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De esa lucidez voraz, que incendia lo que alumbra, puede decirse lo mismo que de aquel que, atrapado por una tormenta de arena en el desierto, abre bien los ojos para avistar hacia dónde huir. El desenfreno en esa lucidez, que se resiste a parpadear en su afán de no perderse nada, adivina por debajo un fondo de marismas, por arriba remata en una tormenta de cenizas. De ambos secuestros sólo puede rescatarla una piedad súbita y temeraria, como salida de los matorrales, y que nada le debe a la lucidez.

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