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Andenes

Se despiden en la división del andén, ese punto exacto donde la infraestructura urbana clasifica las vidas según su destino: uno hacia Maipú, el otro hacia el oriente. Son un matrimonio en el umbral de la adultez, ese periodo ambiguo donde la biología aún le permite a ella conservar ciertos rasgos de atractivo residual, mientras que él ya ha capitulado ante la vida. Observo esa asimetría estética con la curiosidad de un entomólogo; hay algo profundamente revelador en la obsolescencia de los cuerpos.


Él desciende la escalera y se instala en el andén opuesto. La mira con una insistencia patética. Ella, en cambio, permanece totalmente ligada a la pantalla de su teléfono. El "chao mi amor" que pronunció segundos antes no fue un gesto de afecto, sino un trámite administrativo, una formalidad para cerrar una sesión.


Él espera. Se posiciona frente a ella buscando una sonrisa, un gesto automático, quizá el anacronismo de un beso al aire. Nada. Ella viste el uniforme de la eficiencia burocrática; él, el descuido de quien ya no espera ser deseado. Quizás ella no lo ignora deliberadamente, quizás solo gestiona una urgencia digital, pero el efecto es el mismo: la anulación del otro a través de la indiferencia tecnológica.


Llega el tren de él. Encuentra un asiento junto a la ventana, una posición estratégica para el último contacto visual. Pero el cristal es una barrera absoluta. El desprecio no produce un estallido monumental, sino un deterioro silencioso. Es la gota de agua que erosiona los cimientos de una casa vacía durante un invierno interminable.


El hombre nunca está preparado para el rechazo. Cuando la estructura de la casa colapsa, se desintegra. Si es él quien abandona, cosa extraña, lo hace con la torpeza técnica de un niño que estropea un juguete. Pero el abandono femenino es distinto: es el único proyecto serio. Posee una frialdad administrativa, una planificación quirúrgica similar a la de un Estado que anexiona un territorio vecino basándose en un supuesto derecho natural.


¡Cuántos hombres aceptan este destino de insignificancia sin ninguna queja! No son víctimas —la palabra implica una dignidad que no poseen—, son simplemente árboles arrasados por un alud. Por eso el narcisismo masculino, siempre tan ruidoso y elemental, no es más que una reacción desesperada ante la sospecha de su propia irrelevancia. Al final, el resentimiento nace de la ruptura de una promesa que nunca fue escrita: la creencia de que ella era, por algún tipo de contrato sentimental, 'su' mujer.


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