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Poéticas de la pantalla

Las pantallas relucen ante el ojo,

lo iluminan con sueños de otras vidas,

historias en pixeles y con líneas

que imprimen las cortezas a su antojo.


Se rinde el ojo ante la luz tupida,

fascinado por sus brillantes textos.

Se entrega la pupila al movimiento

de adorar la pantalla cual polilla.


Pablo Fante, “En la gruta consciente”


Vivimos en un mundo de pantallas de todos los tamaños imaginables: públicas o personales, llenas de mensajes seductores o amenazantes, notificaciones urgentes o irrelevantes, portadoras de un flujo incesante de imágenes del que nos cuesta desconectarnos. Estamos rodeados de sus superficies bidimensionales instaladas en nuestros relojes inteligentes, teléfonos, tablets, computadores, casas, cines y edificios. Nos preocupamos de limitar el “tiempo de pantalla” de nuestros hijos, pero como ellos tarde o temprano descubren, el nuestro es mucho más. Trabajamos por ellas y para ellas. Las necesitamos para enviar correos, escribir textos, tener reuniones virtuales, preparar presentaciones, transferir dinero, pagar cuentas, además de distraernos en las redes sociales o mirando alguna serie. A veces estamos en más de una a la vez, en aparatos interconectados con los que medimos nuestros pasos diarios, revisamos el saldo de nuestra cuenta bancaria, nos comunicamos con nuestra familia, nos enteramos de las noticias, escuchamos música, chequeamos el pronóstico del tiempo, orientamos nuestros trayectos, registramos y compartimos imágenes de nuestra vida cotidiana.


El término “pantalla” originalmente tenía más que ver con una superficie interpuesta entre nuestros ojos y una fuente de luz, como la pantalla de una lámpara, que difumina el brillo de la ampolleta, o un biombo que se pone frente al fuego en una chimenea. En ese sentido, el término alude a lo que vela, encubre, oculta, difumina, esconde. Dante habla en La vida nueva de una donna-schermo, una mujer-pantalla a la que simula amar para ocultar ante otros su amor por Beatrice. Lo interesante de esta acepción de la palabra es que ese tipo de pantalla no oculta del todo la luz, sino que la difunde de otro modo. Se interpone entre la fuente de luz y nuestra mirada para protegerla de un brillo demasiado intenso. El término alude también a una superficie en la que se proyectan o aparecen imágenes. Una pantalla de cine conserva todavía un parentesco con el uso original, ya que corta un haz de luz, aunque no para protegernos de su brillo, sino para reflejarlo hacia nosotros y permitirnos ver la proyección amplificada de una sucesión de imágenes diminutas impresas en celuloide semitransparente, en un ritual colectivo que se lleva a cabo en salas oscuras repletas de butacas. 


Ya en la pantalla del televisor vemos imágenes que surgen desde dentro de una superficie iluminada, con luz propia, típicamente en un espacio doméstico. Imágenes que, como las del streaming, se transmiten y nos llegan desde lejos, instantáneamente, y por tanto con la posibilidad de ver en vivo lo que está sucediendo en otro lugar, algo que el cine, heredero de la fotografía y sus procesos de revelado químico, era incapaz de hacer. Para Jean-Luc Godard, la diferencia entre cine y TV podía resumirse en el hecho de que para ver cine se levanta la cabeza y para ver tele se la baja, lo que implicaría una actitud sumisa y pasiva, sometida al discurso que acompaña las imágenes. Pero el “en vivo” trajo también sus posibilidades experimentales: una vez que se popularizaron a precio económico las cámaras de video, cualquiera podía hacer películas. El cine se sintió amenazado, con razón, por este invento, que de a poco llevó las películas en casete al hogar, y que además hizo posible el surgimiento del video-arte, un intento de revolucionar la pantalla chica y de producir una suerte de anti-TV. 


La teórica del arte Rosalind Krauss afirmó astutamente que los primeros trabajos de video se inscribían en una “estética del narcisismo” por la frecuencia con la que aparecía la imagen del propio autor filmándose a sí mismo, e incluso a veces filmando el monitor en que aparecía su imagen, con una mano extendida para tocarla. Con la cámara de video, capaz de transmitir en directo la imagen a un monitor, la pantalla se volvía espejo, vidrio susceptible de tocarse. La televisión, literalmente “visión de lejos”, nos puede mostrar lo que ocurre en lugares remotos del globo, en el espacio exterior incluso, pero también nuestra propia imagen, encerrada allí dentro de su caja, lo que nos vuelve protagonistas de nuestro propio programa. Esa proximidad con el espejo o el reflejo en el agua fascinó a pioneros del video arte como Juan Downey, Vito Acconci o Letícia Parente, que presagiaron el imperio de las selfies y de la autoimagen en los videos breves de Instagram, Youtube o TikTok. 


