese a que en ambas instituciones se llevan a cabo actividades eminentemente científicas, ellas son diferentes de la universidad.


Tampoco la finalidad fundamental de la universidad es sólo instruir como creen los utilitaristas y los filisteos. Menos aún, preparar personas exclusivamente para el mercado laboral. Para cumplir con esos fines específicos existen otras entidades como, por ejemplo, los institutos profesionales y los centros de formación técnica. Éstos son, aparentemente, similares a la universidad, pero, en esencia, son muy diferentes de ella.


En efecto, la finalidad primordial de la universidad, pese a todas sus vicisitudes, sigue siendo brindar un espacio para que las personas se eduquen de manera integral. En consecuencia, ella es una instancia para que los alumnos  se aboquen a cultivar tanto las virtudes éticas como las dianoéticas. Si ella se dedicara sólo a capacitar, instruir o entrenar a personas para que encajen en el aparato productivo, no tardaría en desvirtuarse. Y no sólo resultaría lesionada ella, también la sociedad, pues a poco andar comenzarían a aparecer comportamientos toscos, brotes de incivilidades y ramalazos de brutalidad.


Esas serían, eventualmente, algunas de las consecuencias de optar por la instrucción en desmedro de la educación o, si se prefiere, del cultivo de las virtudes dianoéticas a costa de las éticas.

La universidad es, en última instancia, una comunidad intelectual. Por consiguiente, es un espacio de reflexión, de creación y de diálogo incesante, el cual supone dudas punzantes, preguntas audaces y respuestas que rara vez son definitivas. En él se dan interacciones formales y amistosas entre estudiantes y profesores. Todo ello en un ambiente que suele ser, simultáneamente, distendido y solemne; lúdico y polarizado; denso y travieso. En efecto, en él coexisten, con casi iguales derechos, el rigor intelectual, la seriedad y el humor.


Atendiendo al rumbo que ha tomado la universidad, es pertinente enfatizar que las referidas interacciones tienen un ritmo y un talante anímico que es muy diferente del que impera, por ejemplo, en las empresas que prestan servicios. Este punto hay que recordárselo a los econometristas y burócratas que se han entronizado en la administración universitaria. Asimismo, ella también tiene una impronta diferente del de aquellas instituciones que realizan investigación con fines puramente instrumentales. Por consiguiente, reducir la universidad a un sinnúmero de centros de investigación implicaría desvirtuarla. Y, obviamente, la universidad tiene una cadencia y un modo de ser que es diferente del que impera en las faenas meramente productivas.


En suma, el ritmo de la vida intelectual que prima en la universidad —quizás, habría que decir primaba— es difícilmente reductible a agendas rígidas, a planillas Excel y a empaques burocráticos mecanicistas; porque la vida del espíritu es radicalmente diferente de la del mundo mercantil y del quehacer fabril. El productivismo, la estandarización y la burocratización están a punto de estrangular la genuina vida universitaria. Y si sigue aumentando la hostilidad a la vida del espíritu en los campus universitarios, ella migrará, con toda seguridad, a otros lugares en búsqueda de mayor libertad.


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Imagen de cabecera que ilustra el texto en homepage: generada con IAG por Cristóbal Riesco > @cristobalrie



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