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La vida es eterna en cinco minutos


Comencé escribiendo este texto mientras leía a Gabriela Mistral sobre su inquietud hacia lo divino, al tiempo que escuchaba el suspiro de mi abuela noventona que dormía cerca mío. Me había ido a quedar con ella porque sus suspiros empezaban a ser cada vez más divinos, en el sentido del aproximamiento a la divinidad espiritual que buscaba Gabriela. En lo personal, habito una gran fascinación sobre lo que viene después del sueño eterno, tanto así que añoro el día de mi muerte. Más por una curiosidad sociológica que por una inclinación suicida.

 

Siempre me he sentido más de allá que de acá eso sí, cargando con esta sensación de estar medio muerta que me hace atravesar de manera fantasmal el día a día. Sensación que tiraba a dormir, en pleno día, como un animal cansado, a la Mistral. Yo podría dormir todo el día, y toda la noche. Me quedo dormida en todas partes. Tengo una habilidad para hacerlo sin discriminar ni espacio ni tiempo, al punto que recuerdo una vez que llegué a soñar estando parada en un vagón del metro en hora pick. Esto fue en mi vida universitaria. Quizás eso es, he vivido muchas vidas en muy poco tiempo. Las múltiples vidas pasan la cuenta, porque cada una porta su muerte también. Yo creo que estoy viviendo el duelo de mi última. Cuento con siete, como los gatos. Esta debe ser como la cuarta. Y me cuestan los duelos, pasar a otro estado. Como mi abuela, que finalmente agonizó dos días. Se iba, pero volvía. Hasta que no volvió más.

 

La idea de que alguien no vuelva más me deja sin suelo. Esa sensación se ha manifestado principalmente en mis pérdidas amorosas, pero inician cuando mi madre me dejaba, por unos minutos, sola en casa, a eso de mis infantiles tres años, cuando se iba a trabajar. Me decía que sólo serían cinco minutos, mientras llegaba la señora que me iba a cuidar. Al final eran quince o veinte. Pero a los tres años no se tiene noción del tiempo, por lo que cuando ella se iba solo había espacio para experimentar el abandono: una sensación que me ahogaba en angustia y me dejaba llorando en la ventana de la pieza de ella, mi madre, que daba adelante de jardín, mientras veía su silueta perderse por la calle, a la vez que me dejaba perdida a mí en el sin saber qué hacer con el vacío que sobrepasaba mi diminuto cuerpo de tres años. Seguro ahí empieza mi problema con el tiempo, porque desde ese momento el tiempo se me desdibujó. Los segundos pasaron a ser minutos; los minutos, horas; las horas, días; los días, años y los años, minutos nuevamente.


Desde entonces que me cuesta dormir a la hora, despertar a la hora, salir a la hora, llegar a la hora. Es un tiempo que se resiste en mi cotidiano y que le cuesta hallarse en el tiempo social. Un tiempo que se pierde y se repite en esto que mi madre llama, con tono de reproche, “dar la vuelta”. Dice que soy buena en eso. Un tiempo inacabado que no llega a su fin. El filósofo chileno, Sergio Rojas, plantea la idea de vivir en el tiempo del fin, pensando el fin no como un acontecimiento que va a suceder, sino como un proceso que ya comenzó. Existir en el fin. El tiempo en el que el sentido de las cosas se va cayendo junto al “doméstico soporte de lo cotidiano”. Quedarse sin suelo cuando las cosas dejaron de ser y ya no están. Y en ese no estar es donde paso la mayor parte del tiempo, debatiéndome, como mi abuela, en ese estado de agonía del sin fin.

 

La agonía de ella me pareció surrealista. Esas miradas que se perdían en algo más allá de la percepción de las personas que la acompañábamos. Elevaba su torso y brazos buscando un abrazo que no alcanzaba a llegar. Es probable que también añorara el abrazo materno en ese espacio del no ser ni viva ni muerta. Pero se perdía en el acto y caía en la cama al ritmo de su exhalación. Sus suspiros removían la habitación, cargando años, secretos e historias que, en su conjunto, emitían un ruido estruendoso proveniente de quizás qué profundidades. Fueron dos días de una danza con la muerte que a mi abuela la dejó agotada. Finalmente se entregó, pero le costó.

 

Fue el mismo día en que se impuso el rechazo por sobre el apruebo respecto a la posibilidad de una Nueva Constitución. Pasar a otro Estado también le puede costar a un país, pensé. Y a mí me cuesta, por lo que no soy quién para juzgar a un país. Mientras tanto me resisto, me entrego y me agoto en un tiempo que se desdibuja, donde los segundos pasan a ser minutos; los minutos, horas; las horas, días; los días, años y los años, minutos nuevamente. Ya Víctor Jara lo advertía cuando cantaba “la vida es eterna en cinco minutos”. Con tres años lo comprendí, cuando la ilusión del regreso de mi madre a casa no tuvo fin.  “Son tan solo cinco minutos”, me decía. Solo cinco minutos.






 

 

 

 

 

 

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