top of page

Lou Andreas-Salomé: la psicoanalista olvidada

Este texto es la introducción del libro Lou Andreas-Salomé. La filósofa del psicoanálisis, editado recientemente por Galerna.



La obra de Lou Andreas-Salomé ha permanecido mayormente relegada en todos los ámbitos en los que hubiera podido recibir atención: la tradición de la filosofía no ha incluido sus ensayos y reflexiones críticas en sus programas, el psicoanálisis prácticamente no ha discutido sus contribuciones a la disciplina, y apenas los estudios literarios le han dado en ocasiones verdadera importancia a sus novelas y relatos. En contraste, su vida ha despertado una considerable curiosidad, sobre todo sus amistades y amoríos con hombres célebres como Nietzsche, Rée, Rilke y Freud, entre otros. En las habladurías de su tiempo y más allá, Salomé encarnó el mito de la femme fatale —mujer que mata o lleva a la muerte—, el cual posee una fuerza indiscutible en la cultura occidental. Varios elementos contribuyeron a que su nombre retumbara de un modo que excedió ampliamente su obra: la leyenda de la joven brillante que rompió el corazón del filósofo más importante de su tiempo, como lo fue Nietzsche a partir del 1890 (a quien habría inspirado además su libro Así habló Zaratustra, que los jóvenes alemanes llevaban a la guerra en sus mochilas); las historias sobre su don para influir en artistas y científicos, así como para abandonarlos impiadosamente; su rebeldía en los modos de establecer vínculos y amistades, lejos de las convenciones establecidas; su habilidad para ganarse la máxima confianza del fundador del psicoanálisis (al punto de pasar una estadía en su casa familiar intimando con su hija Anna); la tensa relación con el feminismo de la época.


Este desbalance entre una atención mínima a sus escritos y una máxima a su vida resultó en un abordaje mayormente biográfico de su figura. Esto estuvo condicionado, también, por el hecho de que su última obra fuera una autobiografía, publicada póstumamente por su albacea Ernst Pfeiffer —catorce años después de la muerte de Salomé—. Este libro, que solía llamar el “compendio” (Grundgriss), fue titulado Mirada retrospectiva (Lebensrückblick) y ha sido posiblemente el más leído y traducido de sus textos, plagando la bibliografía sobre ella de anécdotas y datos personales, que pasan a ser parte de su obra (y no solo de su vida) desde el momento de su aparición. Tampoco favoreció la divulgación de sus escritos el hecho de que la correspondencia con aquellos hombres célebres se impusiera en la recepción de su figura. La temprana biografía de H. F. Peters (Lou Andreas-Salomé. Mi hermana, mi esposa. Una biografía, 1962) dejó quizás también, con su impresionante investigación, una marca demasiado honda. Por si fuera poco, al morir Pfeiffer se desclasificaron una cantidad de documentos a partir de los cuales Stéphane Michaud escribió una nueva biografía, aún más detallada (Lou Andreas-Salomé. La aliada de la vida, 2000). Luego Isabelle Mons realizó un minucioso trabajo sobre ella, que aunque aborda ciertos aspectos de su obra conserva una impronta fuertemente biográfica (Lou Andreas-Salomé. Una mujer libre, 2012). 


La pantalla grande y la ficción también han hecho su parte en la creación de cierto personaje en torno a su figura. La referencia más conocida seguramente sea la novela ficcionada El día que Nietzsche lloró, de Irvin D. Yalom, publicada en 1992 y llevada al cine en 2007, donde el personaje de Lou Andreas-Salomé dista mucho de la realidad, tanto en relación con los datos biográficos como con la caracterización de su personalidad. Previo a esto, ya en 1977, Liliana Cavani dirige la película Más allá del bien y del mal, que aborda los tiempos de su relación con Nietzsche y Rée, tal vez de manera algo fantástica. Luego, en 2016 sale a la luz un respetable film dirigido por Cordula Kablitz-Post, que refleja su vida de modo bastante fiel a su autobiografía. Su figura también inspiró obras de teatro y más de una creación musical. 


La vida de Salomé fue sin duda apasionante, no solo por sus historias afectivas, sino también porque se movió con destreza en los círculos intelectuales y artísticos más importantes de la Europa de fin de siglo, en especial en sus estadías en Berlín, París y Viena. Pero que eso haya postergado el estudio de sus textos es un efecto sin duda indeseado de la orientación que toma a veces la curiosidad humana. Todos estos factores hicieron que primara una aproximación impresionista a su pensamiento que mayormente se ahorra el esfuerzo de elucidar el sentido de una obra extremadamente densa y oscura —aunque no ininteligible—. Se construyó así la idea de que su aporte a los ámbitos intelectuales estuvo dado únicamente por su persona, y no por sus ideas. 


