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Mitigamos el sinsentido de la existencia con un ajetreo que lo mantiene a distancia. Lo ahuyentamos cada vez que sentimos su resuello en la nuca. Le anteponemos, a este sinsentido, un hormigueo de asuntos que nos mueven y cuya persistencia nos hace la vida tediosa. Pero con sólo alejarnos de ese trajín diario empezamos a reconocer, por el rabo del ojo, el taconeo del galope del sinsentido, la polvareda que levanta su manada. Y reculamos y nos afanamos en cavar una trinchera bajo nuestros pies que poblamos con los insignificantes compromisos que nos ocupan. Así pasan los años, mientras ensanchamos más y más la barricada contra el sinsentido, la extendemos hasta formar un círculo compacto en torno nuestro, no sea cosa que nos asalte por la espalda. En algún momento esta empalizada nos cerrará el espacio y hará más estrecho nuestro ajetreo. No importa. Tememos más vivir ese vacío que este encierro. Tratamos de olvidar que ese sinsentido es nuestra propia invención, sólo se hospeda en esta conciencia desbocada, no tiene otro asidero que el lenguaje del que estamos hechos. Lo que más nos hostiliza es parte de nosotros: la destreza para destruir coherencia y al mismo tiempo huir de esta devastación. Ya lo hemos puesto todo en la trinchera, no queda más de qué ocuparnos, tan sólo este pensamiento del sinsentido que, a medida que cerramos filas, vuelve a hacerse un espacio dentro.

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