Si el paso del cine a la televisión se ha descrito como un contraste entre la pantalla grande y la pantalla chica, las grandes salas de cine y el entorno doméstico, crecientemente estamos en un mundo en que el que cada quien tiene su propia pantalla de computador, TV y celular, y en el que todas esas pantallas muestran imágenes digitales, información visual convertida en un flujo de ceros y unos. Con la conexión a la red, la pantalla de computador destinada escribir, calcular, programar o jugar se vuelve el lugar de acceso a un mundo virtual por el que navegamos. Si la pantalla de TV, a diferencia de la cinematográfica, me permitía cambiar de canal con un control remoto, subir o bajar el volumen, encender y apagar el aparato a voluntad, en la pantalla del computador podemos comprar y vender, comentar lo que vemos con quienes están conectados, publicar textos, fotos, ideas. La interactividad aumenta exponencialmente. Si en la TV son grandes corporaciones quienes pueden transmitir, aquí cualquier usuario tiene la capacidad de compartir todo tipo de contenidos, aunque lo que inicialmente prometía ser un espacio de libertad utópica se haya convertido cada vez más en un entorno predecible, controlado por el capital y dedicado a un consumo constante que no cuestiona el sistema, sino que lo ratifica. 


Con la llegada del teléfono inteligente suceden muchas cosas: tenemos entre nuestras manos un mini computador capaz de operaciones cada vez más sofisticadas, y por lo mismo carísimo. Cuando se nos cae de las manos y se triza su pantalla -me acaba de ocurrir- es como si se nos hubiera quebrado una parte de nuestro cuerpo, un objeto frágil y preciado que atesoráramos, una dimensión de nuestro yo. Ese objeto que llevamos en el bolsillo, la cartera o la palma de la mano, desde donde puede ser robado fácilmente, nos ofrece una ilusión de omnipotencia: con él podemos hacer de todo. Y al revés, sin él quedamos solos, desconectados e impotentes: no podemos transferir dinero, avisar que vamos atrasados, revisar nuestros mensajes para confirmar un dato, escuchar música ni tomar fotos. Recuerdo que cuando comenzaron a aparecer los I-phones me aferré desesperadamente a mi teléfono-tonto con forma de almeja. Por mucho tiempo, ni siquiera quise tener celular (debo haber sido de las últimas personas que conseguían monedas de cien pesos para llamar por teléfono público en la calle). Lo acepté solo cuando, recién llegado a una ciudad extranjera, alguien me dijo: si no tienes celular no tendrás amigos. No queda otra. Luego vino la presión por sumarse al Whatsapp, por tener un teléfono con una cámara decente, prúebalo, te va a encantar. En fin, caí, y ya no hay vuelta atrás… 


En su recién publicado poemario Pantallas, Pablo Fante escribe en tersos endecasílabos y bien torneados sonetos sobre nuestra adicción a estas superficies refulgentes, seductoras, engañosas portadoras de ilusiones animadas y de cebos visuales para el ojo: 

mírame, tócame, acaríciame, bébeme, húndete en mi mundo de estímulos placenteros y no salgas más, parecen decirnos. ¿Qué tiene que ver la métrica clásica y los artificios retóricos del barroco con la actualidad? Por una parte, el contraste entre estas formas clásicas del Siglo de Oro y nuestro hiperconectado presente produce un anacronismo extraño, una tensión temporal atractiva. Por otra parte, tal vez las raíces de nuestra fascinación con la imagen provengan del barroco, que ya se dio plenamente cuenta de su capacidad de conmover, seducir, fascinar al ojo. Christine Buci-Glucksmann escribió sobre “la locura del ver” (La folie du voir) en un libro sobre la estética barroca que la sigue desde el siglo XVII hasta la actualidad, y que encuentra en ella un pensamiento de lo virtual que ilumina de manera oblicua los problemas de nuestro presente.    


Es un día jueves de fines de marzo: anoche me desperté y miré mi celular para ver la hora. Luego esperé que sonara la alarma para levantarme. Revisé mis mensajes, mis redes sociales, y ahora estoy sentado frente a otra pantalla terminando de corregir este texto. Luego haré clases proyectando una presentación, porque es inconcebible hoy en día enseñar solo hablando, y más tarde iré a una reunión donde me mostrarán videos, cifras, cuadros, proyecciones un una pantalla HD…ayer tuve una sesión de terapia online, y mañana una reunión virtual…¿cómo escapar de la tiranía esclavizante de estas superficies diseñadas para acariciar nuestro deseo y nuestra inteligencia, para estimular nuestro inconsciente y mantenernos alerta, prendados de su brillo, sujetos a su flujo?


Tal vez me hace bien la pantalla trizada de mi celular, que lo afea y vuelve más difícil de manejar, que desautomatiza los gestos con que creo controlarlo mientras me controla él a mí. Me recuerda que estoy ante un artefacto, un objeto material y no solamente un portal a través del que conectarme con las mil operaciones que en él ocurren. La pantalla de mi laptop está sucia, ha ido juntando polvo y sus bordes están manchados. Las pantallas envejecen, como uno, se desgastan y se vuelven obsoletas. Contemplémoslas como las cosas frágiles que son, mirémoslas al sesgo para que aparezcan y no sean transparentes. Son ventanas, son espejos, son umbrales, pero son también materia, cuerpos construidos. Pueden ser un cebo, una trampa, un pozo sin fondo, una luz adictiva y alienante, un fuego frío que nunca se apaga, una falsa promesa de infinito y de felicidad. Pero también, si sabemos mirarlas, aparecen en ellas nuestros sueños colectivos, nuestros miedos y fantasmas, nuestras ilusiones, nuestros gestos, nuestro mundo.

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