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Jorge Teillier, omnívoro hasta 1973



La poesía de Jorge Teillier ha experimentado todos los estados posibles de la materia: antologada en volúmenes cuidadosamente curados y anotados con precisión quirúrgica, leída por Juan Cristóbal Guarello al comienzo de la transmisión de un partido en el estadio Germán Becker de Temuco, recomendada por Felipe Avello en su canal de YouTube, imitada hasta el hartazgo por cuanto poeta tuvo la buena o mala fortuna de nacer al sur del Biobío y también en algunas zonas olvidables del Maule y Colchagua, estudiada por tesistas de pre y posgrado en universidades públicas y privadas, citada en somníferas ceremonias municipales, transformada en canción folk, usada parcialmente como epígrafe para crónicas, novelas y libros de poemas; leída, en fin, por uno pocos o unos muchos, en provincias o capitales, en la pensión de un estudiante en Niebla o en la décimo tercera tertulia poética de las Juventudes Comunistas de Curanilahue.


Ahora quizá sea el tiempo de la prosa.


Esto lo decimos luego de terminar las más de seiscientas páginas de El mundo donde habito. Prosas completas, preparado con trabajo y amor encomiables por Ana Traverso y Ediciones UACh. Para quienes nos llevan la delantera en edad, parte de estas crónicas, ensayos y apuntes de lectura circularon previamente en un volumen más pequeño curado también por Traverso y editado por Sudamericana con el modesto nombre de Prosas. El mundo donde habito. El nuevo título triplica la apuesta y nos entrega un panorama mucho más definitivo del versátil trabajo desarrollado por Teillier en algo más de cuatro décadas. «La primera reseña literaria firmada por Jorge Teillier –escribe Traverso en el prefacio– se remonta al año 59, cuando tenía veinticuatro años y recién comenzaba a figurar en la escena cultural con sus dos primeros libros como carta de presentación». Para ángeles y gorriones (1956) y El cielo cae con las hojas (1958) son los dos volúmenes de poemas que, como el mismo Teillier lo cuenta en varios de los textos, fueron algo así como recopilaciones de poemas escritos de manera dispersa todavía sin un programa estético claro en el horizonte.


Con esto podemos empezar a elucubrar: luego de su infancia y adolescencia lautarina, Teillier llega, como muchos otros jóvenes de su edad, a estudiar a un Santiago que no era ni la sombra de lo que es hoy. Conoce y goza plenamente de un ambiente intelectual que está muy lejos de los centros comerciales en los que han transformado hoy a muchas universidades; estudia Historia en el Pedagógico y alcanza a terciarse con otros provincianos migrantes como Teófilo Cid y Rolando Cárdenas; escribe en medios masivos y revistas especializadas: El Siglo, La Nación, Las Últimas Noticias, Boletín de la Universidad de Chile, Mapocho y Anales de la Universidad de Chile.


Podemos empezar a elucubrar, decíamos, porque la cronología de textos permite intuir que Teillier madura su poética al mismo tiempo que va leyendo y reflexionando sobre obras producidas en lugares tan diversos como la Unión Soviética y San Javier de Loncomilla: mientras en una crónica de lectura apunta el carácter universal de la poesía de Blok, en otra señala la filiación estética de Jorge González Bastías con Francis Jammes. El radar teillieriano puede detectar con la misma precisión un submarino alemán, una falla tectónica y cardumen de merluzas. Sismógrafo hecho para grandes cataclismos y temblorcitos de poca monta, sus prosas nos muestran algunas constelaciones posibles del siglo veinte chileno: la banda negra de Neruda con su mausoleo de poetas que murieron demasiado jóvenes, el efecto Huidobro y sus fuegos artificiales parisinos, la huaso-vanguardia de Pablo de Rokha, las diferencias entre antologías como Selva Lírica y la polémica Antología de poesía chilena nueva organizada por Eduardo Anguita y Volodia Teitelboim. A pesar de llevar con conocido orgullo las credenciales de poeta de provincia, Teillier estaba agudamente al tanto de las discusiones estéticas y políticas de su época.


