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Isabel Aninat: “Ser galerista es una forma de mirar el mundo”


Dice que nunca ha tenido plata, pero asegura que le sobra valentía y perseverancia. Lo cierto es que Isabel Aninat no ha sido financiada ni por marido ni por familia, pero ha sabido sostenerse y convertirse en empresaria, a pesar de sí misma, porque detesta la palabra “empresaria”. Con 40 años de galerismo en el cuerpo activó el arte en dictadura, cosechó en el boom de los 90, empujó la internacionalización del arte chileno y ahora se banca la crisis del mercado. Ha pasado por altos y bajos, escasez y abundancia, sosteniendo esta incierta labor. Con una buena mezcla de humor y autoconfianza, ella mira hacia adelante.



Son miles de cajas, fotos, cartas, dibujos, recortes de prensa. Isabel Aninat navega entre los documentos de su historia como si estuviera mirando una película. Se encuentra con cosas que tenía totalmente olvidadas y se sorprende con cada hallazgo. Es que ella no se detiene en el pasado ni registra las fechas. “Soy totalmente volada”, admite. Y así es. Pareciera que siempre está suspendida a unos metros del suelo. Y así ha avanzado en su largo viaje como galerista, sin mirar ni para atrás ni para el lado.


Son 40 años de trabajo ininterrumpido: ni ella misma se lo cree. Egresada de Filosofía y Estética, quería ser crítica literaria, pero en 1982, mientras hacía clases en el Pedagógico de entonces, dos amigas (Magdalena Correa y Ana María Stagno) le ofrecieron montar juntas una galería. Al principio rechazó la idea, porque tenía una visión muy sacralizada del arte y consideraba casi inmoral negociar con él. Pero lo consultó con Milan Ivelic, de quien era ayudante, y él la animó a meterse en lo que fue su primera galería, Plástica 3, en la calle Bucarest, pleno Providencia. Ivelic le dijo que no fuera prejuiciosa, y que con su ojo y su energía podía hacer un aporte. Isabel le creyó y nunca más paró. Hasta ahora.

En este espacio, Isabel Aninat se encargó de buscar a los artistas que expondrían, lo que marcó el sello de su mirada sobre el arte. Estamos hablando de un gesto cultural que se inscribe en plena dictadura y cuya influencia no pasa desapercibida. En Plástica 3 expusieron muchos artistas que se encontraban en el exilio --como Balmes, Juan Downey o Toral--, y otros que vivían en Chile --como Lotty Rosenfeld, Carlos Leppe o Juan Pablo Langlois Vicuña--pero cuyas obras tenían pocas oportunidades de mostrarse. Se trató, desde el comienzo, de artistas críticos, políticos, experimentales, disruptivos. “El arte no es decoración”, fue la consigna que Isabel sostuvo.

Mi familia no tenía plata, sino que tenía cultura. En mi casa había recelo con la gente que se dedicaba a ganar plata. Mi papá decía despectivamente: Ese es un ganador de plata. Yo para convertirme en galerista, y asumir que era una empresaria y que tenía que funcionar el negocio, tuve que luchar con mis prejuicios contra la plata, incluso con psicólogo. Ahora entiendo que la plata es una energía que tiene que existir para hacer cosas, es un medio y no un fin en sí mismo. A mí me gustaría haber tenido más plata”


¿Y qué hubieses hecho con más plata?

Comprar obras, porque tengo muy buen ojo. Lo poco que he comprado, de artistas que no eran consagrados, se ha valorizado mucho después. Si hubiera tenido más plata también me habría jugado más en la galería con artistas que eran buenos pero difíciles de vender.


¿Para ti el galerismo ha sido algo arriesgado?

Y sigue siéndolo, demasiado. Yo en lo económico me he arriesgado mucho. He tenido momentos de mucha inestabilidad, de tener que poner hasta lo que no tengo. Yo era hippie total. En Plástica 3 yo era hippie.


No te sentías para nada identificada con la figura de la empresaria

Todavía no soy empresaria.


¿Has sostenido esa incomodidad?

Lo que me pasa es lo mismo que me pasa con el éxito. Me ven como empresaria, como exitosa y yo siento que es de mentira, que es una imagen que no me corresponde.


¿Eso te complica?

Me complica menos la idea de éxito que la idea de empresaria. La imagen de empresaria no me genera ningún glamour, me produce una gran distancia.


¿Cómo combinas tu visión del arte como una propuesta crítica y, al mismo tiempo, tu necesidad de vender obras?

