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¿Una erótica de la nostalgia? En memoria de J.-B. Pontalis


«Que el psicoanálisis no propone,

se niega a proponer una visión del mundo-

Freud no ha dejado de afirmarlo

contra todos los que aspiran a la síntesis

ya sea la del Yo o la teoría.

En ambos casos, la aspiración es la misma: unificar.

Si se admite el conflicto, este debe resolverse…

la tormenta dominada por el capitán a bordo».

J.-B. Pontalis - El soplo de la vida



Estas palabras del epígrafe corresponden al texto que el autor decide escribir en el que sería él último número de la N.R.P, famosa revista de psicoanálisis, denominado Lo inacabado. Palabras no contra la teoría sino contra su pretensión totalizante. Lo que no es UN ser no es un SER, decía Ignacio Lewkowicz que decía Leibniz: lo que no es UNO no ES. UNO es la cifra de Narciso. Quizá por ello Pontalis manifestaba una franca reticencia cuando se referían a su trabajo, al que siempre consideró inacabado como su Obra. El concepto de Obra implica siempre conclusión, cierre, inmovilidad, vinculado estrechamente con la muerte. El movimiento interminable que J.-B. Pontalis busca imprimir a la escritura perdería sentido si lo entendiéramos como una simple coquetería de autor, ya que la apuesta es mantener el contacto con la experiencia analítica en tanto fuente.


“No recuso las teorías, pero prefiero navegar en sus márgenes”. El peligro, dirá, es que la teoría sacralizada impida que escuchemos a nuestros pacientes, más atentos en corresponder lo que ocurre en el espacio analítico con nuestros conceptos, que en ser sensibles a su experiencia psíquica. Como dice la psicoanalista argentina Marilú Pelento “Quedarse encerrado en una obra o fijado a la teoría o inmovilizado por los conceptos, implica inclinarse por la pulsión de muerte a la que Pontalis define, siguiendo a Freud, como movimiento hacia lo inanimado”.


Sí la “obra” de Pontalis no es sistemática, ni definitiva, no significa que sus escritos carezcan de ciertas insistencias, las que podríamos denominar sus cuestiones fundamentales (Piera Aulagnier) o en términos de Jean Laplanche sus exigencias. En su texto Decir y volver a decir anota: “Primera hipótesis: insisto, no tengo nada nuevo que decir. Y, para acentuar la pendiente depresiva: nunca tuve nada que decir. Segunda hipótesis: repetir no es insistir. Es evidente, es posible que siempre diga lo mismo y a veces casi con las mismas palabras, pero giran por caminos distintos en torno a un centro único, un centro imposible de encontrar si es cierto que solo existe por su ausencia. Prueba de que lucho, como todos, con… con no sé qué, siempre el mismo y siempre otro. Eso es el análisis”.


“Imposible de encontrar” es muy precisamente lo que define el centro en cuestión, al igual que “perdido” es inseparable de “objeto”.


“¿Por qué me convertí en psicoanalista?”, se pregunta en su autobiografía, “si no es para medir constantemente el lenguaje a lo que no es él?”. Tesis varias veces retomada, principalmente en el capítulo de Perder de vista titulado “Melancolía del lenguaje”.


La pérdida no es un accidente del objeto, toca su principio, el de su constitución. De esta pérdida, el lenguaje, como tal, es la huella. Heredero de los muertos, su luz es sólo una sombra. “Si estamos separados para siempre del lenguaje, es porque el lenguaje es la separación y solo dice la separación”.


En un coloquio en torno a su propia obra, Pontalis pregunta: “¿Hay nostalgia en mis escritos? ¿Estaría condenado a una erótica de la nostalgia? Es cierto que no me gustan las separaciones - ¿a quién le gustan? - Cierto es que he escrito varias veces, como para convencerme mejor, que se trata de convertir la pérdida en ausencia. Sin embargo, en la ausencia (aunque conseguimos convertirla en una nueva forma de presencia) hay algo de la pérdida que queda. Hay lo inconsolable, lo irremediable, lo inefable. Lo que no prohíbe la esperanza (…) Cité, en Perder de vista, una carta de Van Gogh a Theo: ‘En lugar de dejarme ir a la desesperación, tomé el lado de la melancolía activa o, en otras palabras, preferí la melancolía que espera, que aspira y que busca a la que, sombría y estancada, desespera. Melancolía activa: alianza de opuestos, perturbadora el oxímoron’”.


Lo cierto es que la cuestión del duelo y de la separación, la ha conocido muchas veces a uno y otro lado del diván: son las voces de sus pacientes, que dejó resonar en él, y luego resuenan en sus libros las que, a su vez, resuenan en nosotros. “Un hombre, que desde su juventud había dedicado su vida a la interrogación filosófica, un hombre de lenguaje y pensamiento, perdió a su madre”. Así comienza el artículo Perder de vista que da nombre a este maravilloso libro lamentablemente no traducido al español y dedicado a Merleau Ponty (de él se trata en el fragmento citado).


“Durante muchos años había experimentado el sufrimiento en su cuerpo. Un familiar de este filósofo, intentando suavizar el dolor, le dice: ‘Piensa, tú que la amas tanto, que ya no sufre’. Y él se escuchó responder, con una especie de rabia, sorprendente en este hombre de gran dulzura: ‘¡Pero no entiendes que ya no la veré más!’. El filósofo sabía que la conversación interior continuaría, incluso sentía que pensaría y ahora escribiría desde ese vacío que operaba la desaparición. Pero el dolor, se quedó ahí: ya no lo vería. Y, al no verla más, ya no sería visto por ella”.


