La mutable ley del padre
- Antonia Viu
- hace 4 días
- 8 min de lectura
A la vez ensayo e historia familiar, La verdad también se mueve, de Andrea Kottow, asedia una pregunta central: ¿de qué está hecho el vínculo entre un padre y una hija? Así lo indica la autora de este texto, leído durante la presentación del libro.
Es un ensayo, movedizo, pero ensayo. Sin embargo, mientras leía La verdad también se mueve (Hueders, 2026), de Andrea Kottow, no pude evitar sentir que tenía ante mi una gran historia sobre una familia, hecha con poquísimos elementos como anticipa su contraportada, tremendamente reflexiva, profusamente nutrida de referencias interesantes y desvios, una gran historia que me interpeló de todas las formas posibles. De hecho, debo confesar que terminé de leerla con el pulso acelerado porque tuvo en mí un efecto decididamente estimulante: intensificó mi percepción respecto de casi todo lo que enuncia, porque es un libro deliciosamente cercano y al mismo tiempo capaz de exponer con toda nitidez temas muy difíciles de entender y hasta de pensar, borrando los límites entre la ficción, la crítica literaria y la filosofía.
En tanto ensayo, el texto asedia una pregunta central: ¿De qué está hecho el vínculo entre un padre y una hija? ¿A qué transformaciones está expuesto dicho vínculo a lo largo de la vida?, ¿Qué lugar ocupamos en la historia de nuestro padre? ¿Qué lugar ocupa él en nuestra propia historia?

Padre e hija, Pedro Lira - óleo sobre tela 1879
Estas y otras preguntas se van construyendo de a poco, a lo largo de tres secciones para ensayar distintas entradas a un problema que es muchos a la vez, en la medida en que el vínculo padre-hija se funda en un juego de posiciones dinámicas. Solo en el desplazamiento de las posiciones iniciales se pueden esquivar los puntos ciegos que son constitutivos de una relación mediada por un tiempo necesariamente diferido por la brecha de edad y regida por una serie de prohibiciones que se viven como una ley: la ley del padre.
A diferencia de otras leyes, o de cómo vivieron la ley del padre autores como Kafka (vastamente referido en este ensayo), se trata de una ley mutable y de un padre que contra todo pronóstico sí puede derrumbarse al intentar arreglar una cortina, como el Iván Ilich de Tolstoi, o al automedicarse con calmantes para no reconocer la llegada de una enfermedad autoinmune. De hecho la ley de este padre, el de Andrea, se ha movido bastante: desde el desván en una casa de Sttutgard en el autoexilio familiar en 1976 al ático de otra casa en Santiago al llegar a Chile en 1988. Nos dice Andrea: “Nunca me acostumbré a la sensación de que la ley ahora se encontraba arriba y que era necesario subir escalones en lugar de bajarlos”.
La primera sección del libro nos presenta un relato que de inmediato muestra las fisuras de una relación que se remece por el paso de los años, desatando un juego de contrapesos a ratos difícil de equilibrar. ¿Cómo se puede cuidar u orientar a un padre médico, totalmente autosuficiente en temas de salud? Más aún, un oftalmólogo, que por mandato profesional ayuda a otros a ver mejor. La enfermedad interrumpe las dinámicas familiares y hace que la protagonista deba buscar en aquello que ella misma no pudo o no supo ver la posibilidad de ocupar una nueva posición.
Esta búsqueda la lleva a reflexionar sobre las economías del registro y la manera en que este cifra o no la posibilidad de una memoria familiar. Cada familia tiene una relación distinta, por ejemplo, con las fotos que van documentando su existencia. En el caso del texto que nos ocupa, Andrea relata la primera etapa de su vida fuera de Chile, en la ciudad de Chicago: “Lo único tangible que tengo de esta época son dos fotografías… Mis padres, que siempre fueron más o menos malos para tomar fotografías y, peor, para guardarlas, ya ni hablar de ordenarlas o fecharlas, nunca nos han podido decir qué es lo que veíamos. ¿Qué es aquello que se adivina en nuestras caras, pero que está expulsado de la fotografía?”.
