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Smiljan Radić: “La transparencia es sospechosa”


Con motivo de la adjudicación del premio Pritzker 2026 a Smiljan Radić,
republicamos esta entrevista realizada por Catalina Mena.

Reconocido y activo a nivel internacional, al arquitecto Smiljan Radic  le da pudor la grandilocuencia y se ríe de las chapas de “artista” y “exitoso”. 

No es displicencia sino ahorro de energía: Smiljan Radic no tiene redes sociales, ni página web, ni siquiera whatsapp. En su larga y prolífica trayectoria como arquitecto ha sostenido la idea del refugio como estructura física –presente en muchos de sus proyectos—pero también como actitud existencial: concentrarse, resguardarse de la palabrería, explorar la intimidad, el misterio, las preguntas y los afectos. 


Casado con la escultora Marcela Correa --quien interviene muchos de sus proyectos-- Smiljan Radic  tiene dos hijos y viene de una familia de inmigrantes croatas. Dice que siguió la carrera de Arquitectura en la Universidad Católica casi por azar, porque en su tiempo habían pocas opciones y él estaba entre tres o cuatro posibilidades.  Podría haber sido abogado pero el destino no quiso. Lo cierto es que lleva más de veinte años aportando una mirada personal, crítica y creativa a la Arquitectura, así con mayúscula, que atraviesa fronteras. 


Su oficina está en el piso 20 de la torre Santa María, al lado de hotel Sheraton y muy cerca de su casa en Pedro de Valdivia Norte. Hasta allí llegan quienes lo buscan por su particular cabeza. “La gente me contrata a mí, no a una oficina. Es una persecución personalizada”, dice. Su trabajo no sólo incluye construcciones notables en Chile y en Europa, sino también la publicación de libros y varias charlas a nivel mundial donde despliega su profundo conocimiento de la historia de la arquitectura, así como referentes de la literatura, el arte y otras áreas que conforman su imaginario. 


Su obra se distingue por una búsqueda experimental y por una estética austera y silenciosa. Son construcciones que crean atmósferas interiores y que intentan no perturbar al entorno. Pero también son propuestas subversivas, que cuestionan el canon, que ofrecen soluciones poco convencionales. 


Smiljan Radic se resiste a quedar encasillado en una definición o en un estilo estético. Todos sus trabajos son distintos entre sí: el restorán Mestizo en Vitacura, la remodelación del centro de artes escénicas Nave en el barrio Yungay,  la ampliación  del Museo de Arte Precolombino, el comentado pabellón de Serpentine Gallery de Londres, las intervenciones en la Bienal de Venecia, el teatro regional del Concepción que acaba de inaugurarse. Y muchísimas obras más, casi 80, que ha hecho y sigue haciendo en distintos rincones del mundo. Cada una responde a un encargo específico, lo que implica hacerse preguntas y construir ideas diferentes. 


En paralelo al diseño y la construcción de proyectos, Smiljan Radic es también un estudioso de las ideas arquitectónicas. Una de sus pasiones es el movimiento denominado “Arquitectura Radical”, protagonizado por  arquitectos pertenecientes a las oficinas Superestudio, al Utopie Group, a Archigram y por figuras como Buck Minsterfuller, Guy Deborad, Asger Jorn, entre otros. Fueron autores que entre las décadas de los 50 y los 70 se plantearon el problema fundamental de cómo vivir y sobrevivir en las sociedades modernas, recurriendo a múltiples disciplinas del conocimiento para desarrollar sus ideas. Utópicos y experimentales, pocas veces lograron convertir sus proyectos en construcciones espaciales, pero realizaron notables dibujos, litografías, grabados y manifiestos efímeros que son, en sí mismos, obras de alto valor. Radic ha reunido una amplia colección de estas piezas. Parte de este material acaba de exhibirse en Zurich y en octubre de este año se mostrará en Galería Patricia Ready. 

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“La transparencia es mentirosa”


Leí una muy buena entrevista tuya donde te definen como “el arquitecto que admiran los arquitectos”.

Esas frases son para crearse puros enemigos, para atraer a todos los enemigos juntos. 


No te gusta el imaginario triunfalista.

No me conecto con la idea del éxito. Creo que todo es mucho más casual de lo que la gente piensa. La gente piensa que uno arma un plan para tener cierta trayectoria. Y todo es más casual, más repentino, más sorpresivo. Muchas cosas surgen de personas que conoces, de relaciones, de encuentros. 


Pero es cierto que gozas de admiración y reconocimiento.

