Imperios y bárbaros
- Josephine Quinn

- hace 16 horas
- 12 Min. de lectura
La Caída de Roma es la catástrofe histórica de la civilización occidental. Inauguró una era en la que, como lo expresó Petrarca en el siglo XIV, incluso los ojos de los hombres talentosos “estaban rodeados de sombras y una densa niebla”. Esta nueva Edad Oscura invirtió la metáfora medieval usual según la cual la luz del cristianismo había desterrado las sombras de la era pagana y sentado las bases para el propio proyecto de Petrarca: un renacimiento de la cultura clásica. Él culpó a los bárbaros, no solamente a las peludas y enfundadas en calzas tribus del norte —godos, vándalos y francos que atacaron repetidamente la frontera romana—, sino también a emperadores romanos anteriores, como Trajano y Septimio Severo, originarios de España y África. Sin embargo, para el siglo XVIII, Edward Gibbon y otros llegaron a la conclusión de que el problema residía en los propios romanos y su pérdida de fe en los valores cívicos ilustrados, que alguna vez hicieron grande a Roma.

Una respuesta diferente sería que el Imperio Romano no cayó en el siglo V, ni siquiera decayó, sino que simplemente se deshizo de sus provincias occidentales en declive. Esta reestructuración permitió a los emperadores romanos reenfocar su atención y recursos en los más lucrativos territorios orientales que gobernaban desde la nueva y mejorada capital de Constantinopla, fundada sobre la antigua ciudad de Bizancio. Allí sobrevivieron, y en gran medida prosperaron, hasta que sucumbieron al sultán otomano en 1453 (un punto que Gibbon reconoció, extendiendo su obra Decadencia y caída del Imperio Romano a seis extensos volúmenes).
Occidente, sin embargo, sigue siendo importante para algunos, y los historiadores han seguido discutiendo sobre las causas de la caída: ¿sobreextensión, lucha de clases, desastre natural o quizá la emancipación de la mujer? En 1984, el erudito alemán Alexander Demandt catalogó cuidadosamente las 210 explicaciones propuestas hasta la fecha. Ha habido muchas más desde entonces: el cambio climático y las enfermedades ocupan un lugar destacado en la agenda académica del siglo XXI; la mejor discusión de ellas se encuentra en El fatal destino de Roma (2017; Crítica, 2021), de Kyle Harper. Los bárbaros, por su parte, han regresado con fuerza, desde que Peter Heather defendió con vehemencia su parte de responsabilidad en La caída del Imperio romano (2005; Crítica, 2021).

Douglas Boin propone otra solución de interés actual, que no culpa ni a los bárbaros ni a los romanos, sino a la relación entre ellos. Una de las cuestiones más importantes a las que se enfrentaba Roma en esta época era si los extranjeros tendrían una oportunidad justa de convertirse en romanos, y las autoridades la desestimaron, negándose a conceder la ciudadanía a inmigrantes y refugiados, quienes finalmente se defendieron. Nuestro guía en este panorama es precisamente un “inmigrante con mucho talento” al que “un imperio injusto niega la ciudadanía”, un godo llamado Alarico que lideró el saqueo de Roma en el 410 d. C., el primero desde que los galos atacaron la ciudad ochocientos años antes.
Es una buena idea, y Boin encuentra espacio entre sus soldados y saqueos para mujeres imperiales, clérigos provinciales y arquitectos persas en una Antigüedad tardía “multicultural, multirracial y multiétnica” (aunque la ausencia de mapas perjudica enormemente a los lectores). Los godos aparecen por primera vez en los informes romanos a principios del siglo II d. C., cuando eran poco más que un nombre, bárbaros distantes asentados en torno al Mar Negro. Salieron a la luz en el siglo III, a medida que se acumulaban informes sobre ataques godos a intereses romanos en los Balcanes y Anatolia, parte de un patrón más amplio de escaramuzas en la frontera norte del imperio. Los problemas de Roma en este período ya incluían una economía en crisis, un imperio persa en expansión, la peste y una guerra civil institucionalizada que los vio derrocar a más de veinticinco emperadores en cincuenta años.
