El cabrito
- Cristian Salgado Poehlmann

- 15 abr
- 6 Min. de lectura
Si uno revisa la bibliografía en la que el periodista Juan Luis Salinas se ha visto involucrado, de inmediato salta a la vista su predilección, al menos iniciáticamente, hacia temáticas que, primero, o no suelen ser cubiertas o no gusta que el género masculino las cubra –historia de la moda y de las mujeres en Chile– y, segundo, siguen siendo tabú hasta el día de hoy –investigación sobre el VIH en Chile–. Su escritura convivió con el margen. En los últimos años, y en este este mismo campo, el de los libros, la carrera de Salinas ha tendido hacia la estandarización o lo mainstream, como se dice, con su participación en la antología Ídolos de América, editado por Leila Guerriero, un salto habitual, si se quiere, pues también es coordinador periodístico de la revista Ya, de El Mercurio. A mayor exposición, también son mayores las posibilidades de caer en lo grande. Me parece justo. Además, el trabajo que realizó en 2019 con El peso de la sangre: viaje personal al sida resultó un valioso aporte que enriqueció la todavía escuálida colección bibliográfica nacional en torno al asunto. Se trata de un periodista en movimiento constante y esa es una virtud.
Con El cabrito –La Pollera Ediciones, 2025– Salinas se posiciona justo en el medio de estas dos grandes vertientes que marcan su carrera como “animalus librescus” (Coyote dixit). “Quiero escribir sobre ser un niño gay en un pueblo chico durante los 80”, le dice Salinas al editor que le propone escribir el libro sobre el que aquí escribo. De eso se trata El cabrito. Y se llama El cabrito por una broma macabra que al niño que Salinas fue le tocó sufrir en la educación básica: cuando cruzaba el patio de la escuela, los chicos malos lo capturaban y le inmovilizaban las piernas igual como se hace con un cabrito cuando se le va a matar, luego le metían tierra por alguna parte del pantalón, idealmente por el cierre, y se la esparcían, acción conocida como “salar el cabrito”. Esto se repetía en ocasiones innúmeras.
Tenemos entonces por el lado de la vertiente número uno, un texto que opera desde una perspectiva popular, la memoria, el relato autobiográfico, la crónica, accesible para todos, con una historia troncal contada de manera ágil y sencilla; y tenemos el lado de la vertiente número dos, la temática, la memoria redactada en clave de minorías, la perspectiva del sujeto abusado y desplazado desde el lugar en el que le tocó nacer y criarse, Punitaqui, Cuarta Región de Chile.
Si a esto le sumamos que además está presente el desplazamiento propio de una comunidad pobre durante los ochenta, Punitaqui, estamos en presencia de un texto en el cual se arraiga una doble marginalización, la del sujeto homosexual y la del lugar donde ese sujeto homosexual se desenvuelve.
El cabrito propone incluso otros desplazamientos, como el político, suerte de muñeca rusa, pero para saber más acerca de esto debes leer el libro.
Ahora bien, la lectura de El cabrito fue una experiencia dulce, pero también agraz. Respecto de esto último me parece que la responsabilidad va más allá del autor y tiene que ver con el trabajo de edición. No profundizaré sobre las erratas que el libro presenta, pues son fácilmente solucionables, las menciono sí por su cantidad. Me detendré en algunas de las inconsistencias estructurales del volumen.
El libro abre y cierra con una frase que consideraré su leitmotiv: “No te olvides de que pese a todo ahí fuiste feliz”. Narrado en dos distintas terceras personas singulares –el niño y el hombre: uno es Salinas en su infancia en los ochenta y el otro es Salinas al momento de escribir el libro–, quien la dice es el Salinas adulto, una voz que aparece brevemente cada tanto para cumplir distintas funciones dentro del relato, como por ejemplo justificar acciones del protagonista, aportar dinamismo narrativo, incorporar citas de distintos autores que complejizan y profundizan la trama, etcétera. Sin embargo, el aporte de esta voz no resulta más que un fuego artificial fatuo. Al hacer el ejercicio de retirarla, la crónica de Salinas tiene exactamente el mismo peso. En pocas palabras, tinta gastada de más. Lo mismo que el leitmotiv del volumen. ¿Para qué mencionarlo? ¿Para recalcar la carencia? ¿Vale la pena dentro de un libro que es, esencialmente, un compendio de la demostración de la rigidez, maldad e inconsciencia humanas? Asimismo, ¿ser un niño gay en los ochenta en dictadura en un pueblo chico de Chile es solo ser vilipendiado y abusado las veinticuatro horas? ¿Si pese a todo fuiste feliz, dónde está esta parte?