En este libro nos proponemos rescatar tan solo una parte de su prolífica y variada producción: su obra psicoanalítica. Es llamativo que esta dimensión de su pensamiento, a nuestro juicio la más relevante y profunda, haya sido la más olvidada de todas. El encuentro con Freud en Viena en 1912, cuando Salomé tiene ya cincuenta años, marca el punto de inflexión más importante de su obra y su vida profesional: en ese momento elige consagrarse al estudio y la práctica clínica del psicoanálisis, una disciplina nueva que se encontraba en plena ebullición, convirtiéndose en una de las primeras mujeres psicoanalistas de la historia (mas no la primera). En ese contexto, a partir de la década de 1910 escribe una serie de artículos que participan de los debates de la “ciencia nueva”, que era para sus promotores una auténtica “causa” a la que ella se suma con devoción. En ellos, Salomé aborda temas diversos como el narcisismo, la sublimación, la sexualidad femenina, el masoquismo, el sentimiento de culpa, etc. Por largo tiempo, estos artículos publicados en revistas de la época (la mayoría en Imago y Almnach des Internationalen Psychoanalytisches Verlages) no fueron recogidos y compilados siquiera en alemán. Recién a fines de los 70 se reunieron por vez primera en italiano, unos años después en francés y, en 1982, Gustavo Dessal y Guillermo L. Koop llevaron a cabo una compilación en castellano bajo el título El narcisismo como doble dirección. Obras psicoanalíticas (Barcelona, Tusquets, 1982), un trabajo extraordinario aunque con una traducción por momentos cuestionable, que hoy es prácticamente un incunable —y constituye la única posibilidad de acceder a estos textos en nuestra lengua—. Es impactante que en alemán —la lengua en la cual la escritora rusa escribió su obra, que era su lengua materna— este trabajo se haya realizado por primera vez en 1990. Así, mientras en la actualidad pueden encontrarse sin dificultades algunas de sus novelas y ensayos previos al periodo que estudiamos —especialmente “El ser humano como mujer” y “El erotismo”, que han tenido cierta fortuna en cuanto a su circulación—, el legado psicoanalítico permanece escasamente editado y perfectamente ignorado. 


Este legado psicoanalítico está evidentemente en relación con el recorrido previo de la autora, que al momento de acercarse a la disciplina llevaba ya escritas unas cuantas novelas y relatos, un estudio muy comentado en la época sobre el papel de las mujeres en el teatro de Henrik Ibsen, un libro sobre Nietzsche, uno sobre Rilke —escrito pocos años después de su muerte—, y unos cuantos ensayos sobre psicología de la religión y temas como el erotismo, la mujer y la creatividad del artista, entre otros. La terminología técnica que incorpora de la teoría psicoanalítica a partir de la década del 10 no elimina las intuiciones fundamentales de su obra anterior, ni tampoco sus influencias filosóficas (Spinoza, Schopenhauer, Simmel, Nietzsche, la filosofía de la vida, etc.), sino que más bien nutre esas intuiciones de un vocabulario específico y les brinda la posibilidad de una aplicación práctica. La filósofa Salomé está presente en la psicoanalista, a tal punto que para Freud será una representante de “la filosofía” (con toda la resistencia y la ambivalencia que generaba esa palabra dentro de la disciplina nueva). En este sentido, en la parte central de este libro (Capítulo IV), acuñamos la fórmula “narcisismo dionisíaco” para nombrar el modo en que el concepto psicoanalítico está teñido en el pensamiento de Salomé de la filosofía nietzscheana. 


