Desvaríos de un microdramático compulsivo. Sobre "Microdramas".
- Christopher Rosales

- hace 2 horas
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I
“Un microdrama es una escena en la que alguien se juega un pedazo de vida”. Así abre Microdramas. El peso de leve, un conjunto de ensayos o de crónicas —acaso una novela— sobre los pequeños dramas que componen la existencia. Su hibridez seduce y las escenas invitan a la identificación o a la búsqueda de los microdramas propios. No será difícil encontrarlos: del microdrama no se huye; deja una marca muy profunda y personal, irreconocible y subestimable para los otros, como cuando te muerdes el labio hasta romperlo de puro nervio o de pura rabia.
Directa, aguda y con ironía fina y mordaz, Constanza Michelson disuelve la frontera entre lo personal y lo público, y a través de retazos de historias, momentos y fotografías de lo aparentemente fútil, realza su insospechado peso para la existencia. A través de puertas entreabiertas el lector vislumbrará pequeños dramas del tamaño del mundo. Pedazos de vida en juego que, como en un dibujo de puntos, al unirse forman una figura. Un espejo. Nuestro rostro, así, sin filtros. Extrañamente extraño y real.
Uno de los primeros ejemplos de microdrama que ofrece Michelson, aparece en su Crónica de un impulso. Parte así: “me levanté en pijama, caminé a la cocina, tomé las tijeras. Las miré un momento, como si hubiera olvidado para qué sirven. Verifiqué que no tuvieran restos de comida. Luego fui al baño. Tomé un mechón. Corté. Sin medir, sin simetría.” Este acto, lejos de buscar una mejora estética —pues ella misma admite que termina viéndose peor—, persigue el objetivo existencial de "ser otra en dos minutos" y establecer un "milímetro de distancia" consigo misma. Eso en principio, pues luego viene la otredad a hacer lo suyo: los hijos y el hombre. Los primeros parecieran reclamar a la madre original, exigirla. El otro, no dice nada.
Recuerdo una película de terror sobre dos gemelos que, al encontrar a su madre con la cara vendada tras una cirugía estética, empiezan a sospechar que ha sido suplantada por una impostora. El horror de los hijos, más allá de los detalles propios de la película, se contrapone a la posibilidad de anhelo de un cambio propio, de una búsqueda de esa singularidad, como si la madre fuese solo ese rol y nada más. La imposición de esa mirada ajena carga con el horror de la mirada del lobo. El verdadero terror.
(Nota al margen: no importa lo que hagas, siempre criarás cuervos.)
Un microdrama, entonces, lucha contra la mirada del otro, aquella que amolda, clasifica, reduce. Pero también contra la propia y las filtraciones del deber ser al punto de extraviarse. El microdrama es micro, claro, pero busca su presencia, su impronta. Dice aquí estoy. Esto soy. Y qué tanto.
II
En Tema libre, el escritor Alejandro Zambra dice que los temas de la literatura podrían reducirse no a dos, como se suele enseñar en las escuelas: amor y viaje, sino a uno nada más: pertenecer. Y es que esa es la historia de lo humano: ser parte de algo más. Rehuir a la verdadera respuesta a la pregunta ¿esto es? Pertenecer. O un sinónimo forzado: hallarse. No me hallo. Ser parte de sí mismo. Encontrar el ritmo, el propio, bailar a la pinta de uno y que por ahí nos sigan. Que el ritmo —o el ruido— del mundo se adecúe a nuestros pasos y no al revés. Nadar contra la corriente. Gritar contra la corriente. Bailar contra la corriente. Contra la corriente de la silla eléctrica, a veces. Esa es la búsqueda del microdrama. Una y mil veces relegada al fracaso o al olvido. Su destino trágico, hasta ahora.
Cuando el ángel de la historia de Benjamin llora con el rostro vuelto hacia ese pasado pisado, pues se hace consciente de que el viento del progreso que lo arrastra no le permite retener la magnitud de esa Historia con hache grande, hemos de suponer que lo que se pierde, ruinas entre las ruinas, son microdramas.
