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Jessica Sequeira

17 ago
1 min de lectura

Actualizado: 20 ago


Un negociador de salitre


El mineral ya me había enseñado

que una misma sustancia

puede alimentar los campos

o volar un cuerpo en pedazos.

Arde en la raíz del trigo

y en la boca de los cañones.

El salitre no tiene moral.


Las palabras tampoco.

Se las puede usar

para sostener un acuerdo,

construir un puerto,

o trazar una frontera inventada por hombres

que jamás pisaron el desierto.

También pueden abrir una grieta

por la que se ve

un pedazo brillante de luna.


Les voy a contar cómo era.

Querían cobrarnos un impuesto

que el tratado de límites prohibía.

Eso dijeron los abogados,

inclinados sobre mapas

y documentos cubiertos de polvo.

Pero ningún límite permanece intacto.


Las leyes levantan barreras,

pero siempre hay alguien

dispuesto a cruzarlas

con mulas, con rifles,

con barcos cargados de pólvora y obreros.

No pagamos los impuestos.

Mejor dicho,

no los pagó la empresa.


Insistieron.

Y así empezó.

Nunca es tan grande

la chispa inicial de las cosas.

A veces basta una palabra seca.

No.

Un «no lo haré».

Un sello golpeando un papel

en una mesa de madera.


Después, el salitre ardía

como si la tierra misma

hubiera decidido incendiarse.

Pero nuestra negación

recibió su contraparte

en las multitudes.


Y en otro lenguaje,

debajo del comercio,

debajo de las monedas,

de las banderas,

de los himnos repetidos como rezos,

estaba esa otra fuerza:

la anarquía caliente del subsuelo,

la potencia mineral

que una cobarde firma

puede desatar sin dominar.


--
Texto del libro Los cantos de Guan Gong
Jessica Sequeira
Los perros románticos 2026

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