Escritura errante: hacia el universo textual de Alberto Greco
- Consuelo Olguín

- 19 ago
- 6 min de lectura
Radicalmente inclasificable. En esa categoría se inscribe la obra del artista conceptual Alberto Greco (Buenos Aires, 1931 - Barcelona, 1965). Su obra se nutre de una variedad de registros completamente novedoso para su época: transitó por la pintura abstracta, el teatro, el collage, la performance, llegando a la cúspide anónima con la creación del Vivo-Dito, movimiento artístico integrado únicamente por él, cuya esencia eran las acciones de arte en espacios públicos. En ellos irrumpía generando reacciones ambivalentes en los espectadores, quienes oscilaban entre el entusiasmo y el espanto.
Este ensayo analiza una pieza que concentra todo su pensamiento estético. Se trata de dos rollos de papel, uno de 410 centímetros y otro de 505 centímetros de largo que forman parte del Gran manifiesto-rollo arte Vivo-Dito. En ambos pliegos se leen textos de distinta naturaleza que conviven, sin ninguna jerarquía, con imágenes producidas e intervenidas por Greco. Un universo textual y visual que constata la propia existencia del artista como un devenir errante.
Gran manifiesto-rollo arte Vivo-Dito es parte de la acción de arte que Greco realizó en 1963 en Piedralaves, comunidad rural de la provincia de Ávila, España, lugar donde vivió un par de meses. En esa vida de pueblo apacible, el artista invitó a los habitantes a intervenir colectivamente un gran pliego. Luego, con la ayuda de mujeres, niños, niñas y hombres, “envolvió” Piedralaves con el rollo que originalmente medía cerca de 200 metros y bautizó al pueblo como una obra de arte en sí mismo.
Realizada dos años antes de su muerte, tanto la acción como el gran manifiesto expresan dos asuntos estructurales para Greco: que el arte, fuera del museo, se puede señalar con el dedo (dito, en italiano) y que las personas comunes y corrientes tienen un papel crucial en él, porque son quienes lo dotan de vida. Sobre este aspecto, el curador e historiador del arte Fernando Davis plantea: “El arte vivo busca atrapar o retener, durante un instante fugaz, un momento cualquiera de la vida en tránsito, señalando como arte a ‘algo o alguien que sigue inmerso en su devenir cotidiano’ mediante un gesto igualmente efímero e inatrapable: el recorrido de la línea de tiza o dibujo incorpóreo de una firma en el aire, cortando el espacio”.
Escritura sucia, pulsión ilegible
Como ya se ha planteado, el gran rollo contiene una diversidad de textos escritos a mano: desde fragmentos del libreto de la obra de teatro Cristo 63. Homenaje a James Joyce, que realizó en Roma en 1963 y que fue intervenida por la policía, así como textos prosaicos y escatológicos en los que Greco, sarcásticamente preocupado, escribe que desde hace ocho días padece de estreñimiento. Otros textos refieren a noticias, letras de tangos, cartas a sus amistades, apuntes a la rápida de nombres y fechas y direcciones, y un infinito etcétera.
En los pliegos se genera un sistema de relaciones singular, dado que la escritura convive de manera simultánea con la imagen: dibujos, collages y fotografías intervenidas por el artista. Desestabiliza la lectura binaria entre escritura e imagen, al igual como se observa en muchas de sus otras obras, dado que lo textual es un elemento que cruza gran parte de su práctica objetual. Como sostiene Esteban Pujals en su ensayo En la medida de lo posible: arte y vida de Valcárcel Medina, el collage como nuevo lenguaje visual generó un cambio en el espectador, quien pasó de ser uno contemplativo de la obra a uno que debía codificar y decodificar la obra para construir una multiplicidad de sentidos.
A la vez, la propia palabra escrita adquiere una dimensión visual con toda su potencia, porque en su génesis todo texto es, en primera instancia, una grafía. Y la de Greco es una irreverente. La libera de su función puramente comunicativa. Plenamente consciente, la “ensucia” con errores ortográficos y gramaticales, así como usos no convencionales de signos o la ausencia o exageración de ellos. A ratos su caligrafía es ilegible, acaso con la intención de plasmar su apremio por registrar, acaso con la intención de huir de toda norma desde su condición queer.
Los textos que conforman el gran manifiesto transitan por una diversidad de registros que lo hace difícil de clasificar. Se pierden en su propio cruce exploratorio. O tal vez se encuentran en el caos. Como sea, lo cierto es que Greco se rebela ante la narración lineal y escribe en todas las direcciones posibles, sin atender márgenes ni continuidad, lo que puede interpretarse como una forma de habitar en el mundo: fragmentario y serpenteante.
