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La paradoja del extremo

Cuando el Opuesto Revela su Propio Contrario y el Péndulo Histórico Oscila


La convicción de que lo opuesto a algo "malo" debe ser inherentemente "bueno" es una falacia arraigada en el pensamiento humano, una simplificación binaria que se desmorona ante la complejidad de la realidad. Esta trampa conceptual revela una profunda interconexión entre los polos aparentemente antagónicos, donde el principio de la enantiodromia –la inevitable transmutación de los extremos en sus contrarios– se manifiesta como un patrón recurrente en la psicología individual y en los vastos ciclos de la historia social.


En la esfera personal, esta paradoja se evidencia en la mujer que, harta de la "debilidad" de un primer cónyuge, busca la "fuerza" en el segundo, solo para descubrir que la rigidez de esta nueva cualidad puede derivar en autoritarismo o inflexibilidad. La búsqueda de un opuesto absoluto a menudo trae consigo una nueva manifestación del mismo problema subyacente. En el ámbito de la terapia sistémica, esta dinámica se encapsula en la idea de que "el problema es el problema y sus intentos de solución"; es decir, las acciones emprendidas para resolver una dificultad, si se basan en la simple inversión de una condición, no solo son ineficaces, sino que se convierten en parte de la estructura que perpetúa la dificultad, atrapando al individuo en un bucle recursivo. El padre de la cibernética, Norbert Wiener, nos enseñó cómo los sistemas se mantienen o se desvían a través de bucles de retroalimentación. Cuando los intentos de solución se convierten en retroalimentación positiva, amplifican el problema, creando una espiral ascendente de disfunción que empuja el sistema hacia un extremo aún mayor.


A nivel social y político, la exaltación de contrastes radicales ha sido una técnica propagandística milenaria. La disyuntiva nazi "¿Nacionalsocialismo o caos bolchevique?" buscaba limitar las opciones para forzar una elección "obvia". Sin embargo, la historia nos enseña que tales extremos rara vez permanecen estáticos. Fue Heráclito quien primero articuló la enantiodromia, y C.G. Jung la expandió a un mecanismo psicológico fundamental: "Todo extremo psicológico contiene secretamente su propio contrario o se halla a su respecto en una íntima y esencial relación". Esta ley psíquica sugiere que la posición más extrema es la más susceptible a una reversión. Las oscilaciones históricas abundan: del helenismo espiritual a la irrupción caótica, de la idealización femenina en la era trovadoresca al horror de la caza de brujas; donde María y la bruja representaban polos antitéticos de la feminidad, pero coexistían como una "pareja de contrarios".


En las últimas décadas, el mundo occidental ha estado dominado por un pensamiento racional-técnico y ha disfrutado de una fase democrática relativamente larga y estable, aunque no exenta de contradicciones. Sin embargo, en los últimos años, observamos señales cada vez más claras de una posible enantiodromia, donde el péndulo parece oscilar dramáticamente hacia sus opuestos.


La emergencia y consolidación de figuras como Donald Trump en la política global son un claro ejemplo de este giro. Su ascenso no se basó predominantemente en la racionalidad política o en propuestas complejas, sino en una apelación directa y visceral a las emociones, el resentimiento y el malestar popular. La retórica de Trump, caracterizada por su carácter disruptivo, confrontacional y a menudo ilógico, logró movilizar a amplios sectores de la población que se sentían desatendidos por el establishment racional y técnico. Su estilo, que privilegiaba el sentimiento sobre el dato y la afirmación contundente sobre el argumento elaborado, desafió las normas democráticas establecidas y la lógica tradicional de la política. El sociólogo Ronald Inglehart ya había advertido sobre un "choque de culturas" entre valores racionales-seculares y tradicionales-autoritarios, que el populismo aprovecha (Inglehart & Norris, 2017). El proyecto "Varieties of Democracy" (V-Dem Institute) ha documentado un patrón global de retroceso democrático desde mediados de la década de 2010, con un aumento en las autocracias y la erosión de las libertades civiles y la rendición de cuentas.


Paralelamente, se observa un notable resurgimiento de creencias mágico-míticas y espirituales no tradicionales, especialmente entre las generaciones más jóvenes, un fenómeno que contrasta con la primacía histórica del racionalismo científico en Occidente. Plataformas como TikTok e Instagram están repletas de contenido sobre astrología, tarot, manifestación, brujería moderna y diversas prácticas esotéricas. Encuestas muestran esta tendencia: un estudio de Pew Research Center (2018) reveló que un porcentaje significativo de adultos estadounidenses creen en fenómenos como la astrología o la comunicación con los muertos, y que estas creencias son particularmente prevalentes entre los jóvenes y las mujeres. Otro informe de la Universidad de Chicago (General Social Survey, 2022) indica una disminución en la afiliación religiosa tradicional, pero un aumento en las creencias "espirituales pero no religiosas", incluyendo la astrología y el destino. Este renacimiento puede interpretarse como una respuesta compensatoria al exceso de racionalidad y materialismo, una búsqueda de significado, conexión y control en un mundo que a menudo se percibe frío, incierto y dominado por la ciencia y la tecnología. Es la irrupción de lo intuitivo, lo simbólico y lo arquetípico, un contraste enantiodrómico a la desmitificación extrema de la Ilustración y el cientificismo.