El microdrama como un pedazo de mundo olvidado solo real para quien lo habita. La resistencia a ese olvido a punta de espasmos o tijeretazos. Es la toma de conciencia de la pequeñez; obstinarse en su grandeza. Un grito dentro de un silencio forzoso. La pataleta, no para el resto —o no principalmente— sino para uno mismo que reclama aquí estoy. Esto es lo que soy a pesar de. Seré el que seré. Y, sin embargo, esa Historia con hache de hacha, como dice la autora, pasará por sobre nuestras minúsculas historias, nuestros pequeños dramas insondables, arrasándolos.
Por eso entiende Michelson es importante su realce. Cada fragmento resiste análisis. Los teólogos dicen que quizá en un escenario total en donde fuera posible ver todos los trocitos de historia del universo hasta el mal tendría sentido. O algo así. Igual parece una argucia conveniente. En fin. Lo cierto es que solo vemos lo que queda, lo que la ola deja, pedazos de un plato roto al que se le han perdido partes y que aun así remiten a una coherencia mayor.
Tal vez eso sea un microdrama. Un trozo queriendo ser el jarro del que vino por los siglos de los siglos. Ser el jarro de algún modo. Pretender. Porque ese jarrón enorme es todo un drama, un dramón. Esa es la materia prima del microdrama: The Drama. O todo lo opuesto, el microdrama es el gesto rebelde de huida a ese jarro mayor, tan anticuados y ya sin flores. Terco, además. Si dramáticamente lo estrelláramos en el suelo saltarán sus mil pedazos extendiéndose por todo el piso o por todo el espacio.
Y en sus partículas deseantes pero imposibilitadas de uniformidad, paradojalmente, aún reverbera un drama común. Existir, diríamos dejándonos seducir por el melodrama. Pero el microdrama no es melodrama, es más rebelde, adolescente en el mejor de los sentidos posibles, terrorista, extremista quizá. Llama a no conformarse. A tomar los fragmentos y hacer algo con ello. Otro jarro, más feo, más tosco, más honesto y real. Hermoso, en fin, en su sincera imperfección.
III
Cito: “Los microdramas aparecen por todos lados. Se esconden como un error inexplicable en un plan que parecía perfecto, se cuelan en los desvíos de las cifras, fuerzan su entrada en teorías sociales. Pero cualquiera los reconoce en su propia casa. Un microdrama es intenso, sucio, ambiguo, vital. Tiene su propia lógica, una inteligencia oblicua.” El microdrama quiere hacer su propio escándalo, pero nadie lo oye. Choca con el ruido del mundo. Esa es su tragedia. Da una batalla desigual. Y tiene razón en darla. Obstinado. A eso nos invita el libro. Ahí radica su valentía. Sobre todo en estos tiempos farsantes que simulan un orden y una pulcritud imposibles.
Deleuze y Guattari, que sí son dos, no como esos impostores de Ortega y Gasset, decían que solo pedimos un poco de orden para protegernos del caos. Pues bien, en la era del imperativo del orden y la productividad (o de su ilusión, su pantomima), Michelson nota la necesidad de invertir el petitorio, abrazar el caos, el del mundo, el de los otros, el propio, para resistir al mito moderno. “Venimos a ordenar la casa” / ¡Zak! ¡Zak!, suenan las tijeras

IV
Lo siguiente no sé si es verdad, pero nos servirá. Se dice que los antiguos maestros del haiku, antes de morir, escribían su último haiku, como una suerte de intento de capturar ese momento, aproximarse a la muerte, hacer contacto. En ese contexto, los discípulos del gran poeta Shisui esperaban que su maestro hiciera su último poema e impacientes por la posibilidad de que este muriera sin componerlo, fueron a pedirle que lo escribiera: su último haiku, el haiku fatal, el haiku de la muerte. Shisui, sin decir nada, tomó el pincel y, con sus últimas fuerzas, dibujó un círculo de un solo trazo. Dicen que inmediatamente después se murió.
Traigo esta historia a colación para intentar responder a una pregunta que abre el libro. Dice:
“Hay cosas que son un haiku. No puedo escribirlos pero puedo reconocerlos cuando pasan: un segundo en que el pasado y el presente se separan solos, sin drogas de ninguna clase. Un segundo donde los ojos no van de izquierda a derecha buscando un sentido. Como ante un haiku: se ve de golpe o no se ve.
El yo pesa. Dios mío, cuánto pesa.