Se trata de un gran continuo donde la escritura se muestra como un proceso en desarrollo, no como algo fijo sino como una práctica que se experimenta a sí misma en el andar, que incluso da cabida a desdecirse a sí misma durante el trayecto escritural, a borrarse rabiosamente
En Materia de escritura: entre el signo y la abstracción en la época del Intermedia (1950-1980), de Hénar Rivière y Arantxa Romero (editoras) se plantea que a partir de la segunda mitad del siglo XX, “se produjo una tendencia internacional, tan dispersa como ubicua, a experimentar con la escritura desde el anhelo de liberarla de su ancestral sometimiento al habla y desplegar todo su potencial como «pura» escritura; lo cual, en un mismo aliento, implicaba abrazar su esencial impureza y ahondar en esas otras dimensiones —imagen, acto, sonido, huella ...— que laten en su materia”.
En la misma investigación, se sostiene que en la década de los sesenta surgieron formas híbridas en el campo del arte, lo que el teórico y artista Fluxus Dick Higgins mapeó bajo el término intermedia “el cual responde a una dinámica continua de solapamientos entre los modos de hacer de unas disciplinas artísticas y otras, que resulta en la configuración de nuevas prácticas como el arte de acción, el conceptual o el sonoro”. A partir de esa década surgen propuestas cuyo énfasis no está en la obra, sino en la práctica artística, convirtiéndose en un terreno fértil para la desmaterialización del arte. Bajo esas formas híbridas, intermedias y bastardas, Greco no distingue entre arte y vida ni entre obra y práctica, porque su quehacer artístico se expresa en todos los planos.
Archivo precario y acumulativo
La pieza presenta una doble dimensión, dado que es obra y archivo al mismo tiempo. Es obra en tanto que es la extensión de la acción de arte realizada en Piedralaves y es archivo en tanto que documenta no lo pasado si no lo presente. A la luz de Un impulso archivístico de Hal Foster, Greco se inscribe en aquella categoría de artistas que “no solo excavan archivos; también los producen, y al hacerlo ponen en evidencia el carácter construido de cualquier archivo, como algo a la vez encontrado y hecho, factual y ficticio, público y privado. Los elementos reunidos y dispuestos no buscan tanto una lectura lineal como una experiencia de navegación, en la que el espectador debe trazar sus propias conexiones”.
“ESTE ROLLO no se termina nunca y lo pEOR QUE TODAVÍA NO EMPESÓ”, se lee en el pliego. El manifiesto de Greco no es un elemento cerrado ni definitivo, sino un ente vivo que se nutre continuamente de las experiencias del aquí y del ahora, aparentemente sin principio ni fin.
Su propuesta textual se contrapone al espíritu de los manifiestos de las primeras vanguardias, en tanto que buscaban trascender en la historia del arte desde una dimensión canónica y con un lenguaje escrito propio de los intelectuales de inicios del siglo XX. Con una vocación fundadora, que desafiaba y rechazaba prácticas anteriores en su disciplina, que pretendía emanciparse de la hegemonía dominante, los manifiestos artísticos constituyeron una plataforma neurálgica para construir el relato de la modernidad. Los textos de esos manifiestos solían ser breves, dado que circulaban a través de revistas o pequeñas publicaciones. Dada su extensión, se usaba un lenguaje concentrado y preciso. Usualmente la fórmula era detectar el estado del arte, rechazarlo y proponer algo radicalmente nuevo, disruptivo con el arte burgués.
Greco utiliza esas mismas estrategias y las tuerce. Con esta obra se sitúa en el opuesto a esos manifiestos de las vanguardias, dado su carácter extenso, precario y aparentemente infinito, mezclando textos variados, siendo impreciso y fluctuante en el lenguaje, añadiendo textos nimios de su vida cotidiana junto a reflexiones sobre el arte. Así, Gran manifiesto-rollo arte Vivo-Dito se emancipa del canon de los primeros manifiestos y encarna la tendencia de su época: un manifiesto que refleja el cruce de disciplinas que dieron vida a otras que desobedecen a la autonomía del arte.
Por otro lado, la dimensión matérica de la obra es relevante, dado que su soporte es un papel precario. No es precisamente papel higiénico, pero su forma de rollo alude a ese elemento. Su forma permite entenderlo como un dispositivo acumulativo, siendo un laboratorio experimental transportable que cuando se despliega surge el vivo-dito en toda su expresión, porque le da categoría de arte a su propio acontecer mundano.
















































