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Los oídos no tienen párpados



Puse en google Bach y me arroja bachata. Me tomo un shop y se me instala el evangélico más integrista con un altavoz al lado. Algo pasa. Estoy a algunas cuadras del Hipódromo y el Estado Santa Laura. En el Hipódromo tocan varias bandas que hace veinte o treinta años me habrían hecho pasar la noche fuera del recinto para ocupar un buen lugar. La gente viaja de países vecinos para asistir. En esta ocasión me resulta todo ruidoso. Por el hecho de vivir cerca, tuve que escuchar por obligación. Hace veinte años habría trabajado de copero para comprar la entrada, pero en este caso tuve que ponerme tapones de espuma y unos audífonos encima, tratando de sellar. Solo entraría a la íntima oscuridad de mi cuerpo y muy despacio la música que yo eligiera. Procedí. Pensé en poner sonidos de lluvia, último recurso. Luego pensé que era una blasfemia ocupar algo como el concierto A la memoria de un Angel de Alban Berg pero esa fue mi opción. Pedí perdón a la imagen en la pantalla de Berg. Luego de haber escuchado por tercera vez el concierto y de haber visto las entrevistas a Boulez sobre el tema, me saqué los audífonos torturantes y luego los tapones: el concierto en el Hipódromo continuaba. Un verdadero trabajo estar de pie toda la tarde viendo a las bandas. Pensé en las cosas que hace uno cuando adolescente, en mi generación al menos, de suerte que varios estamos vivos. El recital continuaba pero esta vez me hicieron cierta gracia unos bronces con guiños humorísticos, una mezcla entre Bobby Lappointe y Bregovic. Era risa, humor: las dos características más ausentes y más castigadas en el arte y la literatura chilena.


La música, el arte y la poesía pueden ser una invasión. No me gustan las invasiones. Huyo corriendo del neobarroco, del carpetazo académico, de la ocupación de espacio, la toma a mano armada del auditorio, la performance alharaca, el poema avasallador, la policía en que se convirtió lo que debía ser una herramienta emancipatoria que nos liberaría del patriarcado. La sed desmedida de poder y el afán enfermo de figuración. El ruido. Prefiero la palabra que se conquista a sí misma, hacia adentro, el puma que hace cripsis en las rocas, la lechuza blanca que hace cripsis en la nieve. La piolez.


Paréntesis sobre la cripsis. Mimetismo y cripsis. La diferencia entre estos dos conceptos está en que en el mimetismo un ser vivo se asemeja a otros de su entorno y en la cripsis el ser vivo se asemeja al propio entorno donde vive. Ambas son estrategias de supervivencia. Encriptar. El puma no tiene ningún tipo de poema en su piel. Su piel es gris, llana y silenciosa como las rocas en las que se confunde en el silencio de la montaña. No hay ningún poema ahí. Hay silencio. El puma, a diferencia del tigre, no tiene la caligrafía de dios en su pelaje. Tampoco manchas de leopardo que también podrían ser la puntuación o algún tipo de timbraje divino. No hay ningún poema en la piel de los pumas que hacen cripsis para sobrevivir. Para evitar la masacre.

Si uno vive cerca de un Estadio necesariamente escucha, le guste o no, desde el descerebrado de Tom Araya hasta alguna cosa de protesta deprimente o ridícul o un predicador estilo Rex Humbard a un festival de cumbia o trap. Cualquiera que no viva en un barrio residencial sabe cómo hay que tragarse inevitablemente la salsa de los hermanos centroamericanos. Y no se trata de Colón con Lavoe o Fania All Stars, que sería genial. Lo que escuchan es otra cosa. Mi consumo de tapones de espuma se triplica, son desechables, su mal uso crea un tapón interno en el oído que produce un dolor de cabeza insoportable. Averigüé en la desesperación que habían algunas especialistas que van a domicilio con una jeringa descomunal estilo medioevo y una bandeja en forma de riñón a sacarle el tapón de cera que alguna gente produce. ¿Por qué hay gente que produce más cera en los oídos que otra? ¿Acaso porque la sabia madre natura no quiere que escuchen barbaridades por el solo hecho de caminar un poco o toparse en una shopería con un televisor encendido? Recuerdo un poema de Hernán Miranda

El vecino ciego se esmera en dejar relucientes

los vidrios de la ventana como yo nunca lo he hecho.

