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Encontrarse de casualidad en una esquina con quien te había tocado compartir momentos muy esporádicos en tu vida, unos pocos que puedas recordar y que probablemente fueron amenos pero nada significativos, encontrarse allí, digo, en esa esquina, con quien guardas simpatía pero nunca tanto como para referirte a ese otro como un amigo, abrazarse espontáneamente, considerar el abrazo como parte posible de esa proximidad discreta, y, de manera un tanto imperceptible, ir más allá del abrazo comedido que uno esperaría, o que el otro esperaría, considerando que son conocidos pero nunca tanto, abrazarse, digo, y permanecer allí con los brazos claramente rodeándose las espaldas, las palmas de las manos adheridas a esos omóplatos, poseyéndolos sin disimulo, por más que sea poca la confianza, sostener ese momento plegados, torso con torso, llevarlo a una duración que no guarda proporción con el afecto moderado que, de acuerdo a tu memoria, los une o más bien los distancia, reposar en ese abrazo al punto en que se insinúa una desproporción, un entusiasmo que se podría malinterpretar aunque nada haya para malinterpretar, porque sólo ocurre que ambos, sin decirse una palabra, coincidieron al ir un poco más lejos en expresar lo que un abrazo puede llegar a expresar, obviaron, digo, sin razón aparente, ese punto en que habría que empezar a soltar al otro, retomar la distancia entre ambos o esperar del otro que suelte, ceda un poco, digo, no se sabe quién decidió y quién consintió, en medio del abrazo, desentenderse de esa compostura, quién fue, si acaso fue uno de los dos, el de este gesto, el paso adelante, la prodigalidad casi ofensiva de seguir abrazados un buen rato, un poco extraño, cierto, pero pensándolo bien, por qué no.

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