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El misterio castiga la ansiedad con que es buscado. No bien percibe ese jadeo, se ovilla y guarda. Le irrita el asedio o la súplica. Se siente más a sus anchas con quien lo aguarda sin urgirse, en lo posible sentado bajo un cobertizo de hojalata, en medio de la tormenta, de brazos cruzados y con la cabeza entre las rodillas. También él, ovillado.

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