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Sobre la idolatría siempre posible 

20 ago
7 min de lectura

Para un teólogo/a, el libro Microdramas de Constanza Michelson presenta múltiples puertas de entrada posibles: algunas aparecen explícitamente (por ejemplo, con referencias bíblicas explícitas), otras de manera más implícitas, dejando aflorar, en filigrana del texto, lo que podríamos llamar lo teologal (más que lo teológico). Y más avanzaba en la lectura del texto, más me preguntaba cuál de estas múltiples entradas podía usar para comentar este libro. Finalmente, opté por la temática de la idolatría, que encontramos más o menos en la mitad del libro, en un capítulo titulado “Falsos ídolos”. 


En este pequeño capítulo, Constanza nos habla de lo que ha sido su rabia frente a la moda de una mochila que apareció en el mercado. Como lo dice el texto: “De pronto toda una generación empezó a llevar la misma mochila nórdica, con un nombre tan largo que en español resulta impronunciable. Se abrevia. Se le dice Kanken. No sé por qué me provocaba tanta rabia”. Y un poco más lejos: “Por esos días circulaba una aspiración: revolucionar la educación siguiendo el modelo nórdico. Sonaba bien, pero algo no cerraba. Quizá el diseño de la mochila lo revelaba. Sus creadores explicaban que no estaba pensada para adaptarse al cuerpo, sino al revés: el cuerpo debía adaptarse a ella. Detalle clave. La mochila traía un mensaje: ‘‘Venimos del futuro, traemos la buena nueva, sabemos cómo hay que vivir’’. Y pienso que habría sido más honesto que lo que en un momento se llamó progresismo hubiera inventado directamente una religión”. 


A este punto del relato, me llama mucho la atención la asociación que hace Constanza entre, por una parte, un dispositivo que nos dice “cómo hay que vivir”, y, por otra parte, la invención de una religión. Y es precisamente aquí, en este momento del texto, que aparece la idea de idolatría, que será tematizada de manera bien interesante a partir de una referencia a dos personajes bíblicos del libro del Éxodo: Moisés y Aarón. El episodio bíblico en el cual aparecen estos dos protagonistas es bien conocido, pero vale la pena recordarlo porque ahí está el corazón del asunto. Los textos bíblicos nos cuentan que Moisés ha subido al monte Sinaí para recibir la ley, y que se ha demorado cuarenta días antes de volver, un tiempo que al pueblo (que lo está esperando) le resulta insoportable. De hecho, la espera del retorno de Moisés se vuelve angustia, y la angustia pide un objeto: un dios que se pueda ver, tocar, seguir, y es precisamente lo que el pueblo va a pedir a Aarón: que haga este objeto “tranquilizador”. Entonces, Aarón junta el oro de la gente, lo funde, y el becerro “aparece”, como si este becerro hubiera salido solo del fuego, como si nadie lo hubiera fabricado, como si simplemente brillara con su propia evidencia. Esta operación realizada por Aarón convierte mágicamente algo finito en algo infinito, lo que es, para el teólogo luterano Paul Tillich, la definición más exacta de la idolatría. Hay idolatría, según Tillich, cada vez que transformamos algo finito en algo infinito. 


Sin embargo, frente a ese ídolo, el relato del Éxodo nos propone, con la figura de Moisés, otro paradigma: el paradigma de la ley, de las tablas que trae Moisés del monte Sinaí. Constanza escribe: “Moisés, en cambio [a diferencia de Aarón], era apenas el que indicaba las reglas para la acción: aquí está la gravedad, aquí el límite de las articulaciones, aquí los pasos. Ahora haz algo con eso. Interpreta. Baila. Equivócate”. En este paradigma de la ley, Moisés no aparece como un gurú que nos dice qué hacer, o que lo sabe todo, sino que actúa como “mediador”, “traductor”, es decir, como “alguien que corta el infinito para que pueda escucharse una versión posible”. Y un poco después en el texto, Constanza sigue: “Ese es el trabajo de Moisés: mediar. No inventa la ley. No es la ley. No inventa la lengua. No es la lengua. Apenas toma aquello que no podría oírse de otro modo y lo vuelve soportable. (…) Y a esas figuras no se las adora. Se les paga. Se les agradece, en el mejor de los casos. Porque son mediadores. Y los mediadores, además, fallan. Moisés se enojó, rompió las tablas y las volvió a escribir según lo que recordaba. O sea: la ley llega ya traducida, rearmada, un poco torcida por la rabia de un hombre que venía bajando de una montaña”. Y lo central es lo siguiente: “Entre el becerro y las tablas de Moisés no hay una diferencia entre una religión falsa y una verdadera. Hay otra cosa. De un lado, un objeto para quedarse juntos, apretados alrededor de algo brillante. Del otro, unas leyes para leer juntos, discutir juntos, malinterpretar juntos. Incluso pelearse. Porque las leyes, a diferencia de los ídolos, no sirven para arrodillarse, sino para abrir una disputa”. 


