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Distracción artificial

Por Javier Ibacache V.

 

“Nos distraemos con mitos y misticismo mientras la verdadera crisis está creciendo”. La advertencia es de la investigadora australiana Kate Crawford y la hizo durante la conferencia de apertura de Congreso Futuro en enero pasado. Ante una audiencia heterogénea que se congregó en CEINA, la autora del aplaudido Atlas de Inteligencia Artificial puso el foco en las narrativas de las grandes corporaciones tecnológicas como impedimento para discutir “lo que está detrás de la cortina” en el actual fervor por la IA.

 

En línea con el cada vez más frecuente discurso crítico en torno al modelo Sillicon Valley, la directora de Knowing Machines -una red internacional de estudios sobre aprendizaje automático-  dejó establecido que la distracción masiva a la que asistimos con una población adicta a las pantallas y a las conversaciones con asistentes virtuales tiene un alcance político: pospone discusiones relevantes, acentúa la desigualdad, agrava la explotación de recursos naturales y amenaza la legitimidad de los procesos eleccionarios.


Al igual que el filósofo francés Eric Sadin (La era del individuo tirano, La siliconización del mundo, La humanidad aumentada), la especialista reconocida por Time como una de las más influyentes en este campo se muestra cauta respecto del curso que tomará la masificación de sistemas generativos de IA (como los populares ChatGPT, Dall-e, Midjourney, Bird o Bang) en distintos ámbitos de la vida cotidiana tras la revolución de 2023, y prefiere alertar que en el año en curso veremos el impacto de las deepfakes en el modelamiento del debate público como un fenómeno inevitable con posteos y videos en redes sociales modelados por máquinas que alteran la realidad.

 

“Las herramientas de IA generativa pueden producir contenidos completamente creíbles, lo que socava la capacidad de distinguir lo real de lo falso y nos hace vulnerables a nuevas formas de manipulación”, argumentaba con un tono profético al cierre de su ponencia. Pocas semanas después, su adagio se ha confirmado con la presentación de Sora, la nueva herramienta de OpenAI que genera de manera automática videos realistas de 60 segundos a partir de un texto con indicaciones (prompt) alzándose como la nueva revelación de la temporada.

 

Si bien la investigación de campo de Crawford es señera y ha encontrado particular resonancia en la corriente humanista de la IA que aboga por discutir los dilemas éticos, en la práctica la estrategia de distracción de Sillicon Valley (esto es, situar la conversación en un ámbito que no afecte los intereses propios) acrecienta su efectividad toda vez que la industria de la IA atraviesa por un periodo de alta inversión de la mano de la diversificación de modelos y aplicaciones que se publicitan a diario.


La nueva versión de un país de Jauja poblado por avatares diseñados por IA está más cerca de materializarse de lo que se piensa. También en Congreso Futuro la cantante Denise Rosenthal presentó un show titulado SinfonIA Digital con apoyo de CRTIC (Centro de Revolución Tecnológica de las Industrias Creativas) en que interactuó con su gemela digital en un paisaje inmersivo de tintes surrealistas con sonido envolvente. El espectáculo de vocación experimental dio pistas de lo que comienza a ponerse en juego en la producción artística con el aterrizaje de sistemas generativos, donde la creatividad y la imaginación dejan de ser en esencia atributos humanos -como lo ha enseñado la historia del arte-, mientras la discusión se atrinchera en la propiedad intelectual y los derechos de autor.


“La Inteligencia Artificial ya gobierna el mundo”, llegó a decir Martin Hilbert días después en el mismo escenario. El investigador alemán se caracteriza por el tono coloquial con que describe contextos poco esperanzadores de corto plazo para alentar una mirada crítica entre quienes le escuchan. “Como especie ya hicimos todo lo que no queríamos hacer”, planteó con el aval de los últimos logros de las IA generativas. “Hemos llegado al fin del Homo Sapiens: el saber ya no nos distingue como especie. Si tenemos máquinas que tienen la capacidad de pensar, de saber y de ser más empáticas que nosotros, la pregunta es qué nos queda como humanos”.


La alerta de Crawford y el pragmatismo de Hilbert se asientan en la crisis de atención que caracteriza a esta época y que no parece aminorarse de acuerdo a Bruno Patiño, también presente en Congreso Futuro. Su libro La civilización de la memoria de pez describió a inicios de la década el costo de la dependencia a las pantallas. En su conferencia reafirmó que la algoritmización de la vida constituye un paradigma funcional al llamado capitalismo de extracción de datos y que no habrá cambios en el curso de los procesos mientras la sociedad esté cautiva del scrolling y de los algoritmos de recomendación.  


Conocedor en profundidad de la repercusión que ha tenido el cambio digital en los medios de comunicación dado que es presidente del Canal Arte, Patiño coincide con Hilbert en la necesidad de recuperar la vivencia de lo humano en momentos en que avanzamos a la fase que él denomina de entretejido. “La producción inmensa de contenidos con sistemas de IA que se avecina va a generar un entretejido entre la realidad y la ficción que va a aumentar de manera absoluta. Puede ser muy útil y agradable, salvo que siempre estará la amenaza de la alucinación”.


Hasta antes de la pandemia, se pensaba que el desarrollo de la IA conllevaría riesgos de sustitución laboral, preferentemente de oficios o prácticas automatizadas. De las jornadas de Congreso Futuro se desprende que esa ha sido parte de las narrativas de distracción, ya que es improbable encontrar hoy en día una labor que no esté amenazada.


A fines de 2019, los estudios y proyecciones situaban a las artes entre los campos con menores índices de alerta; actualmente se cuentan entre los más volubles. En tres años se han estrenado coreografías, obras de teatro y óperas escritas, compuestas y/o desarrolladas por sistemas IA: Living Archive (2020), When a robot writes a play (2021), Chasing Waterfalls (2022). A ello se suma la primera bienal curada por un programa IA (Bucarest 2022, IA Jarvis).


Se espera que estas experiencias dejen de ser colaboraciones aisladas con el perfeccionamiento que alcanzan los nuevos sistemas generativos que prometen convertir a todo ciudadano en artista. Se diría que el público del futuro próximo será más co-creador y co-diseñador antes que espectador.


Algo de este paisaje parece intuir la compañía Geografía Teatral que en paralelo a Congreso Futuro estrenó la obra distópica Animales de trabajo en el Teatro UC en el marco del Festival Santiago OFF.


La comedia negra escrita y dirigida por Tomás Espinosa muestra a un grupo de actrices y actores profesionales (interpretados por Bárbara Vera, Coca Miranda y Omar Morán) que laboran en un zoológico sustituyendo a los animales ya protegidos de todo abuso en virtud del resguardo de sus derechos.


El montaje habla aparentemente de las precarias condiciones que enfrentan los creadores arrojados a su suerte cuando otras causas se imponen en la discusión pública que desconocen la contribución de las artes al resguardo de la identidad y la memoria del colectivo.


Pero es tentador pensar junto con Kate Crawford que eso también es parte de la distracción de época y que sobre los personajes de la ficción se cierne más bien la amenaza derivada de un sistema artificial, como en toda contingencia cotidiana de ahora en adelante.  





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