El concepto de narcisismo es sin duda el que atrae más fuertemente a Salomé al psicoanálisis, y sus originales contribuciones en este punto merecen hace tiempo una recuperación. El carácter dionisíaco que le imprime al narcisismo hace referencia a una dimensión pre-individual, a una unidad primordial a la que el ser humano permanece conectado y que abarca las experiencias de goce y de dolor. Esta concepción está atravesada por sus lecturas de Nietzsche, que se produjeron muchos años después del encuentro personal entre ellos. Para ese entonces, en 1882, no había escuchado más que algunos fragmentos de La gaya ciencia de boca de él. Fue tiempo después cuando Salomé estudió en detalle la obra nietzscheana y recibió su máximo influjo, que la llevó a escribir varios artículos sobre su pensamiento y un libro sobre la psicología del filósofo como elemento clave de sus concepciones, publicado en 1894. La convergencia del pensamiento de Freud y de Nietzsche en la obra de Salomé es mucho más contundente que el puente que su persona pudo haber creado entre el mítico filósofo y el fundador del psicoanálisis. Esa convergencia, además, pone el foco en un tema escabroso tanto para la filosofía nietzscheana contemporánea como para el psicoanálisis: el asunto de Dios. La lectura de Salomé del narcisismo como conexión con la totalidad y de Nietzsche como “buscador de Dios” tienen todo lo necesario para ser rechazados en ambos ámbitos. Tal vez entonces pueda hallarse en el olvido de la obra de Salomé algo más que la dificultad que presenta su intrincada escritura. 


Uno de los aspectos más originales de la concepción salomiana del narcisismo reside en su relectura del mito de Narciso —al que Freud casi no presta atención—, y a la función que allí cumple el espejo. Según afirma, el espejo del mito, al ser de agua, simboliza la Naturaleza a la que el héroe se siente unido (motivo por el cual queda embelesado). En el espejo artificial, en cambio, Salomé ubica la individuación que acabará con esa unidad. La experiencia humana frente al espejo entraña entonces un duelo por la totalidad perdida y un sufrimiento frente a la percepción del contorno que delimita el adentro y el afuera del cuerpo. Lejos de la vanidad, el proceso de individuación, de conformación del yo, es comparado por ella con el dolor que se siente cuando en la infancia un diente se abre paso. Es decir que si bien para la historia más frecuentada del psicoanálisis fue Jacques Lacan quien puso lo especular en el centro de la noción de narcisismo, Salomé lo había hecho varias décadas antes. Lacan postula el estadio del espejo como momento de conformación del yo, el cuerpo y la realidad exterior. Propone que el yo se constituye como un objeto unificado en el momento en que el niño percibe su propia imagen en el espejo y se identifica con esta —o con el semejante que le hace de espejo—. Por cierto, el autor presenta sus ideas sobre el espejo en el Congreso de 1936, al que Salomé podría haber asistido si no hubiera sido por su avanzada edad y constantes dificultades económicas. Es llamativo que el sentido del espejo en Salomé y en Lacan sea quizás opuesto. Si para ella se trata de un duelo por la unidad perdida, para él lo que siente el niño es júbilo por el reconocimiento de que ese yo constituido le pertenece. La unidad para Salomé es previa al encuentro con los contornos que nos arroja el espejo; para él, en cambio, es posterior. Mientras que para Lacan el narcisismo comienza con el reconocimiento en el espejo, para Salomé allí termina. 


Si bien los artículos salomianos sobre psicoanálisis circularon poco, hubo uno que sí tuvo un importante lugar en la recepción: el diario que escribía el año que estudió con Freud en Viena en 1912 —editado por Pfeiffer en 1958 bajo el título En la escuela con Freud. Diario de 1912-1913—. Este ha logrado una considerable circulación, no tanto en pos de estudiar el pensamiento de Salomé sino más bien como fuente documental sobre los avatares personales y las rencillas de los miembros del círculo freudiano —Tausk, Ferenczi, Rank, Adler, Jung, etc.—. También ha sido ampliamente leída y traducida la correspondencia entre Freud y Salomé que Pfeiffer puso a disposición en 1966. El intercambio epistolar entre ellos fue uno de los primeros libros de correspondencia que se publicó del psicoanalista, ofreciéndole al público por vez primera la posibilidad de acceder a una faceta suya inédita e íntima, además del interés que suscita el cuantioso material teórico que allí se discute. Finalmente, la última fuente de relevancia es el libro más elogiado por Freud, que lleva por título: Mi agradecimiento a Sigmund Freud. Carta en su 75 aniversario y que, a pesar de su inmenso valor, no tiene traducción castellana hasta hoy. 


En las maneras de Salomé de vincularse con el círculo freudiano puede observarse una búsqueda análoga a la que había orientado sus relaciones con Paul Rée y Nietzsche: la insistencia en pertenecer a una suerte de hermandad, un colectivo intelectual, un grupo. Eso que denominó “La Santísima Trinidad” cuando soñaba una convivencia junto a sus dos amigos y que lograría luego, por un tiempo, junto a Rée y un grupo de intelectuales y científicos en Berlín. Ella esperaba que el movimiento psicoanalítico pudiera ofrecerle algo semejante, aun cuando su práctica clínica terminará siendo solitaria, en su casa de montaña en las afueras de Gotinga. Este ideal de un grupo intelectual no define únicamente sus modos de vincularse, sino que aflora en sus conceptualizaciones teóricas, en las que el arte, la creatividad y el narcisismo se nutren de una fuerza suprapersonal, a veces universal, que trasciende en cualquier caso al individuo. Su enigmático matrimonio con el iranista Karl Andreas —con quien llevaban vidas más bien separadas y se dice que jamás tuvieron relaciones sexuales— no impedía que este intento de formar parte de una hermandad continuara siempre vigente.


