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Gente en silla de ruedas

Hoy es una noche en la cual mi amiga Mariana, Mari, llega al bar con un leve brillo en sus ojos. No es fácil saber qué piensa, qué siente Mariana. Lo digo en el sentido que cuando llega todos la observan, la aprecian; quieren su atención y genera algún tipo de inquietud. Bueno, ella es una gema, hermosa, preciada y rara.


El brillo en sus ojos de esa noche tenía una causa muy específica. Mi amiga Mari venía de un evento. En una ciudad como Santiago cualquier cosa que tenga olorcillo a velada especial creemos, o eso esperamos, tenga algo de glamour. Por supuesto, muy pocas veces es así y lo que comienza como una expectativa termina rápidamente en un grupo de amigos haciendo bromas de este tipo de eventos. Mariana llegó acompañada por su buen amigo y ex profesor, y con quien mantiene una relación de protección mutua. Ambos se unieron a nuestra juntada en el bar y se integraron a las múltiples conversaciones que se cruzaban entre nosotros.


A Mariana nada del evento “especial” le importó. Su mirada se debía a un incidente que vivió en el trayecto desde ese lugar al bar en el que estábamos, todo a unas veinte cuadras de distancia en la comuna de Providencia. En el camino hacia el bar, caminando con su amigo, ambos vivieron la siguiente experiencia, de la que retuve esta información: un hombre en silla de ruedas, llevado por una mujer se les acerca; ¿lo predecible? es que se les acercara a pedirles alguna colaboración; sin embargo, esta situación que podría ser considerada como “común”, tuvo un giro inesperado cuando, en el corto trayecto, desde que mi amiga ve al hombre el silla de ruedas siendo empujado hacia ella y su acompañante, al supuestamente lisiado o como se diría de forma adecuada con movilidad reducida, se le cayó un cuchillo. No cualquier cuchillo, lo que se llama un arma blanca, es decir, cuyo propósito es causar daño. ¿Cuál? Probablemente asaltarlos. Ignoro el tiempo en el cual transcurrió esta escena, pero lo que sí puedo decir es que mi amiga Mari entró en un trance tipificado como ataque de risa, frente a la una actitud sorprendida y algo perpleja de su acompañante.


La historia fue conocida porque en algún momento de la noche el amigo de Mariana cayó en cuenta en lo que estuvieron involucrados. ¿Y si quizás la acompañante del hombre de silla de ruedas tomaba el cuchillo y les propinaba algún tipo de corte? ¿Y quizás el cuchillo nunca hubiese caído, habrían sido víctimas de un asalto o, tal vez, por qué no pensarlo, de un apuñalamiento casi a medianoche en Avenida Nueva Providencia? Nada de eso pasó, lo que ocurrió fue un gran fail de esta pareja de supuestos ladrones. Pero lo que comenzó a inquietar al amigo de Mari fue su reacción: esta mujer solo rió cuando aconteció la caída del cuchillo, y continuaba haciéndolo una vez que la anécdota se recordaba, contagiando a todos los presentes de una risa bastante hilarante. La imagen lo ameritaba, ladrones utilizando el recurso de la silla de rueda que fallan porque dejan caer el arma que utilizarían para el asalto.


Ese mismo día, o quizás unos varios antes, mi primo, bastante abatido, me contó que tuvo que prácticamente echar a un amigo de él -a estas alturas un ex amigo- que fácticamente utiliza una silla de ruedas (quedó paralítico tras un accidente). La situación de mi primero resultaba a lo menos atendible. Este amigo, junto con su condición vehicular, es un adicto a las drogas y buscaba evidentemente instalarse en su departamento de forma indefendible. Por lo cual, mi primo, se armó de tripas corazón -nunca más pertinente una frase hecha- y le pidió que se fuera. En otras palabras, lo expulsó, desalojó, lo echó de su departamento. ¿Quién podría juzgarlo? ¿Cómo hacerse cargo de un semi amigo drogadicto en silla de ruedas en un pequeño departamento? Pues bien, aún así la conciencia de mi primo no le daba tregua.


