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No entramos en contacto con el enigma cuando lo develamos sino cuando él se oculta en nosotros. El custodio no sabe lo que custodia hasta mucho más tarde, y a esa demora tiene que atenerse. Comienza este trabajo de preservación con un gesto casi arbitrario de no entender lo que se hace. Cuidar sin saber lo que se cuida, sin siquiera adivinarlo. Ocultar el enigma incluso de sí mismo, y del posible desgaste en el empeño por revelarlo. Hacerlo con tal prolijidad que en algún punto se sorprenda uno cuidado por el enigma.

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