Pasa el paño escrupulosamente una y otra vez

y luego palpa con la mano. Y al parecer por el tacto

(o quizás por el oído) descubre dónde queda suciedad

y vuelve a pasar el paño limpiador.

La ventana al fin resplandeciente

dejará pasar ahora toda la luz hasta el reino de las tinieblas.

Hay cierta sabiduría de la natura y cierta belleza en el Alzheimer, en no recordar. En esas ancianas que se pierden en sus rosales. Conocí una, divina, sin alzheimer, que disfrutaba las galletas de cannabis que su hijo le conseguía para los dolores y se quedaba en diálogo con sus plantas. Era de apellido intimidante y le gustaba ir a güeviar a sus parientes pidiéndole a su hijo, un militante comunista, una polera o algún distintivo del PC. Me ofrecía cerveza o tintito o blanquito apenas llegaba a esa casa. Hay algo bello en el alzheimer o en perder algún sentido, en no querer cargar la pesada carga de recuerdos. O en una anciana volada en diálogo con sus plantas. Borges decía que su ceguera había operado como una antología que sólo le permitía releer lo que de verdad le interesaba, y que lo demás era macana, esa fue la palabra que usó en un encuentro en México. Mi hermana me preguntó preocupada un día, “¿por qué no llevas las gafas puestas?” Le dije que no quería ver tanto, y sonrió. Pero no por misantropía. No es en absoluto esa amargura que se nota en directores de cine o teatro, actores o lo que sea que desde los cuarenta y tantos años dicen en sus entrevistas que ya no quieren escribir ni filmar ni trabajar en equipo, que están decepcionados de esto y lo otro, que no les gustan los graffitis en no sé dónde y poco menos que quieren pasear en victoria por Viña en donde se perdió el café Samoyedo y no sé qué más. Aparecen sus entrevistas en la prensa cada tanto. El famoso viejoculiadismo. No, lo mío nada tiene que ver con esa actitud melindrosa, donosiana. Supieran lo que es trabajar duro en un restaurante, en un jardín no domesticado, lo que trabaja una compañía de cineastas de guerrilla en una pobla, las profes que hacen clases en colegios con niño en riesgo social. Sacar a un solo niño del riesgo social y dejarlo adicto a la biblioteca vale más que una performance hecha, muchas veces, con aviones y sumas millonarias del Estado. De hecho, es de esa actitud apática de no querer vivir o viejoculiadismo pero en otro contexto donde nace la misoginia. Hagamos un paréntesis sobre la misoginia.

El cuento es corto: Había una vez una pareja. Ambos tenían belleza e impulso y se casaron. Habría servido tener buenos hábitos de consumo cultural para ambos pero no era el caso. Ella quería un estilo de vida que vio en la televisión o en alguna parte y que él no puede darle. El se frustra. Se pone a beber con sus amigos que comparten la misma experiencia y, lamentablemente --habría servido tener ayuda en salud mental pero ni pensaron en el tema- dejan de hacerse cariño, abandonan –pésima idea- las artes de la carne. Ninguno de los dos tiene apetito. El comete el error, un acto bastante poco varonil para mi gusto, de comentar el tema entre varones. Juegan pool en una catacumba oscura. Se secan, les sale joroba. Se convierten en reptiles que no creen en los cambios políticos –han sido decepcionados demasiadas veces- ni en el amor ni en absolutamente nada.