La ausencia de álbumes es proporcional a los cortes y secretos que supone la historia familiar, secretos que los padres mantienen durante mucho tiempo y que siempre se rebelan abruptamente y sin mayores explicaciones, como si en realidad la decisión de mantenerlos ocultos se fuese actualizando desde una razón que no está tan preocupada de mantener el secreto como de encontrar un argumento o un minuto preciso en el cual tenga sentido comunicarlo: sin mucho preambulo nos vamos enterando de las circunstancias de la muerte del abuelo y el bisabuelo de Andrea, la depresión endógena de su padre, el abandono que este sufrió de su madre cuando niño y la existencia de una mujer que la reemplaza en su papel, entre muchas otras verdades de familia.
Mientras leía estas historias, me sorprendí preguntándome por la relación entre daño y secreto. Suponía, creo, que cuando algo no se dice es por no provocar un daño, por no revivir un dolor, pero en realidad aquí parece que los secretos se tienen o no por consideraciones alejadas de la dicotomía entre víctimas y victimarios. Quizás, pienso, cada familia tiene su propia relación con los secretos así como la tienen con lo que consideran intimidad. El texto, de hecho, muestra lo particular que puede ser esa definición. Cuando la enfermedad de su padre obliga a Andrea a ayudarlo a orinar, por ejemplo, ella comenta sin mayor dramatismo: “No era la primera vez que veía el pene de mi padre. Como en muchas cosas, él y mi mamá no eran extremadamente pudorosos, pero tampoco exhibicionistas. En mi casa no se hacía aspavientos en torno a la desnudez del cuerpo. Aún, hasta el día de hoy, no es raro que mi madre, a sus ya 89 años, se pasee del baño a su dormitorio, tras haberse duchado, sin haberse puesto la ropa y habiendo dejado su toalla a secar. No es extraño tampoco que alguien entre a hacer pipí al baño, dejando la puerta entreabierta para, por ejemplo, seguir la conversación. A mis padres nunca les gustaron las puertas cerradas. Parecía haber algo sospechoso en echar llave, en encerrarse, y recuerdo que con mi hermano lo teníamos prohibido de manera más bien tácita. En general no se solían cerrar las puertas de las piezas; se juntaban. Se estaba disponible para los otros miembros de la familia. Lo estaban mis padres para nosotros y esperaban lo mismo de sus hijos. El tratamiento de la desnudez entraba en la misma tónica. No se trataba de pasearse exhibiendo el cuerpo desnudo, pero no había nada que esconder. Mis padres, en la playa, nunca hicieron esas escenas un poco ridículas que consistían en armar muros protectores de toallas para impedir que se pudiese atisbar un pedazo de piel de sus hijos al sacarse el traje baño”.
En gran parte del ensayo, pero particularmente en la segunda sección, se suspende intermitentemente la indagación en la historia de la familia y de la relación padre-hija para pensar las interrogantes que esta nos plantea desde las formulaciones que han hecho de estos temas la literatura, el cine, la filosofía o el psicoanálisis. Hay mucho oficio en esto de pensar con otros sin que el texto se vuelva un tratado ni pierda interés como relato. Se trata de una escritura que en nada se parece, por ejemplo, a un ensayo académico.
Cada teoría, relato o película se trata como si fuera un personaje más, que entra y sale de esta historia dejando un recuerdo y provocando una inquietud, como los primos con los que la protagonista iba a esquiar durante las vacaciones en Austria durante los años en Alemania o los amigos que llegaban a la casa paterna en la primera parte del texto. El escrito trenza y despliega los hilos de una reflexión apoyándose en la referencia a otras obras para que cualquiera que lea el libro pueda pensar esta relación como algo ajeno y propio a la vez, para que pueda entender las genealogías no solo como aquello que recibimos de un linaje familiar, sino también como aquello que encontramos en las historias y las ideas que nos han ayudado a entendernos, un linaje intelectual y afectivo que varía incesantemente, abriendo cauces y desbordándolos en direcciones insospechadas.