Me acuerdo ahora que esa vez, en vez de gritar, me corté un mechón. ¿Un grito es un haiku?”
Entiendo que la pregunta es retórica, pero finjamos que no. ¿Un grito puede ser un haiku? Por qué no, lo fue el círculo del moribundo poeta Shisui. Con todo, diría que no. El grito se encuentra en las antípodas del haiku, porque un haiku se aproxima al vacío, mientras que el grito lo repudia. De ahí el llanto al nacer, acaso el primer microdrama (aunque podrían ser las patadas en la guata también): ese rechazo al vacío, al silencio. El grito, el corte de pelo, decir una pesadez a alguien sin razón, un palo, son gestos para aparecer y no para desvanecerse, no buscan hacerse uno con el entorno; para reconocerse en él. Sin embargo, como ocurre con todo lo que se opone, las similitudes brotan. El haiku y el microdrama tienen el mismo impacto, el de su inminencia.
Podría el viejo Shisui haber gritado y ahorrarse tinta, es lo que supongo haría Zurita en su lugar, pero de
haberlo hecho, ese círculo o ese cero, la pelá, se revestiría de su potencia opuesta, sépase: jugarse la vida, pedir a gritos una, enfrentar a la muerte en el más literal de los sentidos.
La pequeñez y simplicidad del haiku no es igual a la del microdrama, pero corre en líneas paralelas. Lo que allá funciona como contemplación y aceptación, acá es hastío y dislocación. Como el ying y el yang, se nutren, conversan o así al menos le dicen cuando discuten. El microdrama es una antihaiku: reclama su espacio, no renuncia a él. Rechazar el silencio zen. A veces hasta lo escupe.
V
Al releer el libro de Constanza Michelson noto algo propio: mi escritura está llena de microdramas. En un taller literario en el que participé, el profesor me preguntaba qué ocurre en el cuento. Me sugiere. Me dice un crimen. Me habla de un deseo, una motivación oculta que en algún punto estallará. Le dije que no sabía. ¿Pero qué pasa entonces? Nada, no sé, respondo. Y es que a veces no pasa nada. Nada grande, nada gravitante y eso es lo terrible, eso, precisamente eso, es lo que pasa. La contundencia y monotonía de un ritmo hostigante que de pronto un impulso torpe se anima a romper. No un asesinato; una pelea tonta, voltear los ojos, botar algo, una carta, una foto, qué se yo, insistir ¿qué es lo contrario de gobernarse? No es abandonarse, pues en ese descontrol de pronto uno se halla. O esa es la esperanza.
Supongo que la razón por la que Constanza me invitó a escribir algo para la contraportada de su libro y presentarlo, más que obedecer a una sintonía intelectual o literaria, que sin duda la hay, corresponde a una afinidad microdramática. Propensión al impulso del yo queriendo saber que existe. Buscándose en su anarquía y, quiera Dios, hallándose. O al menos abriéndose pasos entre este laberinto; inventando pasos propios, espasmódicos, en este baile tan agotador.
Cerremos.
Microdramas es un libro valiente. En él Michelson revisa mitos, contingencia, historias de anónimos y, sobre todo, microdramas personales. Porque este libro es muy personal. Aunque a ratos haga amagues de no serlo —tiene sus trucos, la prestidigitación de una prosa hábil y perspicaz—, lo es. Se expone, se desnuda, muestra sus vergüenzas, permitiéndonos apreciar ese patetismo propio del que los lectores somos parte. En fin. Léanlo, léanlo. Léanlo y luego léanse. Les aseguro que no se van a arrepentir. Encontrémonos después con nuestros flequillos recortados. Reconozcámonos, pero no tanto, no al punto de confundirnos, la imperfección de cada tijeretazo dará cuenta de un tono propio, de una resistencia. Dan ganas de arrancarle la tripa a un plumón fluorescente y exprimirla sobre sus hojas para destacar todo lo importante, todo lo enigmático y todo lo bello, en un torpe intento por ganar fuerzas para cargar el insoportable peso de lo leve. Yo no lo hice; leí la versión en digital.
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Microdramas (el peso de lo leve)
Constanza Michelson
Paidós 2026

















