La búsqueda de silencio no tiene que ver con ningún tipo de misantropía porque todos disfrutamos los sonidos de los niños en una plaza, el canto del chercán, el Charlie Parker de los pájaros, las instrucciones a grito pelado en un sparring, las conversaciones en el Metro que escuchamos sin ser descubiertos. Es simplemente un amor al silencio y al sonido natural de la ciudad que John Cage amaba más que una sinfonía. Un amor al silencio generador del poema, al silencio propicio al beso de los amantes en la plaza o a la salida del Metro, escena que se ve cada vez menos.

Vayamos a la poética. El poema es una partitura para no ser interpretada ya que la música sublime es mental. Cualquier lectura de un poema es una traición a esa partitura. Las melodías que se escuchan son hermosas, pero las que no se escuchan lo son más aún. Hasta uno de los poemas más perfectos de la poesía chilena, “Preguntas a la hora del té” de Nicanor Parra, pierde gracia cuando lo escuchamos leído por él. No sé qué voz imaginamos cuando leemos un poema, pero ninguna voz real pareciera alcanzar lo que imaginamos. No existe, sólo podemos acercarnos a ella. No existe la representación, sólo el intento de acercarse a contar lo que vimos. Claro, es grato escuchar a veces a alguna gente leer, saber cómo era la voz de las poetas de las que nos enamoramos. Se imposta un poco para que la lectura no sea una lata o, peor aún, una invasión. Recuerdo en dictadura cuando habían recitales de poesía mixtos (en Chile ya casi no existen) y en donde todo era amistad. Hoy sólo asisto a casas de amigos cuando alguien quiere compartir sus versos. El poema es sólo una partitura y debe haber un nivel mínimo de intimidad para sacarlo de ahí, tiene que ver con la voz baja y cifrada de los delincuentes y de los amantes, con la meditación y el rezo, con la creencia de que una palabra errónea puede hacer que la montaña se enoje y envíe un desprendimiento.

La gente que lee partitura clásica o clave americana con una sola ojeada puede vacilar sin sonido, leyendo sólo la partitura. He espiado a algunos. Algunos hacen un conteo con las yemas de los dedos. A uno lo descubrí una vez en el Metro haciendo el golpeteo con el pie hasta que, como que no quiere la cosa y con el Metro lleno, me di cuenta que venía leyendo una partitura de uno de mis saxos tenores vivos favoritos. Me llenó de alegría por dentro, como cuando el poeta Francisco Ide me dijo que había visto a un oficinista leyendo un libro de poemas míos en un lugar del centro.



II

Cripsis y aposematismo

El rumor y el susurro son cripsis y algunas visualidades son aposematismo. Por eso muchas veces en las cinematografías es siempre un problema mezclar texto e imagen, poema e imagen. El rumor y el susurro son cripsis, intentan confundirse con el viento. Son áfonos. Son poéticas que aspiran al silencio.

El aposematismo es de colores vivos, como un pavo real. Barroco. La cripsis consiste en fundirse en el contexto para ojalá pasar desapercibido y salvar la vida. Está relacionada con el poema en voz baja, con la palabra leve que se confunde con una nota hecha a mano alzada, con una palabra que aspira a la levedad, a la nota o boceto. Usa verbos modales y potenciales y ante la afirmación antepone un quizás o un tal vez. Carece de la asertividad valorada en territorios que adoran y extrañan el cepo y el látigo, en países donde se rinde culto a la autoridad y el poder. Lo asertivo es palabra dictadurizada, pero es muy poco lo que podemos afirmar con certeza: somos estúpidos y moriremos. Ni siquiera nuestra pertenencia a un lugar. En nuestro sueño, nos convertimos en drones que recorren la ciudad.

Clasificar y fijar identidades es depredación La cripsis es poesía que nace de ciertos estados de alerta ante las amenazas de los depredadores o de quienes intentan exterminar algunas especies. De quienes quiere eliminarnos. Ante eso se guarda silencio estricto y nos fundimos en la natura que se hace una con nosotros. A veces confundimos a la muerte con un gran recreo a la esclavitud de los sentidos o con los íntimos y plácidos estados de quietud. El aposematismo, proceso contrario a la cripsis, también es un mecanismo de defensa, pero su estrategia es distinta: hace gala de todos los colores vivos que señalan contenido venenoso. Los colores vivos suelen ser veneno en algunas especies.Cuando una especie hace aposematismo está diciendo: “soy tóxica, si me comes, te mueres”.