Ambas historias, sobre todo la de mi amiga Mari, quedaron atrapadas en mi cabeza. Un bucle alimentado por las imágenes de mi propia cotidianidad. No estoy en silla de ruedas, pero vivo y trabajo al lado del Instituto Nacional de Geriatría, del Instituto de Neurocirugía y de la Fundación Arturo López Pérez. Podría decir que vivir aquí es una casualidad, y de alguna forma lo es, una amiga dejó el departamento justo en momentos que yo necesitaba mudarme; pero también es cierto que disfruto que estas instituciones sean mis vecinos. Importantes integrantes de un barrio que provoca que diariamente personas enfermas, realmente muy enfermas, caminen por la calle donde vivo y las aledañas. Y, por supuesto, no faltan las personas en silla de ruedas. También debo constar que pese a realizar mis estudios de pre grado en literatura, lo que supone que mi tesis final debería haber sido sobre algún libro o libros; me empeñe en realizarla sobre una calle de Santiago: Avenida La Paz que permite el recorrido por el Hospital de la Universidad de Chile, El Instituto Médico Legal y el Hospital San José. Titulé el documento Infirmus, que significa condición de débil, endeble, impotente, enfermo, según consigna Diccionario Corominas nombre por el cual se conoce el Diccionario crítico etimológico de la lengua castellana.


En ese entonces me preguntaba por el cuerpo como un paño, un papel, de inscripción y lectura. Los discursos sobre el cuerpo me seducían e inquietaban por la cerradura semántica que traían con ellos. Leía a Susan Sontag y su exposición sobre la relación entre enfermedad y metáfora la percibía como una verdad revelada. Estar enfermo y la enfermedad en particular funcionan como una continuidad, una suerte de resultado de un tipo de vida, de hábitos, de mundos de las personas afectadas. Sontag argumenta que se hace necesario un compendio no solo enorme sino histórico de las imágenes del cuerpo, los cuerpos en su trayectorias de salud y enfermedad. Para desarrollar sus planteamientos se vale de diferentes ejemplos, el central es el cáncer, enfermedad que ella misma padeció, y de la cual yo misma me vi rodeada durante mi adolescencia encarnada en seres queridos.

Con los ejemplos, Sontag busca establecer el vínculo que la sociedad moderna realiza entre enfermedad y algún rasgo de la personalidad o la moralidad de las personas. Así, se mete con los románticos y el desplazamiento de la muerte por tuberculosis, en algún momento rodeada de un aura de debilidad deseada a su observación como una patología que convierte el cuerpo en algo grosero, no grato para la vista. Como la explicación de un castigo, los discursos sobre la enfermedad vendrán a dar cuenta del individuo y su comportamiento. Una vez anexada la enfermedad al carácter y la voluntad del paciente los dispositivos retóricos ya no fantasean sobre la causa física de la enfermedad, sino sobre su origen moral o ético.


Recibir un diagnóstico no solo se transforma en dolor y preocupación, porque probablemente indica algo más, además de ser una persona enferma te conviertes en, al menos, un negligente, y ese pecado será expuesto por ti mismo, en tu propia imagen. Porque estar enfermo está mal. Es feo, es el lado oscuro de la vida, como dice Sontag, quien también nos recuerda que todos pasaremos por ese lugar en algún momento.


Hace unos meses usé una silla de ruedas por primera vez en mi vida. Tuve una quemadura grave en el pie y durante un mes debí ir a hacerme curaciones a un centro especializado. Era doloroso, pero yo intentaba aparentar resistencia. Sin embargo, al momento de bajar de la camilla, simplemente no podía pisar. Entonces debía salir de ese centro especializado en sillas de ruedas. No hay explicación que pueda expresar, pero estar en esa silla y ser llevada por alguien hasta el estacionamiento del centro es una de las peores experiencias, peor que el dolor de la curación. Una mezcla de humillación y vergüenza. Quería explicarle a las personas a mi alrededor que este uso de la silla era un asunto circunstancial y prácticamente innecesario. Pensaba eso y agachaba la cabeza esperando llegar pronto al automóvil.


Ciertamente, todo esto dice algo de algunos traumas personales pero también de lo que es estar enfermo y el significado, el sentido, la interpretación que le damos. Tiene cáncer porque está muy nerviosa. Debe tener voluntad si quiere recuperarse de su hipotiroidismo. ¿Qué sé yo?