En la década de 280, Diocleciano, el último de estos caudillos, dividió el Estado romano en administraciones oriental y occidental, con coemperadores separados, y estableció nuevas capitales occidentales más cerca de la frontera, en Tréveris y Milán. Esto marcó el comienzo de una era de relativa paz, caracterizada por un suave declive en Roma y nuevas oportunidades para los bárbaros. En el siglo IV, los inmigrantes godos acudieron en masa a las ciudades imperiales, y más de treinta mil se establecieron solamente en Roma. Decenas de miles más se unieron al ejército romano, que ofrecía un buen salario y la oportunidad de aprender un oficio, además de tierras, aperos agrícolas y exenciones fiscales al terminar sus funciones. Otros entraron al servicio romano involuntariamente: se encontraron godos esclavizados en gran número por todo el imperio.
Los godos que permanecieron al noreste de la frontera, a lo largo del Rin y el Danubio, se enfrentaron a una nueva amenaza. Los pastores nómadas de Asia Central, conocidos por los romanos como hunos, se desplazaban hacia el oeste y, para la década del 370, habían comenzado a invadir las tierras godas al norte y al oeste del Mar Negro. Atrapados entre los hunos invasores y la frontera romana, muchos godos buscaron refugio en el sur.
Es fácil encontrar paralelismos modernos con la difícil situación de los godos, y Boin lo hace con entusiasmo. Las embarcaciones romanas patrullaban el ancho y peligroso Danubio, rechazando las embarcaciones de refugiados; cuando se permitía cruzar a los solicitantes de asilo, a menudo sufrían brutales maltratos. En un famoso incidente del año 376, un grupo numeroso de godos descendió al Danubio —cientos de miles según una fuente— y suplicaron al emperador Valente por algunas tierras al interior de su imperio. A cambio, prometieron someterse y proporcionar soldados al ejército. Cuando Valente finalmente accedió, se les permitió cruzar en cualquier bote, balsa o tronco hueco que pudieran conseguir, y muchos se ahogaron en el camino. Los sobrevivientes fueron admitidos en una serie de campos de detención en el lado romano, donde, según se dice, funcionarios corruptos los obligaron a vender a sus hijos como esclavos a cambio de carne de perro para evitar morir de hambre.
Los refugiados godos finalmente se unieron para rebelarse contra sus hostiles anfitriones. En el año 378 derrotaron a las tropas imperiales que vinieron a sofocarlos, matando al propio Valente junto con dos tercios del ejército romano oriental. Fue una victoria de la magnitud de la de Aníbal en la batalla de Cannas seiscientos años antes, y los romanos aprendieron la lección. Cuando otra federación goda solicitó permiso para entrar en el imperio una década después, se les ordenó cruzar de noche, permitiendo que las embarcaciones romanas los rodearan y los hundieran, vendiendo a los sobrevivientes como esclavos. Los prejuicios contra los extranjeros también aumentaron dentro del imperio, especialmente por parte de los cristianos. El poeta Prudencio explicó que “lo romano y lo bárbaro son tan diferentes entre sí como lo es la criatura de cuatro patas de la de dos patas o el mudo del que habla”. Se impuso la asimilación: en el año 399, el emperador occidental prohibió las calzas y las botas en las calles de Roma.
Este es el mundo en el que creció Alarico. La evidencia de su vida es fragmentaria y poco fiable, y Boin responde con creatividad. Su Alarico nació alrededor del año 370 en el delta del Danubio, en lo que hoy es Rumanía. Boin describe una infancia idílica en una tierra de pueblos agrícolas y pesqueros, donde las casas se excavaban en la tierra para protegerse de las inclemencias del tiempo y el aula de un niño era el aire libre. De hecho, no sabemos dónde creció Alarico ni siquiera de qué lado de la frontera: es posible que cruzara el Danubio siendo un infante en la gran huida del año 376.
