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A quien ya se asoma a su vejez, le acomoda una buena dosis de olvido para viajar con soltura por el trecho de camino que falta. Se necesita más ligereza cuando lo que queda se angosta. Contra esta lógica, es cada vez más lo que se junta sobre la espalda de lo vivido. Mucha memoria con poco porvenir: es como tener que cargar, en adelante, un montón de vidas truncadas en el pasado, y que a la vez multiplican entre sí todo lo que cada una pudo ser y no fue. Mala suerte o error de diseño: un futuro breve, y poblado desde atrás, parece doblemente breve. A menos que ese futuro se abra a lo ancho, y sean todas estas biografías truncas, ahora vividas como paralelas, las que tienen algo pendiente por vivir, algo que pudo ser y no fue, y que en algún lugar del pasado saltó disparado por la ruleta del destino. Tal vez quepa infundir, en lo que queda, esa borrasca de lo casi vivido, hecha de tantas posibilidades que se extraviaron en caminos que no fueron. Que la lentitud a lo largo se cruce con esta profusión a lo ancho, como el aleteo febril de un colibrí que parece inmóvil, y va uniendo los extremos de la velocidad y el reposo.

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