UMMI, una historia de la migración palestina
- Andrea Kottow

- hace 4 días
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Cuando veía a Isabel Baboun caminar por los pasillos de la universidad me quedaba fascinada mirando su cabello. Esos rulos perfectos, negros, brillantes, bucles unos amontonados sobre otros. En algún cóctel con la soltura de una copa de espumante en mano, le pedí si podía tocar su pelo. Y me dijo que sí, riendo. Evoco esta escena, porque la recordé al leer un pasaje de su libro. Su madre, una mujer descrita como muy hermosa, de ojos verdes, que trabaja algunas veces de modelo para publicidad, le cuenta a su hija una escena de una sesión de fotos: “Ese día, cuando me tomaron las fotos, no me supieron peinar. Y con pesar acusa injusticia, lo que hicieron con mi pelo, dice. Liso, cuando yo soy crespa. Liso, cuando yo merecía bucles despampantes perfectos armados. Liso, ¿te da cuenta?, cuando verse como la Monroe es su sello personal. La única que sabe tratarse el pelo como le gusta es ella.”
El pelo liso corresponde a un ideal de belleza de una época y de una cultura, que dominaba también en Chile. Alisar el pelo de una mujer de origen palestino es adaptarla a la cultura imperante en el país de allegada, es convertirla, en un punto, en otra. Migrar conlleva la adaptación y la pérdida de lo que se trae de otro lugar. Migrar trae consigo generar nuevos híbridos, que mezclan retazos de lenguas, elementos extraídos a contextos divergentes, sabores y aromas que provienen de lugares de orígenes diferentes, crear amalgamas nuevas, que solo se hacen posibles por la superposición que emerge entre lugares.
También interesa este pasaje de los cabellos alisados de la madre, porque justamente esta fotografía de ella retrata a una mujer ya madura en ropa interior. El hermano de la madre, el tío de la narradora, a quien llaman en la familia “el moralista” le reprocha este acto con las palabras “dónde quedó tu vergüenza”. La imagen, entonces, provoca una doble expulsión: el pelo liso y un cuerpo semidesnudo hacen de una mujer de rasgos semitas una modelo a quien sonsacan los rulos para que su físico se occidentalice, y un integrante de la familia le advierte que el no cumplir con ciertos mandatos de recato, puede significar el repudio del clan. Uno marcado por el machismo, y en el que la violencia doméstica no es extraña de encontrar.
Migrar es quedar en un espacio intermedio. Es habitar más de un lugar y es asimismo no habitar en ninguno del todo.
Vuelvo a la imagen de los bucles, porque el libro de Isabel opera en su estructura y su estilo desde una forma que puede ser graficada con la imagen de una cabello lleno de rulos, y leerlo es ir agarrando un bucle y tirar de él y dejarse llevar por su trayectoria, la mayoría de las veces incierta, pues puede enredarse con otro bucle o tener un fin inesperado.
El libro que presentamos hoy cuenta la historia o intenta hacerlo, de la familia de quien narra. De la migración de su familia, que tanto por el lado materno como paterno, proviene de Palestina. Pero para contarla debe instruirse, debe entender o tratar de hacerlo cómo, cuándo y por qué migran los palestinos y otros árabes a América. Por qué puertos salen de Europa, por qué puertos entran a América; a qué actividades económicas se dedican, qué saberes traen de los lugares de los cuales salieron, de qué ciudades salen y en qué ciudades se asientan, qué barrios habitan. Se trata, entonces, de un texto que incursiona en varios géneros; porque la historia que quiere contar no cabe dentro de uno solo. Porque la historia de los inmigrantes palestinos es necesaria de atender para intentar entender la historia de su familia, y la historia de su familia es necesaria para comprender la suya propia. Y entender la historia de los palestinos en Chile es leer y es escuchar, es mezclar tradiciones letradas con el relato oral de historias.