Alarico aparece en fuentes romanas coetáneas por primera vez a principios de la década de 390, cuando se dice que causó problemas en Tracia e impidió que el emperador oriental, Teodosio, cruzara el río Maritsa. Boin sugiere que se dedicaba a robos oportunistas en caminos. Parece más probable que estuviera involucrado en otra importante revuelta goda en los Balcanes, y que el problema que causó —el reporte no entra en más detalles— no fuera asaltar la carroza del emperador, sino confinar a su ejército al Bósforo. Para el año 394, Alarico servía en ese ejército romano, luchando por Teodosio al pie de los Alpes contra el usurpador occidental Eugenio, bajo el mando de un comandante godo llamado Gainas. Para entonces, los bárbaros habían ocupado altos cargos en el ejército y la administración imperial durante una generación, pero en su mayoría los soldados godos eran prescindibles. Teodosio, un cristiano devoto que prohibió los ritos paganos y los sacrificios de animales en su imperio, sacrificó con gusto a miles de soldados godos por su victoria, antes de empalar la cabeza de su rival en un palo y recorrer con ella las ciudades italianas.
Alarico sobrevivió, pero se separó del ejército romano, al parecer tras el rechazo de su solicitud de ascenso, y partió hacia Constantinopla con un grupo de partidarios. Es razonable suponer que no estaban contentos con el trato que habían recibido de los romanos, y Boin sugiere que Alarico tuvo visiones de asaltar el palacio imperial. Sin embargo, al final, esperó pacientemente fuera de las murallas a un contacto en la corte para negociar un acuerdo financiero. El plan se vino abajo cuando su aliado fue asesinado por su antiguo general Gainas, ahora un alto cargo en la administración imperial. Boin se muestra desconcertado ante la posibilidad de que Gainas mate a “un romano de mente abierta, dispuesto a apoyar la causa goda”; no le gusta considerar la posibilidad de que para Gainas, y también para Alarico, intentando aprovechar al máximo las oportunidades que se les ofrecen en un mundo hostil, su principal causa sea ellos mismos.
Después de esta decepción, Alarico vagó por Grecia durante un par de años hasta que finalmente llegó a un acuerdo con Arcadio, hijo de Teodosio, quien ahora era el emperador de Oriente. Sus hombres recibieron fondos y tierras, y al propio Alarico se le otorgó el mando militar general en los Balcanes, un baluarte crucial entre los emperadores en guerra de Anatolia e Italia. Puede parecer sorprendente, pero a Arcadio le interesaba mantener a los bárbaros carismáticos de su lado, o al menos donde pudiera verlos, y Alarico se estaba convirtiendo en el favorito de los godos descontentos a lo largo de todo el imperio.
Retirado del servicio imperial en el año 401 (las circunstancias son confusas), la reacción inmediata de Alarico fue invadir Italia, donde fue derrotado por Estilicón, un hombre de ascendencia vándala que se había convertido en el comandante más poderoso del Imperio de Occidente y se había casado con Serena, la sobrina de Teodosio. Los juegos imperiales romanos de esta época se desarrollaban no solamente a través de los bárbaros, sino cada vez más por ellos, y poco después Alarico se vio envuelto en una conspiración de Estilicón contra Arcadio. Cuando Estilicón fue asesinado por agentes del emperador occidental Honorio en el año 408, Alarico atacó Roma.
De acuerdo a Boin, esta fue su “última bala, y tal vez la más efectiva, para ganarse la atención de un Gobierno que se negaba a convertirlo a él en un socio auténtico, y a su pueblo, en ciudadanos de pleno derecho”. Como admite Boin en una nota final, los académicos han sostenido tradicionalmente que, tras la concesión de la ciudadanía a todos los residentes libres del Imperio romano por Caracalla en el año 212 d. C., la categoría en sí misma se volvió irrelevante. Sin embargo, la legislación de Caracalla no era prospectiva, y Boin argumenta que la ciudadanía tenía cierta importancia retórica al menos a finales del siglo IV. Más problemática es su suposición de que Alarico compartía esta preocupación, ya que no hay registro de que Alarico mostrara interés alguno en tales asuntos.
El objetivo inicial de Alarico en el invierno del año 408 no era la ciudad de Roma misma, sino su puerto, donde montó un bloqueo marítimo que provocó meses de escasez de alimentos. Cuando los embajadores romanos le preguntaron qué haría falta para que abriera el puerto, su respuesta no fue la ciudadanía, sino cinco mil libras de oro, treinta mil libras de plata, cuatro mil túnicas de seda, tres mil capas escarlatas (ni botas ni pantalones para él) y tres mil libras de pimienta, un manjar importado de la India tanto para tratar afecciones oculares, así como para sazonar la comida. Alarico negoció entonces con el propio emperador Honorio, pero la ciudadanía seguía sin estar en la agenda: solicitó otro puesto en la administración imperial, alimentos y “permiso para vivir en territorio romano” para él y sus seguidores.
