A la hora señalada
- Thomas Harris

- hace 17 horas
- 3 Min. de lectura
Borges escribió, en alguna parte, que el western era una de las últimas formas de la épica que estaban quedando en el siglo XX. Quizás por su pasión por los "géneros" -el policial, el fantástico, cierto terror-Poe-, incluso H.P. Lovecraft a quién decía despreciar, -A la hora señalada (High Noon) Fred Zinnemann, 1952, Gary Cooper, Grace Kelly y Katy Jurado-, creo habría sido un western, no épico, que a Borges le habría gustado, aunque no recuerdo que haya escrito una reseña -de las tantas cinematográficas que pergeñó.
¿Qué hace de este western minimalista, en blanco y negro, con una trama que respeta las unidades de tiempo, espacio y acción, una de los más notables películas del género y no sólo como un western, sino una de las más notables películas del siglo pasado?
La trama igualmente es simple y convencional: Will Kane, el alguacil del pequeño pueblo de Hadleyville, acaba de contraer matrimonio con Amy. Los recién casados proyectan trasladarse a la ciudad y abrir un pequeño negocio; pero inesperadamente, empieza a correr por el pueblo la noticia de que Frank Miller, un criminal que Kane había atrapado y llevado ante la justicia, ha salido de la cárcel y llegará al pueblo en el tren del mediodía para vengarse. El tiempo va pasando lentamente, pero nadie en el pueblo está dispuesto a ayudar al alguacil.
High Noon, el título original, es “Mediodía”, la hora en el que el tren en que viaja el pistolero Frank Miller llegará al pueblo. La reacción del alguacil Will Kane responde a su deber ser, a su ethos de sheriff que ha protegido a los habitantes del pueblo, buenos vecinos, amigos y gente normal.
La película transcurre casi en “tiempo real” desde que el tren comienza su viaje hacia el pueblo hasta su inminente llegada el Mediodía, la hora señalada. La indiferencia y el no ayudar al sheriff de los habitantes del pueblo, que los hace transparentes, los invisibiliza, pareciera ser un asunto de cobardía se transforma en una suerte de un pueblo que como un coro griego abandona al sheriff a su destino, que él acepta, y al cual enfrenta. Creo que el centro de la cinta es su tempo: el avanzar inexorable del tren, los forajidos y la soledad a la que se enfrenta para confrontarlos Kane. Y sobre todo una pareja de amantes, el matrimonio, que finalmente deben defender su deber ser, ya sin quererlo, sino solo sobrevivir, y el duelo en el que finalmente Grace Kelly, contra todas las leyes del género, salva a su amado separándole por la espalda a uno de los forajidos que está a punto de asesinarlo, frente a un pueblo impávido y distante del que antes fuera su protector.
Lo que hace de este western una notable película es su mismo título, Mediodía, High Noon, y como transcurre el tiempo y su lentitud hiperrealista, y a la vez la espera y decisión existencialista de la pareja protagonista y la forma cómo se liberan de su destino y fatalidad. Sobre todo su minimalismo, el blanco y negro, la fatalidad de los protagonistas, la indiferencia del pueblo, y la liberación de la tragedia a la que estaban sometidos ambos. Y sobre todo el lento paso del tiempo, minuto a minuto, hora a hora, en las manecillas del reloj que es una presencia permanente en la cinta, aunque se vea poco o no se vea. Como en La hora del lobo de Bergman: cuando los protagonistas de la cinta se preguntan cuánto realmente demora en pasar un minuto, segundo a segundo, cuando la angustia es la clave del tiempo y su transcurso.
El gesto de Gary Cooper al final de la película de tirar su estrella del poder del Sheriff a las calles polvorientas y desamparadas del pueblo, no significa, creo, un gesto contra los habitantes del lugar, sino la liberación del ethos trágico del deber ser del sheriff y la posibilidad de irse a buscar otro destino con su mujer, finalmente la fuerza del deseo amoroso, por el cual se abre el horizonte, como decía John Ford (interpretado por la última aparición de David Lynch en la pantalla grande) al joven aspirante a cineasta en The Fabelmans, ese bella autobiografía cinematográfica de Steven Spielberg, que “debía situarse un horizonte”, siempre más arriba del sesgo de la mirada.
Si Bergman hubiese filmado un western, sería este.











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