La genealogía familiar y la necesidad de re/construirla es un tema literario muy antiguo. Recuérdese la escena del joven Telémaco, hijo de Odiseo, que al comienzo del poema es un adolescente melancólico, que no conoció a su padre, que solo sabe de las historias de sus actos heroicos a través de bocas de otros, y que es incapaz de hacerse cargo de la situación anárquica que acecha a la ciudad. Es necesario que la diosa Atenea lo empuje a salir de Ítaca a buscar a su padre, a enterarse acaso vive o no. El viaje que emprende Telémaco para conocer la historia de su padre es un acto que implica un encuentro consigo mismo. El final de la Odisea está marcado por la lucha que padre e hijo realizan juntos, codo a codo, y recuperan su hogar y restauran el orden de la patria. Acá la genealogía familiar se nos presenta en su variante épica. La sustracción que padece Telémaco al comienzo se sella con plenitud al final del relato.
Claro está que los tiempos no están para genealogías épicas; sobre todo cuando se trata de una cuyas protagonistas son palestinos. En esta genealogía, los vacíos permanecen. La historia oral se urde así: con recuerdos fragmentados y contradictorios; lo que recuerda el tío Jacobo quizás no coincida con lo que recuerda el tío Zorba o la tía Malena. O puede incluso contradecirse. Las versiones conviven, se barajan, se desechan, se pierden. Las fuentes se difuminan en un vago: dice mi madre que, recuerda el tío que, contaba la abuela que. Los documentos suelen ser escasos: un par de fotografías, una que otra carta, a veces documentos oficiales de las oficinas de migración. El deseo de grabar para superar la fragilidad de la memoria, la resistencia de familiares que prefieren la ambivalencia de la palabra dicha a la registrada por un aparato técnico. Así esta genealogía, como otras que pueblan el mundo literario contemporáneo, se atraviesan de vacíos, que son efectos del olvido y de la pérdida, pero también de los traumas familiares e históricos, de las heridas y cicatrices que va sembrando la historia con mayúscula y con minúscula en las vidas y cuerpos de hombres y mujeres. Y también son parte propia de la opacidad del lenguaje; porque la vida no cabe, al menos nunca del todo, en las palabras.
En la novela Nada se opone a la noche de Delphine de Vigan, la narradora busca las claves del suicidio de su madre y para ello hurguetea en el pasado y sus registros; antiguas grabaciones, cartas olvidadas en viejos cajones, pero también conversaciones en presente con tíos y tías, algunos cansados de habitar el pasado. La negación de hablar. O hablar y callar o acallarse; decir y desdecirse; interrumpir la grabación, cambiar los nombres, como acuerda la narradora con sus familiares que se escudan detrás de otros nombres como si con ello se arroparan ante el peligro inminente de la exposición en un libro.
El libro de Isabel Baboun está hecho de varios materiales, de muchas voces, que se intercalan y entretejen. Así como hay una parte importante de los relatos que hace confluir en el libro que provienen de la oralidad, un recurso importante es que parece emular la reiteración propia de la tradición oral. Repetir para no olvidar; combatir la amenaza de una memoria insuficiente con la insistencia. Reiterar hechos, fechas, acciones. Como las ciudades Belén, Beit Yala y Beit Sahur, de las cuales proviene la gran mayoría de los inmigrantes palestinos que llegaron a Chile. Un mantra que se repite en tanto forma de inscripción en la historia. Un nombre que contiene un origen diseminado en las biografías de varios y varias.
Se lee al comienzo del capítulo 12 de la primera parte del Ummi:
“Hannin es una palabra árabe que quiere decir nostalgia, tristeza. Muhinne, otra palabra árabe que también refiere al sentimiento de echar de menos a alguien o algo, echar de menos eso que se tuvo o que se tiene. Hannin y muhinne expresan el anhelo de lo que se tiene o que se tuvo. Hannin y muhinne quieren decir, desde su raíz, nostalgia y tristeza.”