Esto es una señal de alerta para Boin: técnicamente, los inmigrantes no necesitaban permiso para establecerse donde quisieran, por lo que los informes deben malinterpretar la postura de Alarico. “Lo más probable”, sugiere Boin, “es que Alarico solicitara protección legal para vivir en territorio romano, algo parecido a lo contemplado por la ciudadanía romana”. Encuentra apoyo para su interpretación en un historiador del siglo VI, Zósimo, quien afirma que Alarico exigió tierras para él y sus seguidores en el norte de Italia y zonas vecinas. Con espíritu emprendedor, Boin primero lo presenta como una solicitud de “una casa”, y luego explica: “que un godo, tuviera una casa dentro de la frontera romana significaba tener ‘derecho’ a vivir en paz sin ser acosado, igual que cualquier ciudadano”. Parece más probable que Alarico estuviera solicitando una concesión de tierras, un beneficio habitual ofrecido a muchos inmigrantes bárbaros. Una cosa es que se les permita establecerse en cualquier lugar en teoría, pero si todas las buenas tierras pertenecen a otro —el emperador, por ejemplo—, no puedes apropiártelas para ti, o no por mucho tiempo.
Las largas negociaciones de Alarico con Honorio finalmente fracasaron, y el 24 de agosto de 410, él y sus hombres asaltaron la ciudad. Boin nos asegura que quemaron y saquearon con discriminación: Alarico anunció que cualquiera que buscara refugio en una iglesia sería perdonado, instó a sus hombres a abstenerse de derramar sangre y se retiró después de tres días. Se dirigieron al norte de África, pero una tormenta frustró su intento de cruzar y Alarico murió en un puerto italiano, quizá de malaria. Sin embargo, sus hombres finalmente obtuvieron su concesión de tierras: buenas tierras con buenas conexiones en el Golfo de Vizcaya. Este fue el comienzo del Reino occidental, o visigodo, que más tarde gobernaría Hispania junto con un Reino ostrogodo oriental en Italia.
Los romanos también se recuperaron y siguieron adelante. El historiador español Orosio nos cuenta unos años después que los visitantes de la ciudad difícilmente se habrían enterado de lo sucedido. La fama de los acontecimientos del año 410, como explica Boin, no tiene nada que ver con informes desapasionados de la época ni siquiera con aterrorizados relatos de testigos presenciales, sino con los concupiscentes Padres de la Iglesia establecidos en Asia y África, que consideraron el saqueo de Roma un desastre de proporciones bíblicas, una reparación por los pecados de la nueva Babilonia o el principio del fin de los tiempos. Para San Jerónimo, escribiendo desde Siria Palestina, “el mundo entero pereció en una sola ciudad”.
Al igual que el Imperio romano, sin embargo, Roma no cayó: ni en el 410; ni en el 455, cuando los vándalos la saquearon de nuevo; ni en el 476, cuando un emperador inflexible en Constantinopla entregó Roma y el resto de Italia al rey bárbaro Odoacro, cliente del Imperio bizantino; y ni siquiera en 663, cuando el propio emperador romano Constante II despojó la ciudad, aunque esta perdió gran parte de su metal en aquella ocasión, para las fábricas de armamento bizantinas. Roma se hizo más pequeña, ciertamente, menos rica y menos influyente, pero también se reinventó como el centro del mundo católico.
