Por qué son tan aburridos los libros de historia? (Ha muerto Carlo Ginzburg)
- Pablo Aravena

- hace 4 horas
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“¿Por qué son tan aburridos los libros de historia en general?”, se preguntaba hace algunos años el historiador italiano Carlo Ginzburg, fallecido hoy a los 87 años. Aunque hace tiempo ya pasó al canon historiográfico como “el padre de la Microhistoria”, su trabajo trasciende con creces dicha “tentativa”, pues así llamó él mismo las diversas maneras de tratar con el pasado que ensayó durante su dilatada trayectoria intelectual. Llegó a sostener que pensar de verdad era, en definitiva, “pensar contra uno mismo”. Y así, en determinado momento, consideró que ya no era necesario hacer Microhistoria.
Extraña actitud en un medio en que todos parecen querer fundar iglesias y extraer el máximo de rentabilidad a todo nivel. Hizo Microhistoria cuando lo consideró políticamente necesario, por allá en los sesenta, cuando las perspectivas legaliformes de comprensión histórica –desprendida de una roja ciencia para la transformación social– comenzaron a mostrarse innegablemente subsidiarias de posturas conservadoras que restaban valor a la iniciativa humana para interrumpir el curso de las grandes tendencias: la libertad –digámoslo así por economía– quedaba sepultada bajo las leyes de la historia. Entonces la Microhistoria ajustó el lente de análisis a casos no tanto “micro” como atípicos, mostrándonos cómo lo imposible amanecía en la historia, convirtiéndose en un historiador de la excepción, la diferencia y las desviaciones.
Otra faceta destacable fue, a fines de los setenta, su postulado sobre la historiografía como heredera de un paradigma que procedía en base a “inferencias indiciales”, es decir, como una forma de producir saber sobre el pasado heredera de un arte arcaico, el arte de leer huellas. Un conocimiento precario, pero posible. Las discusiones disciplinares de la época, que acusaban un nuevo impacto al afán de cientificidad de la disciplina histórica, ahora por obra del “narrativismo” (la tesis de Hayden White sobre la identidad estructural del relato histórico y la ficción, o la historia como artefacto literario), hizo que esta nueva tentativa “indicial” fuese abrazada por el gremio como tabla de salvación del realismo ingenuo que habían cultivado la mayor parte de los historiadores durante décadas. La indagación de Ginzburg iba en realidad en otra dirección, tras la de un neointuicionismo, en que la historia tenía más que ver con cazadores recolectores, augures y videntes que con gente de delantal blanco. Quizá él mismo no hizo mucho por desmarcarse de las obsesiones identitarias de un gremio en pánico ante el riesgo de perder el monopolio de la verdad de los hechos.
Tan solo con este par de escenas de su trayectoria podemos ir entendiendo por qué a Ginzburg, en general, le aburrían tanto los libros de historia: “porque los historiadores nos representan la historia del pasado, a la gente del pasado como si fuesen nuestros contemporáneos, emparejándolo todo, proyectando su presente”. Parte del oficio de conocer el pasado pasa por entender que hay partes de él que no podremos explicar ni traducir, que tendremos que aprender a encontrar la mejor manera de representar eso que no se puede entender del pasado, justamente porque es “lo otro”. Allí donde un historiador, o un profesor, es capaz de explicarnos todo (absolutamente todo), hay que prender la alerta: no estamos tratando con el pasado sino con proyecciones de nosotros mismos. Lo preocupante en esta operación no es tanto el anacronismo en que se incurre, sino la reafirmación de nuestros propios modos presentes como algo que “desde siempre ha sido así”, cayendo en un conformismo de rendimiento político también conservador.
Habrá que saber seguir escuchando a Carlo Ginzburg: “La parte laboriosa del trabajo del historiador consiste en reconstruir, en recuperar sin anacronismos esta diversidad, tratando de crear un efecto de extrañamiento. […] Creo que el trabajo del historiador tiene propiamente esta finalidad: extrañarnos, desorientarnos, y obligarnos a mirar a la realidad, a los individuos, a las relaciones sociales, o a las invenciones tecnológicas, en un sentido que va en contra de nuestras percepciones”. (Tentativas, 2004)
















































