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Ni la FIFA ni el emir y sus esclavos


El tiempo pasa y otra forma de medirlo es ese período de cuatro años que media entre Mundial y Mundial. Entre el de Rusia 2018 y este de 2022, más que años, nos pasó una ola por encima. El país que lo albergó como una fiesta está metido en una guerra de la que no parece saber cómo salir. Vimos pasar y las continuaremos viendo, nubes de humo transoceánicas, rescoldos de fuegos sin control que suceden a miles de kilómetros. En la región reventó el consenso. Y sobre todo fuimos presa fácil para un virus que aparte de matar reveló nuestras miserias, recordándonos que a pesar de la tecnología no somos mucho más que un mono con bolígrafo aún perplejo y aterrado ante la soledad y el misterio de vivir.


Llegó la hora y de nuevo estamos en tiempo de Mundial. Esta vez como una fiesta macabra que arrastra seis mil trabajadores muertos en la construcción de estadios e instalaciones, oscuras historias de corrupción y soborno en la elección de sede y acciones ridículas como mostrar por televisión grupos de hinchas ficticios cantando por las calles de Doha. Tal vez piensa el monarca que puede contar al mundo lo que quiere y hacer y deshacer a su antojo de la misma forma que maneja las cosas en su país. Así es la ceguera y la falta de límites de quienes están acostumbrados al poder absoluto y la impunidad. La FIFA, esa organización siempre turbia que hoy se dice qatarí hasta el tuétano, es cómplice confesa.


Todo esto servirá a los detractores del deporte para reafirmar sus ideas y despotricar en las redes. Con el desprecio legendario que asiste a su superioridad moral, de nuevo nos llamarán monos y nos enviarán a ver el Mundial mientras ellos se dedican a tareas de homínido elevado.


Pero el fútbol no es la FIFA ni el emir y sus esclavos. No es la miseria de Maradona y sí la grandeza de levantarle el alma a un país entero con la magia de un único gol. Son las fotos de Pasolini concentrado en el juego, esas donde se le ve más relajado y entrañable, su pasión por el deporte y el Bolonia o aquella frase suya que dice que el goleador de la temporada es siempre el mejor poeta del año. Es la ilusión de los niños en las canchas de barrio soñando que algún día jugarán en los estadios que ven en la televisión. La emoción de las niñas que hoy pueden proyectarse en las futbolistas de élite. El humor de las historietas y los cuentos de Fontanarrosa y su condición de canalla ilustre devoto de Rosario Central. Las ligas de jogo de botão en las plazas de Brasil y los partidos y las altinhas en sus playas, el único lugar donde la favela y el resto del mundo convergen.


Para mí el fútbol es memoria, familia, raíz y un máster en lealtad. Con tres generaciones por ambas partes de seguidores de un equipo bregado en el absurdo y las derrotas épicas, de este deporte rescato haber aprendido algo de las exigencias que impone la lealtad y de cómo el sufrimiento, sí, también el deportivo, fortalece el carácter y templa el espíritu. Es recordar a mi madre las tardes de domingo preparando bocadillos para el entretiempo en el estadio. Escuchar a mi padre contar por enésima vez que cuando viajó de Canarias a Madrid para estudiar ingeniería, lo primero que hizo al poner pie en la península fue ir a hacerse socio del Atlético. Ver a mi abuelo siempre tan medido, celebrar desatado y feliz alguna de las escasas victorias de aquellos tiempos. Es el vértigo efímero del ‘casi fue’ compartido con miles de personas fundiéndose en un solo eco que recorre y rebota en las tribunas. Creer y volver a creer por más que no tenga sentido.


Hace muchos años que vivo fuera de España. Mi hijo nació en este continente. Aparte del nombre, he procurado no imponerle nada. Ni ideología, ni dios ni religión. Pero admito que he hecho a conciencia un trabajo de hormiga para que se prendiera a ese hilo familiar, para que de algún modo siguiera y compartiera ese lazo de emoción y pertenencia con los abuelos que no conoció, una forma de unirlo a lo que yo viví y quedó tan lejos. He comprado bufandas y camisetas de todas las edades. Cada vez que fuimos de vacaciones lo llevé al estadio cuando coincidíamos con algún partido. Un año tras otro hemos pasado horas en el museo del viejo Calderón viendo trofeos, equipaciones de otros tiempos y documentales. Admito sin pudor que le he rayado el espíritu con franjas rojiblancas.


Guardo como un recuerdo precioso el carnet de socia de mi madre de la temporada 1976. Será para él y como para mí será valioso. Significará más que un balón, que un gol, que una victoria o que la sombra y decepción de una derrota. Saber de qué equipo soy es una de las pocas certezas que tengo. Los detractores pueden decir misa porque el fútbol no es la FIFA ni el emir y sus esclavos.



Silvia Veloso








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