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Escribir es acompañarse. Pero es también quedarse solo, abrir el mundo y encontrar, bajo su delgada superficie gregaria, un desierto para que allí las palabras vuelvan a unirse, aunque de manera distinta. Lo que acompaña en la escritura, ejercida en soledad, es esta otra organización de las palabras que figuran sentidos y trayectorias paralelas, y que en esa liturgia subterránea no necesitan presumir de realidad. Palabras que ante todo consuelan porque devuelven, a quien las escribe, un eco de multitudes igualmente imaginarias, igualmente solitarias.

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