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Una aguja imposible de perder

Una de las tantas cosas en que pienso mientras bordo, es en todas las agujas que he usado. ¿Dónde estarán? Intento acordarme sin suerte. Aunque parezca una banalidad, las agujas son dignas de ocupar mi pensamiento: cada aguja es distinta a la otra. No siempre son igual de puntiagudas o igual de suaves. Creo que puedo recordar con claridad dos: una chica que tenía un pequeño defecto que hacía sonar la tela como si tuviese un nudo y otra muy filosa y puntiaguda, que me hacía mierda los dedos. Pero no logro acordarme de otra.


Lo que sí me intriga, es dónde estarán todas las agujas que he usado y perdido. Sé que tengo dos que están en mi billetera, enganchadas, por si se me pierde la que estoy usando. En resumen, he comprado al menos 5 paquetes de agujas, donde vienen en promedio 12, o sea aproximadamente 60 agujas y ahora solo me quedan 7 (contando las de la billetera). Ni idea dónde podrán estar las otras o dónde las habré abandonado… A veces creo que simplemente desaparecieron o se desintegraron. Esa idea me deja más tranquila, ya que perder agujas así por la vida se me figura peligroso.


Hace unos días mi hermana se pegó en un dedo del pie. Se le puso todo morado, morado con vetas negras. Era asqueroso. Yo estaba segura de que se lo había quebrado, pero el resultado de la radiografía mostró que solo era un esguince, y que gran parte de ese moretón solo era sangre acumulada. Los huesos estaban perfectos, se notaban impecables.

Sin embargo, la magia de la radiografía nos reveló un hallazgo prodigioso: una aguja. Mi hermana, en algún momento de su vida, pisó una aguja que se quedó atrapada en su pie para siempre.


Nadie en mi familia, o sea ni mi papá ni yo, nos acordamos de cómo esta aguja llegó hasta ahí, no recordamos algún momento de dolor, gritos, sangre o algo parecido. El doctor dejó en claro que esa aguja llevaba muchísimos años en ese pie, incluso décadas. También nos comentó lo peligroso que pudo haber sido si su cuerpo no la hubiese “asimilado” o “aceptado”. La aguja era ya parte del cuerpo de mi hermana, para siempre.


Cuando me enteré de esto, claramente me conmovió. Me pareció fantástico saber que adentro de un pedazo de carne humana había una aguja en perfecto estado, con el ojal a la vista, todo recubierto por tendones y músculos fibrosos. Me pregunté cuántas veces esos pies anduvieran pisando la vida con esa aguja adentro, cuántas veces nadaron, saltaron, se cortaron las uñas, se pusieron zapatos y calcetines…

Confieso que ahora miro a mi hermana con otros ojos. Ella tiene un tesoro: una aguja adentro de un pie. Una aguja metálica perfecta, en desuso. Imposible enhebrarla, imposible coser con ella, imposible sentir su suave metal y su terrorífica punta. Una aguja imposible de perder.



Estefanía Tarud

Artista visual. Actualmente realiza obras contemporáneas utilizando bordado.




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