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Me sorprendo asintiendo ante otro que argumenta, sin prestar atención a lo que dice. A veces el gesto de asentir es una disposición de cortesía con el interlocutor, pero de escasa consideración a lo que nos comunica. A veces, también, es la forma más expedita de dejar la cara estampada en la puerta de entrada ante un posible predicador que insiste en ser oído, mientras el pensamiento aprovecha el biombo de esa mirada cortés para retirarse, sin hacer olas, a sus impasibles aposentos.

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