Pienso que encontramos aquí un elemento muy interesante, y que tiene que ver con una tensión constitutiva que atraviesa la experiencia espiritual (sea religiosa o no-religiosa): la tensión entre “coincidencia” y “no-coincidencia”. La coincidencia es la promesa del becerro de oro (como también, a su manera, de la mochila Kanken, o del “termo desmesurado Stanley”): una promesa que quiere hacernos creer en la fantasía de un contacto directo, inmediato y puro (es decir, sin mancha, sin falta, sin montaje) con algo que nos indicaría cómo vivir, sin que tengamos que pasar por el riesgo y la incertidumbre del recorrido singular de nuestra subjetividad y de nuestro deseo. Sin embargo, frente a la posibilidad de esta fantasía, cabe recordar que el Dios de la tradición judeocristiana, precisamente, “no es este seductor” (como lo dice el teólogo Adolphe Gesché), en el sentido de que Yahvé no sitúa la falta como lo que habría que tapar por más saber, más fe, sino que la falta aparece como el espacio a partir del cual se abre la posibilidad de una vida buena para los seres humanos. 


Génesis tematiza claramente esta idea cuando nos dice que es Dios mismo que instala esta brecha en nosotros, y aquí podemos pensar en el mandamiento que Dios hace a Adán de no tocar, en el jardín del Edén, el árbol del conocimiento del bien y del mal. Por supuesto, Adán puede gozar de “todo” (todos los árboles), “salvo uno” de ellos. La figura aquí es la de un todo del cual un elemento tiene que ser sustraído, no por capricho de Dios, sino para que la vida no se convierta en muerte (“sino morirás” dice el texto). Podríamos decir, parafraseando el universo místico de Maestro Eckhart, que en Edén Dios instala el ser humano en “un todo sin totalización”, es decir, en una no-coincidencia que aparece como un don al servicio de una vida buena. Pero al mismo tiempo, el texto bíblico es también muy lúcido, porque sin ilusión sobre la fuerza de coincidencia que brota de nosotros, sin ilusión sobre la pulsión “caníbal” nuestra de querer poseerlo todo, controlándolo todo, dominándolo todo, a veces de manera muy sutil, respondiendo así a la tentación de la serpiente. Y quizás sin ilusión sobre la pulsión caníbal que podría también manifestarse en Dios mismo. 


En este contexto, este mandamiento divino de “no tocar” el árbol del conocimiento del bien y del mal significa mantenerse firme en la no-coincidencia, y eso me hace pensar a esta frase famosa de Lacan que nos invita a no ceder sobre nuestro deseo, es decir, sobre la falta que nos constituye. Me parece que existe aquí un elemento de parentesco (una resonancia) interesante entre Lacan y el texto bíblico. Y la tentación de la religión, a veces, es precisamente pretender ofrecernos algo (un mensaje, un objeto, una utopía) que nos permite imaginar que podemos tapar esta grieta interna que nos constituye con sistemas totalizantes y brillantes (brillante como lo es el becerro), pero que por lo tanto niegan la incertidumbre y el riesgo que constituyen inevitablemente el habitar de nuestra finitud humana, una finitud hecha pregunta, siempre llena de dudas, de respuestas parciales y balbuceadas, de caminos que recorremos a tientas, pero que sin embargo no excluyen ni la belleza, ni la esperanza, ni la plenitud. 


Por último, quisiera mencionar al filósofo y sinólogo francés François Jullien, quien desarrolló ampliamente el concepto de "des-coincidencia" en diálogo, entre otros, con la tradición cristiana y el psicoanálisis. Jullien no es creyente ni teólogo (ni tampoco psicoanalista), pero encontró precisamente en la tradición judeocristiana una de las expresiones más fecundas de aquello que buscaba pensar: un Dios (también llamado “fisura”) que no viene a colmar todas las preguntas, sino a abrirlas; un Dios que no clausura el sentido, sino que fisura toda pretensión de hacerlo coincidir definitivamente consigo mismo. De hecho, no es casual que uno de sus libros lleve precisamente por título Dios es des-coincidencia; un libro en el cual Jullien esboza los contornos de un cristianismo des-dogmatizado y fiel al gesto de des-coincidencia que lo funda de parte a parte: “(…) el cristianismo podría entonces, según la capacidad de des-coincidencia que lo impulsó originariamente, trabajar por fisurar el estado saturado y satisfecho de este mundo, lo cual es aún más necesario hoy en régimen de mercado mundializado, de soberanía tecnológica y de obediencia mediática que sella el mundo en una Coincidencia generalizada que ya no es inquietada”. ¿Cómo no preguntarse si la mochila Kanken no sería uno de los síntomas de esta Coincidencia generalizada denunciada por Jullien? 


Mientras leía Microdramas, tenía la impresión de que esa misma intuición recorría silenciosamente sus páginas, de múltiples maneras. Porque, al final, lo que Constanza contrapone al ídolo no es otro ídolo, o simplemente una creencia distinta. Lo que contrapone al ídolo, al fetiche, es, de manera más fundamental, otra forma de habitar el mundo (quizás una manera des-coincidente de mirar y habitar el mundo). En efecto, allí donde el ídolo promete a nuestro imaginario un acceso inmediato a la verdad, la figura alternativa propuesta por Constanza aparece como un mediador, un traductor, es decir, alguien atravesado por el duelo de no poder poseer lo que está llamado a transmitir. Alguien que no puede entregar respuestas acabadas, sino unas tablas rotas, reescritas, que habrá que leer y conversar, asumiendo el riesgo inherente a toda apropiación subjetiva. Me parece que allí encontramos una intuición profundamente espiritual, y que nunca debería dejar de nutrir nuestra disciplina teológica. Esta intuición nos diría que una fe liberada de la idolatría no es aquella que elimina la incertidumbre o el enigma, sino aquella que acepta el trabajo siempre inacabado de tener que traducir, interpretar y volver a comenzar.


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Microdramas
Constanza Michelson
Paidós, 2026


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