Algunas ranas y mariposas se defienden de esa manera, como quien se comunica con una prenda de vestir. Alguna gente señala con su atuendo ciertas prácticas sexuales extremas para buscar aliados. El rojo-peligro o rojo-puto es su signo. Pero hay un tercer tipo de especie que sin poseer la toxicidad de ciertas especies como ranas y mariposas, imitan a estas para hacer creer a los depredadores que son tóxicas. Pero no lo son. Y logran confundir a los depredadores. Este proceso se llama mímesis. Es como cuando Juan va a un barrio extremadamente peligroso y se pone una polera que dice bjj o mma. Aunque Juan no posea ningún conocimientos de bjj o mma, atraviesa ese lugar sin problemas, fingiendo no prestar atención a la polera, que advierte: “sé bjj o mma, así que no te acerques.” Aunque Juan no sepa absolutamente nada de esas disciplinas, camina de una manera relajada, firme y segura.

Esto último se llama actuación. La cripsis es áfona. Es el lenguaje que se ocupa en las situaciones de muerte y amor. El aposematismo es estridente. La cripsis es cromática a niveles imperceptibles y por lo general usa los colores del desierto o la nieve. El aposematismo usa colores vivos y se da mucho en ranas y mariposas tropicales. Algunos caminantes observadores y cineastas utilizan la cripsis. Es su manera de poder filmar lo que es casi imposible de filmar. No ser advertidos ni visibilizados. Afirma Nelly Sachs, citada por Patricio Pron: “Usted comprenderá mi deseo tantas veces repetido de desaparecer detrás de mi trabajo, de permanecer en el anonimato. Quiero ser eliminada por completo: solo una voz, un suspiro para aquellos que deseen escuchar atentamente”. O John Cage: “Ser un animal blanco, en el invierno, cuando cae la nieve, entonces subirse a un árbol, sabiendo que tus pasos son cubiertos por la nieve nueva, ¡de manera que nadie sabe dónde estás! Ese es uno de los ideales. Otro ideal es encontrar el vacío” El narrador argentino Oliverio Cohelo tenía un cuento con la vieja fantasía de retiro y renuncia del escritor. Un escritor lo deja todo y se dedica a reparar tocadiscos. Pero un día llega a su taller el más concienzudo estudioso de su obra porque quería simplemente reparar su tocadiscos. Ambos saben quién es quién. Pero el estudioso, que había dedicado su vida y conocía cada detalle del escritor, respetó la renuncia del este. Ambos se despiden sin decir nada, aunque el académico había dedicado su vida al hoy en día reparador de tocadiscos. Algunos voyeurs, cineastas y dramaturgos utilizan algo similar al aposematismo, al hacerse ver y no esconderse: dejan en claro que están filmando, que lo que hacen es solo una tentativa de representar ciertos eventos elusivos. Solo se puede intentar representarlos con la esperanza de que tengan un leve aroma a lo que fueron. Sucede con las imágenes demasiado milagrosas que nos presenta la realidad. Porque la realidad es milagrosa, de eso no cabe duda. El problema es cómo hacer pasar de polizonte el susurro y lo áfono —o sea, el poema— hacia el mundo de la representación y las visualidades. O cómo traficar esa cripsis hacia la relación con un otro. Sólo te ama quien logra verte aunque los demás no adviertan tu presencia. Cuando en una pareja alguien deja de ver al otro, se acaba la relación. Sólo puede acceder a tu alma quien logra advertir tu presencia, como esas sensibilidades especializadas capaces de distinguir una liebre blanca en la nieve o un puma en la montaña.


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