Es que tampoco es para tanto, ni he ganado tantos premios. Lo que sí siento es que he sido afortunado. Soy privilegiado, pertenezco a una clase social determinada, tuve suerte cuando salí de la universidad, tuve acceso a ciertas oportunidades que tomé y también pude rechazar las propuestas que podrían haberme desviado de mi intuición. Eso me ha permitido focalizarme en lo mío. Puedo todavía darme el lujo de mantener una oficina pequeña, de 5 personas, a mi escala, y no tener que entrar en una escala que me dispersaría y que me provocaría conflictos en otras áreas de mi vida.  Yo necesito concentrarme. Hay períodos que trabajo 16 horas diarias y eso no es un regalo de tal o cual premio. Es pega de mierda. 


Otra cosa que se dice de ti es que, más que arquitecto, eres artista.

Es que es mentira, es una profesión distinta. En términos generales le dicen artista a alguien que hace "cosas raras". Pero todo lo que yo hago puedo ubicarlo en una rama de la arquitectura, lo que pasa es que la gente no identifica las referencias. Por ejemplo, cuando hablaban del pabellón de la Serpentine Gallery decían que era una escultura, una cosa rara, pero esa construcción está totalmente referenciada dentro de la historia de la arquitectura. Viene de una rama que se llama folie, una tendencia romántica. 


Tú hablas mucho de la idea de refugio en tu arquitectura. ¿A qué responde?

Generalmente busco generar una distancia física, un encierro. Me interesan las relaciones y los vínculos que se generar al interior del espacio. Encuentro que la transparencia es mentirosa. Cuando uno ve un edificio lleno de vidrio, totalmente transparente, por algún lado está la mentira, uno sabe que ahí hay algo oculto.


Ahora la transparencia está de moda, los grandes ventanales, los vidrios. Y también es una palabra de la corrección política, como “Chile transparente”. 

Lo que pasa es que la transparencia, en términos reales, es imposible, es una especie de utopía un poco terrible, que todo se abra, que todo esté a la vista. Yo tematizo eso en mi trabajo, siempre estoy proponiendo filtros, membranas que juegan entre la opacidad y la transparencia. El cliente siempre piensa que está mirando, le interesa tener una linda "vista", pero eso no es cierto. Uno mira poco. En general uno está ensimismado en espacios interiores. 


¿A tí las vistas no te interesan?

Lo que cuestiono es la manera en que se instala una cierta visualidad turística en todo. Todo tiene que ser visto, todo tiene que ser lindo. En realidad los interiores más interesantes son aquellos que son más personalizados y poco fotografiables, si uno quiere. Cuando uno entra a casas de amigos uno entra a especies de laberintos domésticos, donde las cosas están ahí por razones de historia personal que uno no entiende si no se las explican. Eso me interesa. El tema del refugio tiene que ver con un interior al que no ingresa cualquier persona y por eso puede ser distribuido de una manera mucho más engorrosa y más compleja. El que tengas una playa al frente o un volcán me parece bastante más banal. 


Esto también se vincula con tu opción por no tener redes sociales ni web. Como que lo transparente, lo hiperconectado, no permite relaciones íntimas...

Si. Me parece complejo relacionarse virtualmente para no sentir el olor del otro. 

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“No sé si existe la arquitectura chilena”


Tú has intervenido edificios patrimoniales ¿Cómo dialogas con la tensión entre lo patrimonial y lo nuevo?

Bueno, con el tema del patrimonio hay varios problemas. El primero, es que creo que el Consejo de Monumentos Nacionales es una institución que hay que revisar. No hay ningún sentido común detrás de lo que ellos hacen, nada. Por ejemplo en la remodelación del centro Nave, que es una casa patrimonial, quedaba solo la fachada del edificio, adentro estaba destruido. Estuvimos un año y medio esperando que el Consejo firmara la propuesta de fachada nueva que era exactamente igual que la que había. Entre medio, vino el terremoto del 2010 y se cayó un tercio de la fachada. O sea, cuando uno quiere recuperar un edificio, los plazos del Consejo atentan en sentido contrario. Una cuestión absurda. Lo peor para una ruina es el tiempo que transcurre, sobre todo cuando hay un privado dispuesto a invertir. 


¿Qué otro cuestionamiento tienes en torno al patrimonio?

Cuando uno habla de patrimonio, utilizando el mismo concepto que se aplica en Europa para construcciones que tienen 800 años es también absurdo. Acá el patrimonio es lo que quedó después del terremoto de la década del 40, o sea, no tiene ni 80 años. ¿Por qué es patrimonio eso? ¿Porque el ladrillo vale? ¿Por cómo se inserta ese edificio en la comunidad? Ahí también hay un tema poco claro. Obviamente uno lamenta la destrucción de edificios importantes, que son simbólicos, que le dan identidad a la ciudad. No puede dejarse todo en manos de la especulación inmobiliaria. Pero también muchas veces opera un axioma que es igualmente cuestionable, y es que siempre lo que viene va a ser peor que lo había antes. Lo cual significa que hay una desconfianza tremenda entre los arquitectos y una visión nefasta del futuro. 


