Año luz: la conciencia cósmica de la poesía
- Juan Zanetta Hurtado

- hace 16 horas
- 4 Min. de lectura
En Año Luz, el poeta Marcos Riesco construye una obra que oscila entre el poema cósmico y la elegía planetaria. Su escritura atraviesa los límites de la ciencia y de la historia, para entregarnos una visión sobre la condición humana en el universo y de las contradicciones actuales del devenir humano en el planeta que habitamos. Desde su título, la obra propone una medida del tiempo y del asombro: un “año luz” no solo como distancia astronómica, sino como metáfora del viaje de la conciencia a través de la materia y del lenguaje.
La luz como origen
El libro se abre con tres epígrafes —de Fray Luis de León, Roberto Bolaño y Ernesto Cardenal— que trazan una genealogía de la luz: lo divino, lo humano y lo cósmico. En ese cruce, Riesco sitúa su voz poética. Como si la poesía fuera una forma de radiación, el poema se expande desde el instante hacia la eternidad, desde el átomo hasta las galaxias.
El autor combina el tono místico de la memoria ancestral con el rigor científico. La descripción del universo no es aquí un dato enciclopédico, sino un acto de contemplación:
“La luz del sol se demora ocho minutos y veinte segundos en llegar a la Tierra, así que siempre vemos el Sol con ese tiempo de retraso.”
La poesía convierte la cifra en experiencia. En cada dato físico resuena una conciencia temporal: la certeza de que todo lo que vemos —incluso la luz— pertenece ya al pasado.
La materia del poema
En el fragmento “De la vida”, Riesco responde con serenidad casi zen a una de las preguntas esenciales de la humanidad:
“El sentido de la vida es la vida.”
“Para aprender a vivir, vivimos.”
La tautología desarma cualquier pretensión metafísica. La vida no necesita explicación fuera de sí misma; su sentido es el hecho mismo de existir, de persistir, de ser. La poesía, entonces, no es una interpretación del mundo sino su continuación: una forma de materia viva, un sistema respiratorio del lenguaje.
El libro se estructura como una secuencia de fragmentos numerados en código binario —“Tierra 0001”, “0100”, “1011”—, como si cada poema fuera una coordenada en la memoria del planeta. Esa alternancia entre el lenguaje digital y el canto lírico revela una tensión contemporánea: el deseo de hallar poesía en la observación del universo y los restos de humanidad en esta era del algoritmo.
De las cuevas al cosmos
Una de las ideas más potentes del libro surge en las secciones “Pintados en la cueva”, donde el poeta establece una continuidad entre las pinturas rupestres y los telescopios espaciales. Las primeras imágenes de animales en Lascaux o Altamira son para Riesco una forma primitiva de observación astronómica, una manera de inscribir la vida y preservarla en la noche de los tiempos.
“Cada nube, un verso, un poema el cielo”, escribe, recordando que los antiguos dibujaban en piedra lo mismo que hoy dibujamos en píxeles: nuestra necesidad de permanecer.
En esa visión, la historia de la humanidad se lee como un largo intento de iluminar la oscuridad. La cueva y el cosmos son dos versiones del mismo espacio interior: el de la conciencia.
Ética de la verdad y del asombro
Entre reflexiones cósmicas, Riesco deja oír también una advertencia ética:
“Los árboles nos dijeron que los poemas no mintieran.”
Esa frase resume la poética del libro. La palabra debe ser veraz, no en el sentido de la factualidad, sino en el de la fidelidad a la experiencia del mundo. El poeta no busca embellecer la realidad, sino escucharla. Tampoco busca crear nuevas realidades, a la manera de la poesía creacionista. Así, el poema se convierte en una forma de ecología verbal: cada verso un organismo vivo, cada palabra una hoja que respira la luz del sol.
Extinción, memoria y resplandor
En los últimos fragmentos, la voz poética mira de frente la posibilidad de la extinción. “Tierra 1111” describe al último ser humano caminando junto a un león muerto. Pero lejos de ser un canto desesperado, Año luz se mantiene sereno frente a una incuestionable realidad cósmica, más allá de los límites temporales:
“Cuando seas nada, la Tierra seguirá girando alrededor del Sol.”
Y el mismo Sol morirá también, en unos 5000 millones de años.
La muerte no anula el sentido; lo trasciende. Lo humano se disuelve en el ciclo mayor de la energía. En ese gesto, Riesco hereda algo del tono visionario de Ernesto Cardenal y del pensamiento cósmico de Saint-John Perse: una fe en la continuidad del universo más allá de la pérdida.
El poema como energía
En el cierre, cuando el poeta escribe “En el límite del universo observable”, ya no habla solo del cosmos, sino del propio acto poético. El poema es una forma de luz que viaja, se expande, y a veces —como la radiación de una estrella— tarda millones de años en ser percibida.
Año Luz es, finalmente, una meditación sobre la permanencia de la palabra en un mundo finito. Como los fotones que nos llegan desde un Sol antiguo, la poesía de Marcos Riesco ilumina lo que ya ha pasado, pero también lo que todavía no ha sido visto.
Conclusión
Año Luz se instala en el territorio donde la poesía, la ciencia y la filosofía se encuentran. En tiempos de crisis ecológica y guerras de desintegración, Riesco propone una visión de unidad: somos materia estelar, conciencia biológica y lenguaje. La poesía, sugiere el libro, no nos separa del universo; nos devuelve a él.
Hace muchos años, cuando éramos estudiantes universitarios y Marcos ya publicaba sus primeros trabajos, le pregunté: ¿cuál es la clave de un buen poema?. Dar en el clavo, me respondió. En su aparente sencillez, este poemario sin duda da en el clavo. Es un canto a la interdependencia entre la materia y la vida, entre lo diminuto y lo inconmensurable, entre la luz y la oscuridad, entre el pensamiento y la conciencia.
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Año luz
Marcos Riesco
MAGO Editores, 2025












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