Jessica Sequeira
Actualizado: 20 ago
Un negociador de salitre
El mineral ya me había enseñado
que una misma sustancia
puede alimentar los campos
o volar un cuerpo en pedazos.
Arde en la raíz del trigo
y en la boca de los cañones.
El salitre no tiene moral.
Las palabras tampoco.
Se las puede usar
para sostener un acuerdo,
construir un puerto,
o trazar una frontera inventada por hombres
que jamás pisaron el desierto.
También pueden abrir una grieta
por la que se ve
un pedazo brillante de luna.
Les voy a contar cómo era.
Querían cobrarnos un impuesto
que el tratado de límites prohibía.
Eso dijeron los abogados,
inclinados sobre mapas
y documentos cubiertos de polvo.
Pero ningún límite permanece intacto.
Las leyes levantan barreras,
pero siempre hay alguien
dispuesto a cruzarlas
con mulas, con rifles,
con barcos cargados de pólvora y obreros.
No pagamos los impuestos.
Mejor dicho,
no los pagó la empresa.
Insistieron.
Y así empezó.
Nunca es tan grande
la chispa inicial de las cosas.
A veces basta una palabra seca.
No.
Un «no lo haré».
Un sello golpeando un papel
en una mesa de madera.
Después, el salitre ardía
como si la tierra misma
hubiera decidido incendiarse.
Pero nuestra negación
recibió su contraparte
en las multitudes.
Y en otro lenguaje,
debajo del comercio,
debajo de las monedas,
de las banderas,
de los himnos repetidos como rezos,
estaba esa otra fuerza:
la anarquía caliente del subsuelo,
la potencia mineral
que una cobarde firma
puede desatar sin dominar.

















