Aquí no se trata solo de padres e hijas, sino que también aparecen muchos hijos: Telémaco buscando a Ulises en la Odisea, Edipo dando muerte a Layo, Kafka escribiendo su Carta al padre o el cuento “La condena”. Como Virginia Woolf en los anaqueles del museo británico cuando advierte que son los hombres los que han escrito la historia de las mujeres, en su ensayo Un cuarto propio, Andrea se da cuenta de que una historia como esta no es fácil de hacer solo a partir del testimonio de las hijas. Aunque pudiera hacerlo, creo que en este punto la narradora al igual que Woolf elige mostrar las formas desdobladas en que, como lectoras, las mujeres nos hemos ido apropiando de nuestra historia a partir de la de los hombres y aprovecha de instalar una pregunta más radical: ¿Como se diferencia la subjetividad de un padre, que no se construyó modelándose a partir de una mirada femenina, de la subjetividad de una hija? ¿Cuánto puede este padre llegar a verla o a incorporarla a su hija en una pregunta acerca de sí mismo?
El libro revisa muchos otros referentes literarios, intelectuales y culturales, el Freud de Tótem y babú y de El malestar en la cultura, el psicoanalista Massimo Recalcati con su libro El secreto del hijo, la novela Yomurí, de Cynthia Rimsky, Patrimonio de Philip Roth, la novela noruega La muerte del padre de Karl Ove Knausgård, La novela luminosa del uruguayo Mario Levrero. Estos distintos textos le permiten interrogar la propia relación con los padres a partir de la vivencias de otros, preguntándose ¿qué se cifra en el nombre propio?, ¿qué tipo de protección perdemos al perder a un padre?, ¿qué parte de la mierda que dejan en sus vidas se queda en la de sus hijos? Si bien las preguntas no siempre son las más fáciles de formular, los análisis de Andrea de cada una de estos referentes son tan sugerentes que van produciendo la agradable sensación para el lector de poder volver a textos queridos y de interesarse por otros nuevos desde matices muy sutiles.
En la tercera sección, las aguas se aquietan y volvemos al nudo del relato, sin la compañía de otras historias ni otros referentes. Confrontamos una familia que intenta lidiar con su propia transformación, la tristeza que esto supone, y con el legado que representan los padres para los hijos que los sobrevivirán. El regreso al comienzo del relato no es necesariamente la vuelta a un origen truncado que se busca reparar, de manera mágica, encontrando en alguna caja las fotos de la abuela fugitiva en Tel Aviv que nadie quiso guardar, o rompiendo con la genealogía de suicidios a los que los hombres Kottow supuestamente estarían condenados, o descubriendo por fin qué es eso que Andrea y su hermano miran en una de las dos fotos que han quedado del periplo norteamericano; tampoco será posible esa reparación visitando cementerios para ligar la propia historia a la de la mujer muerta en un campo de concentración que nadie sabe a ciencia cierta cómo se conecta con la historia familiar de los Kottow.
La memoria, parece decirnos el texto, no puede ser comprendida solo como aquello reprimido que vuelve en virtud de una terapia prolongada, lo que resiste como documento en un archivo que alguien rescata o que se puede exhumar en una tumba lejana. Se trataría, más bien, de un dispositivo siempre disponible a pesar de sus fisuras, los olvidos irrecuperables y las fracturas irrevocables. Es lo que traemos y llevamos de vinculos que se formaron en emociones intensas e inexplicables no solo a pesar de todos los silencios y las ausencias, sino también gracias a ellos. Como señala Andrea al referirse al papel de los nervios en nuestras formas de relacionarnos: “Los nervios cuestionan la separación clara que Descartes proponía entre cuerpo y mente, pues son medios de comunicación que se encuentran en movimiento y contacto con otros elementos. Enervarse es sentir la tensión de un vínculo”.
En este reconocimiento de la función de los nervios leo un intensísimo homenaje a un padre que, al no tomar fotografías ni guardar álbumes, decide por sí mismo qué perpetuar. Alguien que puede llevar en los nervios no solo el peso de una enfermedad autoinmune, que ataca precisamente la mielina que los recubre, sino lo que lleva adherido a ellos de mil otras maneras. Cito a Andrea: “Creo que mi padre piensa que es bueno que se olvide o, al menos, que no se retenga con demasiado esfuerzo, con mucha voluntad; lo valioso se apega, sin quererlo, de otras maneras a las personas”. Seguramente todos podríamos atestiguar de variadas formas la movediza verdad de esta confidencia.
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La verdad también se mueve
Andrea Kottow
Hueders, 2026



