Eso es lo difícil. He hecho exposiciones que no se venden nada. Pero creo que ese conflicto se resuelve cuando voy a los talleres de los artistas y converso de ellos mismos, de sus trayectorias creativas, sus miradas del mundo.




Amor por la diferencia


Otro rasgo que distingue a Isabel Aninat es una especie de amor por la diferencia. Desde el comienzo mezcló en la galería a artistas emergentes con consagrados, idea que no siempre fue bien recibida, pero en la que perseveró hasta el final. Siempre le ha interesado observar cómo dialogan distintas épocas, cómo cada obra es capaz de sostenerse y resistir al paso del tiempo y cómo los más jóvenes pueden aprender de la historia. Son casi 300 artistas lo que han pasado por su galería, que se ha ido moviendo hasta ocupar el espacio que hoy mantiene en Alonso de Córdoba, además de la sucursal que recién abrió en Londres.



Has mostrado distintos artistas, de distintas generaciones, estilos y países.

Yo siempre sentí que los jóvenes no tenían historia del arte y entonces me gustaba relacionarlos con los más viejos. Relacionarlos de verdad, que expusieran juntos, y eso lo hice muchas veces. Me importa observar cómo la obra de un consagrado soporta estar junto a la de un joven, cómo resisten, si el viejo sigue estando vigente y si el joven puede integrar algo de la tradición. Eso fue criticado, decían “la Isabel no tiene línea, pasa de un joven a un consagrado”, pero a mí lo que me interesa es el cruce y la diversidad. Hoy coexisten múltiples miradas y uno tiene que hacerse cargo de esas multiplicidad. Pero eso es difícil en Chile.


¿Por qué?

Porque hay un miedo feroz a la diferencia. Chile funciona en castas y guetos y por eso estamos como estamos. Los empresarios se juntan con empresarios, los deportistas se juntan con deportistas, los artistas se juntan con los artistas de su misma onda...eso nos hace muy mal. El diálogo es fundamental. Tener una mirada abierta es la única forma de entender el arte.

Tú transitas entre mundos, ¿pero te sientes partes de algún mundo, por ejemplo, te identificas con el gremio de las galeristas?

Siento que sigo mi camino sola. No miro mucho para el lado. No me identifico mucho con nada.


Dices, por otra parte, que se te olvida todo, que no retienes nada y que ni tú entiendes cómo has logrado sacar adelante la galería durante 40 años…

Sí, porque soy bastante caótica, pero tengo ángeles que me ayudan.


¿No te angustias?

Sí, me angustio, me pongo nerviosa, sufro, pero al final lo logro.


¿Autocrítica?

Sí, harto.


Pero la mala memoria, por otro lado, es una forma de desapego, de ligereza

Soy lo más desapegada que hay. Me gusta el cambio, me fascina. Y me tiro sin pensarlo demasiado. Me apasiono con lo que hago.


¿Un desapego lúdico, un poco infantil?

Reconozco que tengo algo infantil.


¿Te gusta jugar?

Yo no he dicho eso, lo dices tú.


Cuando haces algo que te gusta, no te cansas.

No sólo me canso, sino que quiero más. Me falta tiempo para más cosas.




“Me molesta la sumisión de los artistas”


Esta es una historia de altos y bajos; de riesgos, adaptaciones y cambio. Pero, sobre todo, esta es una historia de perseverancia. Porque ella ha funcionado por instinto, sin tener las cosas aseguradas consiguiendo plata y apoyos, y creyendo ciegamente en ella misma. En el camino se sumó a la aventura su hija Javiera García-Huidobro, historiadora de arte, quien ha ido asumiendo el liderazgo del proyecto y expandiendo horizontes. Porque desde el comienzo, Isabel se empeñó en que los artistas chilenos fueran conocidos y validados por sus propios méritos e identidad, y atravesaran las fronteras de un país que siempre le pareció cerrado, isleño, prejuicioso y sometido a los dictámenes extranjeros.

Por eso hace casi ya 30 años, comenzó a llevar a artistas a ferias internacionales, siendo la primera galería chilena en estar presente en espacios como Arco, de Madrid, Arteba, de Buenos Aires o Art Basel, en Suiza. No ha sido fácil, porque todo lo hace a pulso. “Soy como una vendedora ambulante, ando con los cuadros bajo el brazo”, ha dicho varias veces.



¿Qué crees que te distingue como galerista?

