Retratos
- Alvaro D. Campos

- hace 5 horas
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A Rimbaud no lo conocemos por fotos. Resulta casi inconcebible que el mayor príncipe de la modernidad haya escapado siempre al tratamiento mecánico de la luz, símbolo de una era donde los poetas se volvieron concretos, feos, gordos y demasiado familiares. Sí, dirán ustedes, existen retratos. Está el de niño, con ese trozo de «lencería clerical» que su madre le encaja en el brazo. Y están, al final de su vida, los experimentos africanos junto a su humilde empleado griego, Sotiro, quien disparaba la cajonera fotográfica a cinco metros de distancia y sin pericia técnica (siguiendo apenas las instrucciones de un Rimbaud ya convertido en comerciante), creando más un fantasma que un retrato respetable.
Carjat, en cambio, hacía retratos impecables. Pierre Michon, en su maravilloso libro Rimbaud el hijo, lo describe así:
«Mientras esperaban, se hacían fotos. Pues todos se habían dado cuenta de que, más allá de los sonetos confusos —esos menudos puños cerrados de catorce versos enarbolados hacia el futuro—, más allá de la poesía, muy próxima a las poses de exilio con dos dedos metidos en el chaleco y la melena al viento fluyendo de la caperuza negra, acudía la posteridad; y sentados en el taburete de los fotógrafos, se estremecían ante ella: el Viejo, frente a Nadar o Carjat, miró la cámara y contuvo el aliento; Baudelaire contuvo el aliento; el dulce Mallarmé contuvo el aliento; y, de igual forma, Dierx, Blémont, Creissels, Coppée se estremecieron. Y hasta el propio Rimbaud…»
Carjat era de origen humilde y también aspiraba a ser poeta. Pero le tocó enfrentarse al peor de los adolescentes etílicos; uno que no se congraciaba con nadie, y menos con un artesano que le recordaba los ridículos retratos impuestos por su madre. Rimbaud lo insulta, lo hiere con un estoque. Tras aquello, Carjat tuvo pocas ganas de conservar los negativos de ese “horrendo niño salvaje”, de ese flaite provinciano que, según vaticinaba, moriría pronto o terminaría en la cárcel. Por eso hoy solo sobrevive una copia de ocho —o más bien, la copia de una copia—.
Si observamos otros retratos de Carjat coloreados o restaurados mediante inteligencia artificial, su realismo es abrumador: Victor Hugo bien podría ser un vecino de Providencia. Pero el odio de Rimbaud lo convirtió en un difuso trazo de cómic, un héroe de carboncillo incapaz de asociarse a una imagen contemporánea; un ser que no habita ninguna época ni continente en particular.
Existe una obsesión por las fotos de Rimbaud (obsesión que comparto) y, cada cierto tiempo, aparece una nueva: más enigmática y más borrosa. El poeta aparece siempre a diez metros, lejos de su fisonomía clásica y más lejos aún de sus versos. La muerte le llegó pronto. Hizo el esfuerzo de trasladar un pesado equipo fotográfico hasta Etiopía, no para documentar su rostro —tarea que Carjat ya había ejecutado para luego ocultarla—, sino para catalogar plantas y aves.
Sin embargo, la tentación seguramente lo habría vencido. Asentado en su papel de comerciante, quizás en unos años más, con el nuevo siglo ya en marcha, se habría registrado al menos para un pasaporte: concreto, cansado, pragmático. Con el corbatín, esta vez, en la posición correcta. Porque de lo que realmente hablamos cuando hablamos de Rimbaud es del lento, irrevocable y doloroso camino que recorren todos los hombres (y con mayor fuerza quienes alguna vez jugaron a la locura) hacia la horrible solvencia. Esa solvencia que es, también, mi Beatriz.












