¿Qué piensas, en general, de la arquitectura chilena?

No sé si existe. No hay una tradición que se continúe, que pase de maestros a discípulos ni tampoco hay crítica especializada. 


Pero hay figuras, hay arquitectos que hacen cosas y también hay construcciones peores o mejores que otras.

Hay muy buenos arquitectos, pero son figuras aisladas. Ahora, si uno mira la generalidad de lo que se construye en Chile, creo que es una arquitectura un poco estancada, aburrida, autocomplaciente. Hay pocas obras que sean complejas intelectualmente o que tengan grados de atrevimiento. 


¿Qué importancia tiene la experimentación para tí?

Es importante para no aburrirse, pero también uno tiene que manejar muchas variables y a veces se puede experimentar más y otras menos. Yo creo que hay ciertos proyectos que causan alegría y otros que son de una tristeza infinita. Los más alegres no significa que sean más locos o más raros, sino que hay un desarrollo potente, que están bien pensados, que son consistentes. Y los tristes son los banales. 


¿Cuál es el edificio más banal de Santiago?

El Costanera Center. Lo encuentro increíblemente banal, tonto, malo para la ciudad. Me causa risa porque vivo a 300 metros de él y lo veo desde el patio de mi casa. Es lo más absurdo que hay. 


Muchos lo señalan como un hito perverso del neoliberalismo, sin contar la gente que se ha suicidado desde esa torre.

A mí no me gusta emitir ese tipo de juicios morales, porque la arquitectura es una profesión liberal. Yo no juzgo la intención del edificio, juzgo el objeto. Me parece tonto como proyecto de arquitectura, refleja una sensibilidad muy pobre y básica, lo encuentro mal hecho y rasca. La torre no tiene ningún interés, los materiales son últimos, el suelo ya se está deteriorando. 


Además tú has dicho que hacer hitos en la ciudad es un error, cosas que la intervengan demasiado.

Sí, me interesa hacer cosas que tengan una presencia pero no invadan. Creo que lo mejor es hacer el menor daño posible. 


¿En general te parecen invasivas las construcciones que se hacen?

Sí. Sobre todo cuando uno ve las costas chilenas, la manera en que rompen el terreno, como instalan una cosa al lado de la otra, como invaden el espacio. Me parece insensible. 


Pero el teatro del Bío-Bío ha tenido esa crítica. Hay personas que dicen que es un mamotreto, que interrumpe el paisaje. ¿Cómo respondes a eso?

No he visto las críticas, pero sé de qué se tratan. Te diría, como primera cosa, que en este momento el edificio está en medio de la nada, un espacio público abandonado y es un borde de río que tiene muchos kilómetros y que se ha tratado de recuperar hace tiempo sin buenos resultados. La escala del edificio tiene que ver con el río y con una ciudad futura. Yo pienso que este edificio se va a incorporar totalmente a la ciudad en 30 años más.  


¿Y respecto a la acusación de mamotreto?

Creo que es un edificio súper parco, que no es fácil para un público que no sabe de arquitectura. Es un edificio que no tiene ventanas, pero no es un bunker, porque es leve. Es una especie de circo raro. Pero en realidad no me dedico a hacer cosas bonitas, no es mi objetivo. Yo realmente trato de hacer las cosas lo mejor posible, dedicarles mucho tiempo y concentrarme en cada proyecto. Siempre se habla de la creatividad como si fuera algo que cae del cielo. Y no. Es pega, pega y pega. 


No te interesa hacer cosas bonitas. ¿Entonces qué es lo que buscas?

Hacer cosas que sean coherentes. Que uno pueda hablar de eso, contarlo, que sea claro, honesto. Yo creo que uno tiene momentos de convicción. Cuando hago un proyecto tengo que estar convencido de que es bueno y que va a ser bueno. Y eso es lo que transmito y lo que es real. Uno se da cuenta cuando un edificio es cínico. Mucha de la arquitectura errática no es porque sea fea, sino porque falta esa convicción.  


En algunas entrevistas dices que prefieres hablar de construcción más que de arquitectura ¿por qué?

Cuando uno dice “arquitectura” deja afuera a mucha gente, lo mismo que cuando habla de escultura. En cambio cuando hablas de construcción es mucho más amplio. Construyen cosas un niño, un carpintero, un performer. La construcción se refiere directamente a un hecho físico. Yo creo que la arquitectura es concreta, tiene que funcionar. 


¿Podrías escribir un decálogo general con tus principios arquitectónicos?

No tengo cabeza para generalizar, mi trabajo es paso a paso, problema a problema. Lo que he hecho ha sido gracias a ciertas oportunidades tomadas con mayor o menor certeza. Es como cuando los futbolistas hablan de sí mismos en tercera persona. Me parece malo, es una sobrelectura. Además que mis ideas  van cambiando y ojalá que siempre sea así. 



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