Lo más insoportable de la pérdida, entonces, ¿sería la pérdida de visión? Se pregunta Pontalis “¿Por qué soñamos si no para, cada noche, ver al desaparecido y comprobar su permanencia? De hecho, hay algo de muerte en las noches sin sueños del insomnio que solo ve su soledad sin fin hasta el momento en que filtra un poco de la luz del amanecer”.


Pontalis dice, siguiendo Freud, que el trabajo de duelo se trata de un pasaje laborioso, pieza por pieza, desde un dolor lacerante a un tiempo de pena hasta llegar lentamente al olvido. Pero Pontalis agrega que es también un tiempo de penumbras. Sombras que es necesario cruzar (Traversée des ombres, se llama otro maravilloso libro publicado en 2003, aún no traducido) para encontrar, en la oscuridad del bosque, un rayo de luz. No piensa, de todas maneras, que se sale de las sombras y se entra en la luz definitivamente, sino que hay una oscilación de hora en hora, de momento en momento. Se sale y se vuelve a las sombras y se vuelve, o no, a encontrar alguna claridad. Marea baja, marea alta (Marée basse Marée haute), último libro de Pontalis, publicado de manera póstuma. Atravesar las sombras es también enfrentarse con la inquietud, con lo incierto, es desesperación, rebelión, odio, culpa, terror, hasta que aparecen, junto con la pena, algunos destellos de luz.


Freud, en este punto prefreudiano, señala que en el duelo normal se sabe a quién se ha perdido, que la pérdida es identificable; en cambio, el sujeto melancólico ignora a quién ha perdido. Pontalis, en esta ocasión de acuerdo con Laplanche (Cfr. El tiempo y el otro) descree de esa diferencia tajante. ¿Sabemos acaso a quién hemos perdido con lo que perdimos?


De todas maneras Pontalis quizá sea uno de los más talentosos a la hora de pensar aquellas situaciones en las que la pena se convierte en la única morada, donde se inmoviliza el tiempo y se instala la desolación, cuando se es esclavo del sufrimiento, absolutamente fagocitado por la sombra. Sombra que cae sobre el yo, como dice Freud, y que delata la presencia de la muerte trabajando en el interior. Exiliados de la vida, los llama Pontalis, destinados al culto de los muertos…


En el capítulo titulado “Tiempo otro y otro tiempo”, incluido en Ese tiempo que no pasa, Pontalis dice que estar de duelo puede entenderse de dos maneras. “Como la conservación, a cualquier precio, del vínculo de amor y de odio con el objeto perdido, o como transformación de la pérdida en ausencia”. Permítanme para terminar este homenaje a quien sea, quizá, una de las sensibilidades más importantes de mi formación como analista, citar (en una modesta traducción) un largo fragmento del texto Perdre de vue.


Ahora veo mejor lo que me llevó a lo largo de este paseo incierto, ignorante de toda línea recta y donde he citado textos, libros de filósofos, escritores, pintores como si fueran mis pacientes o yo los suyos (…) fue para mantenerme en varios lugares heterogéneos, susceptibles de producir efectos diferentes, incluso antagonistas. Si me arrepiento, es de no haberme transportado a más lugares (…) El campo visual es inmenso, tal vez no sea unificable. Entre la observación, por ejemplo, que mantiene el objeto a distancia, y la contemplación que se funde en él, la brecha es considerable como lo es entre la mirada del seductor y los ojos espejados de la melancolía amorosa (…) Es en esta brecha, este blanco, donde el analista se sostiene.


“Verla como yo te veo a ti”. Paul se oye decir esto, y me lo dice a mí que no ve y que lo escucha pero que, al escucharlo y sin darme cuenta, solo recibe de sus palabras, de sus relatos, su hueco. Durante meses, quizás años, buscó pistas de su madre borrada. Borramiento en lo real, sin memorial, sin el más mínimo rastro, y borramiento porque ninguna imagen viene a su rescate. Entonces busca algo para despertarla: recorre ciudades, calles, habitaciones, tantos lugares vacíos, en desuso, examina una fotografía, pero es una fotografía de identidad, a la Bertillon. Fragmentos minúsculos. Fragmentos, no detalles, que no permiten ninguna reconstrucción de un todo. Reliquias, pero ¿qué son las reliquias si no han tocado un cuerpo?


“Verla como te veo” en tu presencia ausente. Ese día supe que Paul había encontrado a su madre invisible y que sin duda habría sabido curar al filósofo mencionado antes; finalmente iba a poder soñar con su madre y su memoria, él que siempre se había presentado como sin memoria y sin madre, y que siempre comenzaba sus relatos con “Soñé...”


Pero lo que no podía predecir era que sería él, y Marthe, su doble invertido, ellos cuyo rostro ahora se desvanece a los ojos del recuerdo, que provocarían todas las palabras que acabamos de leer. Para oír, para decir, es necesario al mismo tiempo que la imagen, en su presencia obnubilante, se borre y permanezca en su ausencia. Lo invisible no es la negación de lo visible: está en él, lo persigue, es su horizonte y su comienzo. Cuando la pérdida está en la vista, deja de ser un duelo sin fin.


Este texto se publicó en 1988. Paul, el paciente de quien habla Pontalis, había fallecido en marzo de 1982, dejando una profunda huella en la escritura y en el pensamiento de Pontalis. Su verdadero nombre era Georges Perec.


Ahora sí, para terminar, un hermoso fragmento de Avant, publicado en 2012, 30 años después de la muerte de Perec y un año antes de su propia muerte.

“Era mejor antes, dice, en el surco abierto por el Je me souviens de Georges Perec, del que fue el tercer analista entre 1971 y 1975. Era mejor “cuando la palabra revolución era portadora de esperanza”, “cuando Lacan aún no había fabricado lacanianos”, “cuando Sartre no era famoso” o incluso, “cuando iba a bailar a Bal nègre, rue Blomet”.


Nicolás Vallejo


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