El afán de promover el arte latinoamericano a nivel internacional y el hecho también de no tener plata, porque yo nunca he tenido plata ni un marido que me financie. Pero lo más importante creo que es tener academia. Porque si uno va a mostrarle el arte a otros tiene una tremenda responsabilidad. Un galerista tiene autoridad, elige quien sí y quién no. Y para poder justificar eso tienes que tener argumentos y conocimientos.


¿Y qué te pasa cuando descalificas o dejas fuera a un artista?

Eso es lo que más me duele, porque también puedo equivocarme y me he equivocado. Pero lo más fuerte es que, en el fondo, cuando un artista te muestra su obra te está mostrando su diario de vida. Entonces si tú le dices: "no me interesa tu obra" para ellos es como si les dijeras: "no me interesas tú". Eso a mí me duele, soy súper sentimental. No puedo llegar y despachar a alguien.


Si repasas tu trayectoria como galerista, coleccionista y curadora ¿qué criterio distingues en la selección de obras y artistas?

Siempre es lo que a mí me gusta. Y más allá de lo estético, me interesa que la obra me sorprenda, que no sea obvia, que tenga una carga crítica, que sea poética, que me obligue a pensar, que me interpele, que tenga profundidad. Pero yo confío en mi criterio. Porque si uno es galerista tiene que tener su propio criterio. No entiendo una galería que tenga a un curador. ¿Para qué es galerista? Porque si no uno no se atreve a elegir sus obras y artistas no es galerista.


¿Qué es ser galerista para ti?

Es alguien que vincula. Es un trabajo creativo y también intelectual. En la historia de un galerista tú ves su ojo, su pensamiento, qué es lo que le gusta. El galerista no es un vendedor, sino alguien que se vincula con el artista, que intenta entender su obra para transmitirla a un público. Por eso siempre en mis exhibiciones hice encuentros y conversaciones, y no solamente con gente del mundo del arte, sino de distintas disciplinas.


Has criticado el hecho de que los artistas chilenos deban legitimarse afuera y que sean los curadores o galeristas extranjeros quienes decidan qué es bueno y qué es malo dentro del arte chileno...

Eso me molesta hasta ahora. Y también me molesta la sumisión de los artistas, que ahora es aún mayor que antes. Yo siento que miran lo que está pasando afuera en vez de mirar lo que pasa adentro de sí mismos. Quieren mostrarle al extranjero que ellos pueden hacer algo de su gusto. Eso me produce una desazón tremenda. Porque la gente quiere ver algo distinto, algo que sorprenda y no algo igual a lo que está instalado en el sistema internacional.


¿Qué no soportas en el arte?

Lo falso. Me pueden gustar distintas cosas si tienen una energía auténtica. No me interesan las obras decorativas, aunque podría vender mucho más si trabajara con ese tipo de obras.


¿Cómo cuáles?

Por ejemplo con cosas que tienen mucho color y que son complacientes.


¿Qué piensas del arte que están haciendo actualmente los artistas jóvenes?

Muchos no me interesan porque encuentro que hacen cosas de moda, obvias, literales. Las fotos del estallido social, los grafitis en los muros, me parece demasiado obvio. Los artistas políticos que hicieron arte en dictadura trabajaron lenguajes velados, metáforas, símbolos. Precisamente es el cruce entre lo político y lo poético lo que hace potentes esos trabajos. Las obras que a mí me gustan son poesías. Y de hecho he tenido mucha relación con poetas.


Una de las cosas que tú has dicho es que las obras son como las personas, que tienen su carácter, su energía, su misterio.

Exactamente. Pasa lo mismo que con las personas. Hay primero una aproximación emocional, una intuición, pero es necesario darle más tiempo a las obras para conocerlas.



“Tenemos que profundizar”


Deslenguada y espontánea, Isabel Aninat ha sido también un personaje polémico, porque emite sus opiniones sin filtro. Aunque con los años se ha ido moderando. “Cuando veo mis entrevistas de más joven siento que no tenía tino, y que era muy prepotente”, confiesa ahora. Y así aparece en los archivos de entrevistas que ha dado, sobre todo en la década de los 90, cuando los chilenos nos creíamos los jaguares de Latinoamérica y ella tuvo un momento de éxito gracias a un nuevo mercado que se abrió para el arte. En plena euforia, Isabel se despachaba frases muy críticas respecto a la cultura y la sociedad chilena. "Los chilenos creen que el arte es decoración", "los artistas chilenos no son profesionales”, “la sociedad chilena está llena de tontos graves", son algunas.


