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Alfonso Alcalde: incendiario



Dos mitos clásicos y dos momentos de una misma vida. Porque a la realidad le gustan las simetrías y los anacronismos. Los mitos, más o menos conocidos: Prometeo, según sabemos, roba a los dioses el fuego del Olimpo para entregárselo a la humanidad. El castigo, como si de una historia de cirrosis se tratase: Zeus lo encadena a un monte en el Cáucaso y manda un ave a comerle el hígado, que todos los días se regenera para ser devorado nuevamente. Prometeo encadenado por usurpación. Segundo mito: Eróstrato, nacido en Éfeso, decide quemar el templo de Artemisa para ser conocido en el mundo entero. Luego de ser capturado, es torturado y obligado a confesar: Eróstrato, incendiario inmortal.

Dos momentos de una vida, dos fuegos y dos lecciones radicalmente distintas. En 1947, Alfonso Alcalde escribe y publica, con ayuda de Neruda, Balada para una ciudad muerta. Tenía 26 años y un mundo inmenso por delante. El libro, por cierto, fue publicado en Nascimento con grabados de Julio Escámez y un prólogo del propio Neruda. Alfonso Alcalde, sin embargo, arrepentido o lleno de pudor, decide quemar la mayoría de los ejemplares e invita a un grupo de amigos a contemplar el espectáculo: cinco litros de vino y cinco litros de parafina. No sabemos qué lección sacó de esto. Quizá ninguna. Una cosa es cierta: no volvió a repetirlo. Otros lo harían por él. Pero vamos por parte.

Luego del incidente, Alcalde lo escribe todo: biografías, crónicas, guiones, obras de teatro, cuentos. Dirige por un tiempo la colección «Nosotros los chilenos» de Quimantú. Colabora activamente con el proyecto de la Unidad Popular. Nada humano le es ajeno: vemos su nombre en los créditos del documental Entre ponerle y no ponerle (1971) de Héctor Ríos, que muestra con crudeza el destino de los Prometeos tristes a los que hígado no se les recompone con nada; escribe los reportajes, a estas alturas clásicos, Comidas y bebidas de Chile (1972) y Reportaje al carbón (1973), publicados en la colección arriba nombrada. Hasta que llegó el golpe. Leamos al propio Alcalde en una entrevista aparecida el 88 en la revista Apsi: «Cuando vino el golpe, al día siguiente las fuerzas represivas de boinas negras, no, de boinas verdes, llegaron a mi casa y quemaron todo. Todos los documentos, fotos… todo». A la sazón, Alcalde estaba viajando a México. Su esposa, por teléfono, le contaba con terror: «En este momento aumenta la hoguera, siguen echando libros». Miles y miles de páginas de inéditos. «Por ironía del destino, ellos hicieron lo mismo que yo», confiesa Alcalde. ¿Se acordó de Neruda?, pregunta el periodista. «Me acordé».

Cuando Neruda supo de la bacanal pirómana, mandó a llamarlo. «Alfonso, ¿sabes tú quiénes queman libros? Los fascistas». Nunca volvieron a ser amigos.


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