El mundo donde habito está organizado en cinco secciones generales: «Poetas de los lares», que agrupa sus ensayos seminales –el archiconocido «Los poetas de los lares», por ejemplo– junto a otros que perfilan algo así como su programa escritural; «Retratos», suma de perfiles literarios que van desde Ray Bradbury hasta Romeo Murga; «Leyendo a sangre fría», vasta zona de reseñas y críticas que nos muestran a un Teillier omnívoro, enfermo de literatura, lector de Obras Monumentales, novelas policiales, crónicas de viajeros y libros de mala fama como Raza chilena de Nicolás Palacios; «Confieso que he bebido», que agrupa algunos textos que aparecieron en el libro del mismo nombre publicado hace unos años por el Fondo de Cultura Económica, junto con otros de filo más pop: un homenaje a Gardel, un breve repaso por las historietas de La pequeña Lulú o la fascinación telemaníaca que produjo Heidi en sus primeros espectadores, acaso los primeros fuegos del éxito que luego tendría la industria cultural japo en este lado del globo.


La quinta sección es «Crónica del forastero», quizá el momento en donde mejor conversamos con un Teillier que nada tiene que ver con la caricatura del poeta engolosinado con las figuras ectoplasmáticas que surgen de los miasmas de la nostalgia. Lo leemos, por ejemplo, registrando con entusiasmo el triunfo electoral de la Unidad Popular en Lautaro: «Esto es un pueblo enclavado en una provincia donde la lucha contra la prepotencia derechista es tal vez más dura que en ninguna otra, porque los terratenientes aún se creen en los tiempos de nuestra Far West criollas, cuando nuestros grandes señores y rajadiablos eran dueños no solo de la tierra, sino que de la vida de la gente». Contra las acusaciones algo injustas de un Enrique Lihn que repartía disparos montado en el caballo del posestructuralismo francés, Teillier se nos muestra acá como sujeto político plenamente consciente del momento histórico en curso y del modesto lugar que ocupa en esa coyuntura: cronista, hijo de militante comunista, poeta quizá en último término y por si acaso. Despotrica contra el momiaje terrateniente y advierte también las complejidades de la reforma agraria de la UP en el sur, donde al conflicto por la tierra se le suma el racismo, que Teillier detesta y denuncia en varios textos, contra el pueblo mapuche.


Y en esa faceta civil es también un entusiasta del triunfo de Salvador Allende. En varias de las crónicas escritas en 1970 podemos leer, a pesar del escozor que le produce la cercanía con cualquier forma de poder –Teillier como el outsider de una película de Kaurismaki—, su compromiso con las transformaciones sociales en curso. Ve en ese movimiento revulsivo de las clases populares una potencia que desborda la chatura del carácter nacional. «Me gustó ir a mi pueblo en la hora del triunfo –escribe—. Se respira un aire nuevo hasta en las ramadas donde se cantaba Venceremos. Un aire nuevo que no soportan los momios que hablan de irse al extranjero […] Había un aire nuevo. Nuevo como la sangre bullente de las manzanas en chicha con la cual bebimos este dieciocho con los viejos amigos que esperaron y lucharon dieciocho años por el triunfo de Allende y la Unidad Popular».


Es probable que para Teillier el hombre nuevo de la vieja izquierda no lo encarnara el militante superpoderoso, sino un modesto parroquiano fiel a los bares de su pueblo natal. La desconfianza en las «amadas palabras cotidianas» desfondadas de sentido quizá lo salvaron de aspirar a cualquier clase de épica que lo arrancara de esa zona mansa en la que pareció vivir y escribir. O la suya tal vez fue la épica pequeña, el comunismo del hombre solo. Sin embargo, como bien advierten Traverso en el prefacio y Leonardo Sanhueza en su crítica publicada hace unas semanas en LUN, la dictadura fue un punto de inflexión vital y escritural, si es que ambas cosas pueden separarse. El volumen de crónicas que publicó desde ese momento se redujo drásticamente. Sus poemas se volvieron oscuros («No sé si recordarte / es un acto de desesperación o de elegancia / en un mundo donde al fin / el único sacramento ha llegado a ser el suicidio»). Teillier se enfrentó al tiempo de los asesinos. El omnívoro que fue hasta el 73 comenzó a perder el apetito. El golpe y la larga noche milica lo empujaron con demasiada fuerza hacia esa zona ruinosa de la historia donde anduvieron también sus poetas tutelares Trakl y Esenin.


Visto así, El mundo que habito es una forma de asomarse a cierta zona de la realidad que Teillier ilumina para nosotros con un candil que luego de algo más de dos décadas empezó a emitir un brillo intermitente, parecido a un parpadeo. Leerlas una y otra vez puede ser el combustible que esa lámpara necesita para ayudarnos a soportar un poco el peso de la implacable noche chilena.



Jorge Teillier

El mundo donde habito. Prosas completas

Edición de Ana Traverso

UACh, 2023



















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