Tú has dicho que los chilenos tenemos un freno moral y que si uno se sale de los cánones se expone a un castigo enorme. ¿Has sentido alguna vez ese castigo?

No tanto, pero sí me he autocensurado. Muchas veces me dieron ganas de hacer cosas más audaces, más críticas o controversiales, pero no las hice por no exponerme.


En tus entrevistas desde muy joven apareces como libertaria, audaz, desprejuiciada...¿Te pasó sentir que el ambiente era más conservador que tú?

Diría que soy más abierta que contestataria, porque también tengo mi lado católico. Pero siempre me he junté con gente que piensa distinto a mí, discuto con ellos, pero son amigos. Yo soy amiga de los artistas, de los políticos, de los empresarios, de los coleccionistas. Y digo lo que yo pienso. No me gusta pelear, pero me gusta debatir.


Tú te vinculas mucho con los coleccionistas. ¿Qué opinión tienes de los coleccionistas chilenos?

Es un mundo aún pequeño en Chile, porque los coleccionistas no tienen el prestigio cultural que se merecen. Son personas muy importantes, pero su aporte no ha sido visibilizado. Hay muchos prejuicios contra los coleccionistas, porque es el prejuicio contra el dinero. Pero son ellos los que van a preservar el patrimonio, es demasiado importante su rol. Y deberían estar mucho más integrados con otros actores culturales. Pero como Chile es un lugar de guetos eso no sucede. Yo creo que el arte, y la vida, es un tejido y si al tejido le falta un punto se deshace. Entonces el museo, el coleccionista, el galerista, el crítico, el curador, el artista, el observador tienen que estar entrelazados para que haya una estructura. Yo creo que eso le ha faltado al sistema del arte chileno.


Esa visión de sociedad más orgánica fue amenazada también por la imposición de un modelo individualista y exitista, de los 90, donde cada uno se salva solo y busca "triunfar" solo. No hay mucha idea de colaboración, sino que prima la competencia. Como que cada uno la quiere hacer entera

La quieren hacer solos y quieren olvidarse del pasado. Yo le hice un homenaje a la Carmen Waugh y casi no fueron artistas. Y ahora les pregunto quién es la Carmen Waugh y no saben. Ese es un problema también de las universidades, donde la historia y la realidad del galerismo no se enseña. Los artistas egresan sin saber cómo trabajar con una galería, cómo tratar con un coleccionista. Salen desubicados. De repente los familiares les compran obras a precios carísimos y ellos creen que ese es su precio. A mí me toca discutir por esas cosas.


En los 90 hubo un boom de arte en Chile

Sí, ahí yo gané plata. La gente empezó a comprar más arte y en ese tiempo había obras que eran más baratas afuera, entonces yo viajaba, compraba afuera y vendía acá. Pero no fue mi momento más entretenido. Yo cuando lo mejor lo pasé fue en Plástica 3, en dictadura. Porque yo no me metía en la parte comercial, yo solo veía el tema de los artistas. Y tenía dos socias más que veían todo lo demás.


En los 90 decías que los artistas se estaban marketeando mucho y t que tenían que estar encerrados en su taller, haciendo su trabajo. ¿Qué te pasa con la figura del artista que quiere triunfar?

Lo encuentro complejo, porque se pierde profundidad en la obra. Un artista tiene que buscar el silencio, meterse adentro de sí mismo, que es lo más importante. Y sea para crear a partir de sus propias ideas o para procesar lo que vio afuera tiene que estar solo, concentrado, y que sea otro el que haga el trabajo de mostrarlo.


¿Sientes que los artistas que se auto promocionan mucho pierden esa capacidad de reflexión?

Yo creo que sí. De hecho en los 90, cuando se da este boom del arte, hay en paralelo una despolitización de las obras, se vuelven más light. Muchos artistas consiguieron éxito en ese momento, les fue regio, pero no sé si esas obras van a perdurar en el tiempo, aunque estén en un museo.


También cuando un artista se instala en el mercado empieza a repetirse, a producir cantidad de obras al gusto de lo que el mercado le compra.

Pero a mí tampoco me interesa la novedad por la novedad. No necesariamente un artista tiene que estar inventando la pólvora. El que cree que está inventando mira para atrás y ya está. En el siglo XX ya salieron miles de formas de arte distintas. Ahora tenemos que profundizar.




Catalina Mena L.
















Isabel Aninat. 40 años de galerismo en Chile.
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