A este panorama se suma una creciente ola de negacionismo y teorías conspirativas que desafían el consenso científico y la evidencia empírica. Fenómenos como el terraplanismo o la negación de que el hombre llegó a la Luna son ejemplos patentes de cómo un segmento de la población opta por rechazar narrativas establecidas, independientemente de la abrumadora cantidad de pruebas que las sustentan. Estas creencias no se basan en la lógica o la razón, sino en una profunda desconfianza hacia las instituciones (científicas, gubernamentales, mediáticas) y en una adhesión a narrativas que, aunque carentes de fundamento empírico, ofrecen una sensación de coherencia, pertenencia o revelación oculta a quienes las adoptan. Un estudio de YouGov (2018) en Estados Unidos, por ejemplo, encontró que un porcentaje sorprendente de millennials creía que la Tierra es plana, o al menos no estaba completamente seguro de que fuera esférica. Esta tendencia refleja no solo una erosión del pensamiento crítico, sino también una privilegiación de la convicción personal y la "verdad alternativa" sobre la objetividad y el conocimiento validado.


Esta adhesión a "verdades alternativas" no es solo un error cognitivo, sino un fenómeno tribal que puede ser entendido a través de la Teoría Mimética de René Girard. Si asumimos que el deseo humano es fundamentalmente mimético, la radicalización de un extremo puede invitar a una radicalización opuesta por imitación del deseo o el rechazo, creando una espiral de polarización. La búsqueda de la verdad, o incluso de la certeza en el caos, se convierte en un objeto de deseo que se imita y se amplifica dentro de grupos específicos, blindando a la tribu contra la evidencia externa.


Asimismo, el filósofo contemporáneo Byung-Chul Han nos ofrece una crítica punzante a la sociedad del rendimiento y la violencia de la positividad. Si el extremo racional-técnico nos llevó a una autoexplotación y un agotamiento bajo la premisa de que "todo es posible", la enantiodromia podría manifestarse en un escape hacia lo irracional o lo emocional como una forma de resistencia al imperativo de la optimización constante, o como una consecuencia paradójica del propio sistema que promete una felicidad y un control inalcanzables.


En conclusión, la enantiodromia nos proporciona una poderosa lente para comprender los vaivenes de la historia y la psique. Nos advierte que la obsesión por un extremo, ya sea la racionalidad o la emoción, la democracia o la autocracia, el conocimiento científico o la creencia sin fundamento, siempre encierra la semilla de su contrario. La aparición de líderes que explotan lo emocional, la revitalización de lo mágico-mítico y el auge del negacionismo no son meras anomalías, sino posibles manifestaciones de un péndulo que, habiendo alcanzado un extremo, inicia su "carrera hacia el contrario".


En este contexto, las ideas de Maturana y Watzlawick cobran una relevancia fundamental para no ser arrastrados por la oscilación. Ambos nos enseñaron que la realidad no es un ente objetivo e independiente que simplemente percibimos, sino una construcción activa que emerge de nuestras interacciones, nuestro lenguaje y nuestros marcos conceptuales. Watzlawick, en particular, destacó cómo nuestras "soluciones" a los problemas a menudo se basan en una comprensión limitada o errónea de la realidad que nosotros mismos hemos ayudado a construir, creando así los "problemas indisolubles".


Desde esta perspectiva, la enantiodromía se intensifica cuando nuestras construcciones de la realidad se vuelven rígidas y excluyentes, polarizando el mundo en binarios irreconciliables. Si la "verdad" de un extremo se percibe como la única posible, y la del contrario como una "mentira" absoluta, el diálogo se rompe y la oscilación se hace más violenta. La verdadera sabiduría, como sugiere esta dinámica, no reside en la adhesión rígida a un polo ni en la imposición de una única "verdad", sino en la capacidad de reconocer la interconexión de los opuestos, de comprender que nuestra percepción y acción contribuyen a la realidad que observamos, y de buscar un equilibrio dinámico que trascienda la trampa de la polarización extrema. Esto implica una humildad epistemológica: la aceptación de que nuestras construcciones de la realidad son precisamente eso, construcciones, y que la coexistencia de múltiples perspectivas puede ser, paradójicamente, el camino hacia una comprensión más completa y un futuro más adaptable.


Con todo esto en mente, y considerando la implacable oscilación del péndulo histórico, ¿alguno se quiere aventurar a una predicción sobre lo que podría venir o estar en camino?

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