No se puede ocultar el papel de la historia contemporánea en el proyecto de Boin: “Fue una época de extremismo, un período en el que los moderados de todos los rincones de la nación perdieron poder político, y las creencias radicales sobre la identidad religiosa, las fronteras del Estado y el intercambio cultural corrompían a la sociedad y se propagaban sin obstáculos por tres continentes”. Una historia en las fuentes antiguas sobre niños godos que fueron tomados como rehenes por los romanos para criarlos lejos de sus familias se redescribe como un programa de separación familiar dirigido por “patrullas fronterizas”. El propio Alarico se “radicalizó” por su experiencia en ciudades romanas y a manos de los romanos. Su ataque a Roma no solamente era predecible, sino predicho: los senadores “habían tenido conocimiento de reuniones en las que se trataba información delicada y deliberaciones de alto nivel sobre las amenazas que afrontaba el Imperio, una de las cuales mencionaba la posibilidad de que se sembrara el terror”. Incluso obtenemos un poco del teórico de la conspiración Q en el obispo Ambrosio de Milán, quien “predicaba sobre los polémicos debates en el Senado romano, y recordaba a los cristianos que se encontraban inmersos en una guerra espiritual contra las fuerzas del mal. Alimentados con una dosis regular de su lenguaje gráfico y apocalíptico, muchos cristianos llegaron a creer que los ángeles se enfrentaban a los demonios para controlar el Imperio y que solo el emperador Teodosio merecía su apoyo incondicional”.
Es fácil condenar la extendida apropiación del pasado grecorromano por parte de la extrema derecha en los últimos años. Frases griegas malinterpretadas e imágenes de estatuas romanas que han sido desprovistas de sus colores originales alimentan las narrativas en línea de supremacía blanca. Corregir los errores ha resultado completamente ineficaz; dar vuelta la situación podría ser una mejor idea. Boin publicó su libro antes del ataque al Capitolio de Estados Unidos, pero su lectura del pasado antiguo a través de la lente del trauma contemporáneo ofrece un epitafio apropiado para un régimen que no cayó, sino que se desvaneció, y un recordatorio de que incluso a un saqueo fallido se le puede dar un significado.
-
Artículo aparecido originalmente en London Review of Books 43-6 (2021).
Se traduce con autorización de su autora. Traducción: Patricio Tapia.
-
Alarico el godo
Douglas Boin
Trad. C. Riera,
Ático de los Libros, Barcelona, 2021, 298 pp.












![Viaje literario a la inteligencia de las hormigas [fragmanto de Vantablack]](https://static.wixstatic.com/media/66ef13_d657c0f563d2402889971da3684e82ec~mv2.jpg/v1/fill/w_252,h_250,fp_0.50_0.50,q_30,blur_30,enc_avif,quality_auto/66ef13_d657c0f563d2402889971da3684e82ec~mv2.webp)
![Viaje literario a la inteligencia de las hormigas [fragmanto de Vantablack]](https://static.wixstatic.com/media/66ef13_d657c0f563d2402889971da3684e82ec~mv2.jpg/v1/fill/w_128,h_127,fp_0.50_0.50,q_90,enc_avif,quality_auto/66ef13_d657c0f563d2402889971da3684e82ec~mv2.webp)










![Amar, pecar, morir [en Autoícono, de Javier Llaxacondor]](https://static.wixstatic.com/media/66ef13_b15e576d8cff41bab1a901ec0d2b6ef6~mv2.jpg/v1/fill/w_250,h_250,fp_0.50_0.50,q_30,blur_30,enc_avif,quality_auto/66ef13_b15e576d8cff41bab1a901ec0d2b6ef6~mv2.webp)
![Amar, pecar, morir [en Autoícono, de Javier Llaxacondor]](https://static.wixstatic.com/media/66ef13_b15e576d8cff41bab1a901ec0d2b6ef6~mv2.jpg/v1/fill/w_128,h_128,fp_0.50_0.50,q_90,enc_avif,quality_auto/66ef13_b15e576d8cff41bab1a901ec0d2b6ef6~mv2.webp)














![10x10 [fragmentos]](https://static.wixstatic.com/media/66ef13_c4b5f378917a496189f09fa3f89514d7~mv2.jpg/v1/fill/w_252,h_250,fp_0.50_0.50,q_30,blur_30,enc_avif,quality_auto/66ef13_c4b5f378917a496189f09fa3f89514d7~mv2.webp)
![10x10 [fragmentos]](https://static.wixstatic.com/media/66ef13_c4b5f378917a496189f09fa3f89514d7~mv2.jpg/v1/fill/w_128,h_127,fp_0.50_0.50,q_90,enc_avif,quality_auto/66ef13_c4b5f378917a496189f09fa3f89514d7~mv2.webp)