Otro preocupado por este asunto de las enfermedades fue Michael Foucault, en uno de sus ejercicios de arqueología moderna, su libro El nacimiento de la clínica argumenta que el hospital, y el método clínico, deben su existencia a la posibilidad de una colección de enfermedades. En otras palabras, el de observación del cuerpo y el registro de síntomas. Foucault describe que la gran discusión que animó el nacimiento de la clínica enfrentó a la cátedra académica con la observación empírica, esta última renovada por la posibilidad de ver lo invisible (experiencia superior a cualquier enseñanza en aula). El resultado: la oposición sano/enfermo solo se expresan como marcas, huellas (estigmas) que no constituyen valor, hasta que son diagnosticadas por el otro (incluso si esa observación implica abrir el cuerpo para ver su interior). Una gramática de la mirada que se puede trasladar a las formas de relación de la sociedad en la modernidad. El cuerpo está a disposición para el adiestramiento (normas de comportamientos, formas, hábitos, etc.), y la validación del cuerpo pasa indefectiblemente por la mirada de otro.


Aprender a seguir tenazmente las reglas que hace del cuerpo sano me hace pensar en la nave de Argos, desde la lectura barthesiana. Esta embarcación cuya cualidad o paradoja es que cada pieza es reemplazada una a una hasta que no queda ninguna original, pero sigue siendo la nave de Argos. El cuerpo, así, es uno y permanente, una imagen recurrente, crepitaciones, ecos provenientes de un solo lugar. El cuerpo resiste la navegación alegórica, es la pura materialidad, un soporte visible, que puede dar lugar a sustituciones y cambios, siempre y cuando ese original pueda aún ser reconocible.


Preguntarse, entonces, por la identidad del yo es trasladarse al lugar del otro que me ve y me lee. Porque el pecado del cuerpo es ser bello y mirarse, pero como una promesa o un anhelo que habrá otro. Y la calle se transforma como el lugar inequívoco de ese cruce de miradas. Es una promesa sobre un futuro: ser visto, a la vez que significa el olvido o simplemente el soslayo. De ahí que la suerte de Narciso es que no puede nombrarse a sí mismo, porque ensimismado en verse a sí mismo no da espacio para el juicio del otro, no da espacio para identificarse, ser un como…


Foucault también señala el vínculo entre el proyecto del hospital en el contexto de la formación de los Estados modernos. En su estilo plantea que el Hospital es parte de un proyecto político cuyo objetivo es administrar el sufrimiento y, al mismo tiempo, autoeliminarse. Se pensaba que las enfermedades tendrían su origen en problemas sociales y que el nuevo orden acabaría (junto al hospital). Sin embargo, tal proyecto fracasó y la enfermedad fue nominada (tipología) según el tipo de sufrimiento (síntoma), y los enfermos siguen siendo parte de nosotros. Pero es un huésped poco deseado, uno que se busca que se vaya pronto y siga entre nosotros, ojalá no aparezca muy seguido y cual George Samsa se mantenga recluido en su habitación.


Pero a mí me atraen. Al pasar junto a una persona enferma, no bajo la mirada, lo observo. El sujeto enfermo sobresale. La enfermedad lo hace particular. Lo observo con fascinación, pensando que lo raro, lo fuera de norma, aún tiene espacio en un mundo cada vez más homogéneo.

Desde ahí contemplo, en su mayoría, gente en silla de ruedas. Los veo y recuerdo que aún habito un cuerpo vivo. Porque también veo el sufrimiento, el dolor, la descomposición y la muerte. Y me pregunto cuándo me tocará ocupar ese lugar.


Pero mi amiga Mari rió. Iluminó con risa y picardía el lado oscuro de la vida. Liberada de la trampa de observar se acercó a la superficie brillante del no sentido. Y creo que eso fue lo que la maravilló. Creo también que si existe algo así como una verdad de la vida, su enorme dificultad es que ninguno de nosotros puede determinar qué tipo de abandono, afección, circunstancia es algo maravilloso, dañino o profundamente horrible. Nadie puede determinar por nosotros en qué clase de trampa del sufrimiento estamos.


Yo continúo observando personas en sillas de ruedas, de todo tipo, sigo viendo cuerpos en deterioro, pero ahora, además, sospecho que podrían asaltarme.



IMÁGENES: PAULA ESPINOZA
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