Así como el trauma puede ser heredado, de generación en generación, pienso que la nostalgia por el lugar abandonado puede también adherirse a quien no vivió en carne propia el éxodo. Las historias de las familias suelen mostrar esta extraña forma que tenemos de contener en nosotros los retazos de las historias de nuestros padres, de nuestros abuelos, etc.
Por ello escuchar y retomar, relatar y narrar no es fácil y en un punto quizás, una empresa que debe contener en sí la conciencia de sus propios fracasos: el libro de Isabel, sin lugar, la tiene, lo que lo vuelve hermoso y envolvente. Porque duda de sí, y sabe que las historias nunca se completan, nunca pueden cerrarse, quedan rebotando en su ambigüedad.
En la segunda parte de la novela, la narradora cuenta de unas visitas que hace a la Unión Árabe de Beneficencia de Santiago, en la comuna de San Miguel. Con un grupo de adultos mayores lee el cuento “El huésped” de la escritora mexicana Amparo Dávila. Las opiniones divergen: “no entendí”, ¿quién es el huésped? ¿Es un animal? ¿Es acaso el propio marido?
La narradora concluye; “No llegamos a consenso. ¿Y no se trata de eso? ¿De no consensuar nunca y menos de concluir cuando se trata de una historia?”
Mientras preparo estas líneas para compartir el día de hoy, leyendo de familias palestinas que se embarcan en Génova y llegan al puerto de Buenos Aires, recuerdo a una amiga cuya madre llegó a Chile, siendo niña, junto a su familia, proveniente de Beit Jala. En un viaje que realiza mi amiga a Buenos Aires, visita el Museo de la Inmigración, situado en las instalaciones del ex Hotel de Inmigrantes. Consulta los archivos que ahí se encuentran para hallar la ficha migratoria de su familia materna, de apellido Abu Gosh. Para su decepción, no la encuentra. Lo que sí encuentra a cambio y me la envía es la ficha migratoria de mi familia paterna: son tres los inmigrantes: Ernst Kottow, Herta Kottow –los padres de mi padre- y él mismo, Michael Kottow, de 8 años. De nacionalidad Palestina, como consta en el registro. Su travesía marítima es de Génova y llegan a Buenos Aires. Luego seguirán viaje a Valparaíso y arribarán a Santiago. La fecha de llegada es el 22 de agosto de 1947. No es muy difícil adivinar que no se trata de una familia palestina, sino de una judía, que sale de Palestina antes de la creación del estado de Israel.
Escribe la narradora: “El 15 de mayo de 1948 mis abuelos llegan en barco a Buenos Aires. Mi abuelo ya sabía que había pariente suyos en Chile, amigos en Quillota, Valparaíso,… Y entonces llegan a Santiago.
¿Tenía pasaporte palestino?
¡Mi abuelo? No sé
…
Entonces, tus abuelos llegan con pasaporte… Con el del protectorado británico. Así llegaron todos los de mi familia con un pasaporte que decía Palestine pero bilingüe, del mandato británico.”
Igual que el pasaporte con el cual entraron los miembros de mi familia. Como dice Margo Glantz en su libro Las genealogías que rastrea las raíces de su historia en Centroeuropa, escribe: “Y todo es mío y no lo es y parezco judía y no lo parezco y por eso escribo –éstas- mis genealogías.”
Las historias de los migrantes suelen, en muchos sentidos, parecerse. En todo lo que se les sustrae, lo que no está y se encuentra irremediablemente perdido, en la oralidad que se vuelve el soporte débil sobre el cual construirse, en las pérdidas continuas, en la necesidad de adaptación y supervivencia.
En este sentido, el libro de Isabel Baboun se entrega sin simplificaciones a las complejidades de una historia de inmigrantes, que es la de su familia y de muchas más, y que es contada a muchas voces que encuentran eco en estas bellas páginas, que solo me resta encomendarles, a quienes aún no lo leen, muy encarecidamente.
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