Dice Epicuro que la muerte es algo no debemos temer porque, mientras somos, la muerte no es y cuando la muerte es, nosotros no somos. Pero no es sólo la muerte, sino también el trance de morir, lo que nos queremos saltar. “Todo lo que deseo para mi propio entierro es que no me entierren vivo”, pedía Chesterfield. Imaginamos con mal augurio que el morir tiene algo de ser enterrado vivo: que hay un momento, de extensión incierta, en que todavía somos nosotros y la muerte ya es más grande que la vida. No queremos concederle espesura a ese umbral del tiempo en que la puerta se cierra, porque intuimos que no hay espacio dentro y sin embargo aún estamos ahí. ¡Por favor, imploramos, cuando nos encandile el morir, que la muerte dé un portazo y apague la luz!
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