La verdad, verdad, me hubiese gustado leerla. No que fuese solo un slogan, como ocurre en el caso de El cabrito. Se pasaron algunos pueblos en la búsqueda de una emotividad complementaria. Tal vez la pretensión fue mucha. Faltó contención.
El cabrito cuenta la historia del propio Salinas mucho más allá del mero episodio de cuando lo “salaban”, además de los maltratos que recibió dentro y fuera de la escuela. También es mucho más que la genealogía familiar y el ir y venir de las amistades, así como su constancia.
Como literatura desde la región es notable. La pluma de Salinas es evocativa en un alto nivel. Tiene la capacidad de provocar el viaje y la estadía no solo en Punitaqui, sino también en localidades aledañas, como Pueblo Viejo, Cogotí 18, Ovalle, Las Ñipas, El Toro, etcétera. También es un excelente constructor de personajes. A ratos, Punitaqui y Juan Luis Salinas reviven en El cabrito como Verrières y Julian Sorel lo hacen en Rojo y negro, claro que en otra clave de escritura. Se sienten los martillazos del sol de esa parte del norte. Incluso se da el lujo de incrustar episodios con tensión telenovelesca:
“Es su tercer intento de iniciar un negocio. Inicialmente tuvo ahí unos gallineros, pero quebró. También puso un criadero de chanchos, pero los perdió cuando un largo y fuerte temporal hizo que el estero se convirtiera en un torrente que arrasó con todo.
“La abuela María contaba que corrieron a salvar a los animales y que ella se quedó en un corral abrazando a la más grande, una hembra que se llamaba Josefa y que había parido unas crías que ya había arrastrado la corriente. […] ‘Si hubiera podido, esta se lanza al agua para buscar a esos chanchos’, le dijo una vez en broma el abuelo. La reacción de la abuela fue una mirada cortante y el sonido de la saliva corriendo por su garganta como intentando no decir algo imposible de evitar. Una frase que resonó como si algo se estrellara contra el piso de la cocina:
“‘Debí salvar a esos chanchos como hicimos contigo’, le dijo mientras cebaba un mate.
“Después vino un estallido de voces donde se impuso ella y luego el seco portazo de huida del abuelo que salió para perderse y regresó dos días después totalmente borracho”.
El cabrito propone siempre, de forma paralela, dos historias. Y aquí es donde gana. Está la singular, que es la de Salinas desde dentro, su sentir y vivir como niño homosexual en un pequeño pueblo en los ochenta en Chile, sufriente y doliente hasta el paroxismo –“desde que llegó al pueblo, lo prepararon para alejarse”, dice el Salinas adulto–, y está la total, una construcción decimonónica de zona en el buen sentido, siempre teniendo consciencia, en tanto lectores, que estamos ante un texto de no ficción, y este es su principal mérito, su merecimiento de publicación, 226 páginas de literatura de las grandes minorías.
En la última carta que José Donoso le escribió a su padre, el autor de El jardín de al lado realiza una cirugía a corazón abierto acerca de esta relación:
“¿Cómo puedo no quererlo si tanto le debo? ¿Cómo no echarlo de menos día a día, noche a noche, cómo no desear que el siniestro mundo contemporáneo no nos haya permitido mayor contacto en esta fase de nuestras vidas? Mantengo mi opinión sobre ciertos puntos negativos de su personalidad. Pero, ¿no es cierto que usted mantiene sus opiniones sobre ciertos puntos negativos de la mía? […] Hay cosas, claro, que a usted yo no le he podido perdonar nunca, pero que no disminuyen mi amor por usted: su falta de carácter, su conformismo, su pereza, y específicamente con respecto a mí, su falta de ternura e interés (nunca olvidaré que para el matrimonio del Queno Cruz, fuimos yo con usted a Talca, y al presentarme no sé a qué señorón de provincia en la plaza, usted dijo: ‘Esto no es lo mejor que tengo, mis otros hijos no pudieron venir’). ¿Qué puedo decirle, papá, cómo puedo mentir, justificarme, engañarlo? ¿No demuestra una fe en usted mucho mayor que el engaño, el hecho de afrontar juntos estas cosas y reconocerlas, sabiendo que a pesar de ello el cariño, el reconocimiento y agradecimiento, la piedad misma, y espero que mutua, no mueran, sino al contrario, aumenten? En mi caso, sí; espero que en el suyo también”.
Me aventuro a decir que el “No te olvides de que pese a todo ahí fuiste feliz” tiene bastante de la carta de Donoso.
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El cabrito
Juan Luis Salinas
La Pollera Ediciones - 2025













































