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Goethe: “Pensar es más interesante que saber, pero menos que ver”. Faltó advertir que pocos acceden a visiones capaces de exceder el interés del pensamiento o el rigor del conocimiento. ¿Quién ve, cuando lo que se ve es tan singular que excede todo lo demás? Descartes hizo famoso el “pienso, luego soy”, pero nadie retrucó “veo, luego existo”. Quizás porque en la visión no es uno, o yo, quien se lleva los créditos: pareciera, más bien, que al vidente le toca la suerte de mirar en el momento justo en que aquello que ve se desprende de sus velos. No somos agentes sino apenas testigos, y no porque lo queramos sino porque es lo visto quien elige ser atestiguado para que nada le falte. De vuelta de esa visión tendremos que decir que nos tocó, que justo pasábamos a esa hora, y que por azar tuvimos que oficiar de escribas allí donde algo se dejó ver. Pero en rigor nadie ve: la visión nos suprime primero, vacía el recipiente, recala en nosotros a la pasada, hace su pausa en nuestra retina, nos abandona sin remilgos, se desintegra en el aire.

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