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Matías Rivas
- Matías Rivas

- 13 feb
- 1 min de lectura
Actualizado: hace 10 horas
Hay un solo habitante de todos los encierros.
Padece —arrumado contra la pared— el ruido perpetuo
De las ventanas agitadas por el viento doméstico.
Resiste el chirrido de las puertas de los clóset
Y su cara refleja el insomnio sempiterno que lo envuelve.
Es el único habitante de las moradas clausuradas,
Y a veces lo presiente con pasiva indignación.
De él se saben con certeza escasas informaciones.
Dicen que sufre una sordera atávica
Y que posee una mente que no para de restar.
Suele increpar al silencio que deshace su cuerpo
Y sus quejas se escuchan como bisagras oxidadas.
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