Las Cleopatras en el museo: el sacrificio de la divas
- Rafael Gumucio

- hace 17 horas
- 3 Min. de lectura
Dos cuerpos posan en una sala de un museo. Nada hay de extraño en eso. Las paredes de la sala en que posan están llenas de desnudos. Aunque, primera señal de algo raro, los variados pintores que las retratan evitan pintar esos cuerpos expuestos, entregados, crucificados y perdonados. Dos cuerpos de divas y de madre, de estrella muerta y resucitados que obedecen a la voz de otra mujer, una de ellas, una de las Cleopatras, ese mítico colectivo de arte que irrumpió en la escena siempre solemne y triste del arte chileno sin pedir perdón por su evidente belleza, su origen social favorecido y su amor al maquillaje, el artificio y por cierto el rock y su encarnación chilena, nada más y nada menos que Jorge González, el autor de todo su repertorio de escasas pero imprescindibles canciones.
Patricia Rivadeneira y Tahía Gómez posan. Cecilia Aguayo articula desde la música. Jacqueline Fresard dibuja. Cuarenta años de amistad condensados en treinta minutos de performance. Se exponen, se entregan, se sacrifican como lo hizo la propia Cleopatra hundiendo su mano entre los higos donde la esperaba una serpiente, para exorcizar para siempre la vergüenza que inmoviliza la mayor parte del corazón de los chilenos. Los espectadores evitan sus cuerpos en carne viva, marcados, elegidos, olvidados, deseados tanta veces, demasiadas veces para conseguir ser del todo inocente. Aunque es eso lo que fascina más de la instalación, su salvaje inocencia.
Aquí son ellas quienes orquestan la mirada. Son ellas quienes deciden cuándo cambiar la pose, qué mostrar, qué ocultar. Los pintores, por primera vez quizás, son los instrumentos, no los creadores de la imagen. Las Cleopatras no posan para ser inmortalizadas; posan para demostrar que ya son inmortales, que sus cuerpos como tiempo han atravesado el milenio.
"Los hombres miran a las mujeres, las mujeres se miran a sí mismas siendo miradas."—recita Cecilia Aguayo un texto de John Berger que resume tan bien la paradoja del desnudo femenino. Un desnudo que se mira en la mirada que lo mira. En la mirada que ve en ese desnudo cualquier cosa menos el cuerpo sin ropa, la armazón biológica de un ser humano sino la frontera de todos los mitos, la prohibición de tantas religiones, el altar donde se enciende y apaga la mayor parte de los corderos sacrificiales.
Cubiertas por unas batas blancas recitan un texto que es un inventario brutal de la vida real: "la vi parir, acunar, sufrir", "la vi convertida en puta, en madre y en esposa", "la levanté cuando la metieron presa". No es la mitología romántica del underground. Es el registro crudo de lo que significa ser mujer, ser artista, ser marginal y central al mismo tiempo en Chile. Compartieron "ropas, calzones y novios". Para ellas se escribió Corazones Rojos de los Prisioneros. Caminaron juntas por la Alameda cuando ganó el No. Se emborracharon cuando vino el Papa. Un año no se hablaron por una traición. Son los detalles mundanos que constituyen una vida, que constituyen un cuerpo, que constituyen el tiempo. Su tiempo y el nuestro, que es tambien el de estas “niñitas bien” destinada a un marido y alguna profesión que es más bien un pasatiempo y que atravesaron al otro lado de la cuidad y del mundo, que destituyeron el lugar asignado sin renunciar al brillo de rouge labial y las medias caladas, a la inmoralidad de la belleza que te convierte en una proyección que salva, en una fantasía que libera o aprisiona, en una obra que delante de nuestros ojos escapa a ser captada del todo.
"Estos cuerpos como tiempo han fracasado, han llorado y han triunfado". No hay heroísmo épico aquí. Hay la simple dignidad de haber sobrevivido, de haber permanecido juntas, de haber creado belleza en los márgenes y ahora, por 30 minutos, en el centro. Estos cuerpos que se han entregado a nuestros ojos y escarnio, a nuestras cárceles, a nuestras portadas, a nuestros aplausos y a nuestro desprecio, no son solo cuerpos. Son archivos vivientes del Chile de los últimos 40 años. Han atravesado la dictadura, la transición, el estallido. Han visto morir y renacer la escena cultural santiaguina mil veces. Han sobrevivido a la gentrificación de Bellavista, a la criminalización del transformismo, a la institucionalización del arte. Y sin embargo, siguen ahí, "inmortales, inmorales, ingrávidas, inexistentes" como dicen ellas mismas. En el universo del museo, rodeadas de pinturas que intentan capturar la eternidad, las Cleopatras demuestran que la verdadera eternidad está en el cambio constante, en la pose que dura tres minutos, en el cuerpo que es tiempo y que atraviesa el tiempo.
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