Los libros que abordan la figura de Lou Andreas-Salomé suelen presentar de modo recurrente ciertos capítulos. Uno sobre su infancia aristócrata en San Petersburgo, donde nace bajo el nombre de Louise von Salomé en 1861, el día de la abolición de la esclavitud en Rusia —como si la estrella de la libertad signara su destino—, donde se refiere su lugar de hermana menor de cinco varones, mimada por estos y sobre todo por su padre, un militar cercano al zar. Otro capítulo suele dar cuenta de sus primeros estudios de filosofía con el predicador protestante Henri Gillot, quien la bautiza como Lou, se enamora de ella a pesar de su diferencia de edad y le pide matrimonio sin éxito. Otro sobre su viaje a Zúrich en 1880 para asistir a una de las pocas universidades germanoparlantes que aceptaba mujeres en la época, donde estudia teología y además un curso de historia del arte. También se suele contar la historia de su llegada a Roma en 1882 (a partir de sus problemas de salud), donde en casa de la feminista Malwyda von Meysenbug conoce a su gran amigo Paul Rée y luego a Nietzsche. Este capítulo es por supuesto el más requerido: se cuentan aquí las largas caminatas por las calles nocturnas de Roma conversando sobre filosofía junto a Rée, el sueño que ella le cuenta sobre una comunidad intelectual, las ansias con las que él busca cumplirle el deseo presentándole a su amigo Nietzsche (un joven filósofo que aún no tenía su aura mítica), la presentación en la basílica de San Pedro, Nietzsche iniciando la conversación algo patéticamente: “¿de qué estrellas hemos caído para que hayamos venido a parar aquí?”. El capítulo siguiente suele abordar los años en Berlín junto al grupo que forma con Rée, ya lejos del despechado Nietzsche. Finalmente, hacia 1887 conoce a su marido y se distancia entonces con dolor de su celoso amigo Rée. Otro infaltable capítulo se refiere a Rainer Maria Rilke, amigo y amante, al que le da el nombre y lo empuja a convertirse en el poeta que fue, y con quien hace dos viajes a su Rusia natal que serán más que relevantes en su vida y en su obra. Un último capítulo aborda generalmente el vínculo con Freud y el psicoanálisis, que abarca el último tercio de su vida, donde suele destacarse la profunda amistad con el fundador y con su hija Anna, para quien Salomé será una interlocutora fundamental. 


En este libro nos concentraremos en esta última etapa, aunque incluiremos también textos y acontecimientos previos cuando la argumentación lo requiera, sobre todo en relación con la concepción temprana sobre lo femenino, la difícil relación con el feminismo de la época y su lectura de Nietzsche, aspectos todos anteriores al periodo psicoanalítico. En el primer capítulo, examinamos los fundamentos de su aproximación al movimiento psicoanalítico y sus vínculos con algunas de sus figuras —principalmente con Sigmund Freud, pero también con Alfred Adler, Victor Tausk y Anna Freud, entre otros. En el segundo capítulo desarrollamos su concepción de lo femenino antes y después de su encuentro con el psicoanálisis, poniendo el foco en la cuestión de la sexualidad. Sostenemos que puede identificarse una “operación Salomé”, que consiste en tomar ciertas tesis de Freud pero invertir su signo. Un caso patente se observa en el tópico de la sexualidad femenina, donde lleva a cabo una transvaloración de las ideas de regresión libidinal, pasividad y del placer clitoridiano en general. En el tercero, abordamos su teoría del narcisismo, en la que puede leerse una sorprendente redención del fenómeno narcisista para la cura y la creatividad. Incluimos aquí un análisis del texto “Anal y sexual”, por lejos aquel que recibió mayor reconocimiento por parte de Freud, y que también Lacan valora en un coloquio de psicoanálisis hacia 1960 (que nos llega como uno de los escritos) y en el Seminario 10. En el cuarto capítulo hacemos una lectura de esa concepción del narcisismo a la luz de la idea nietzscheana de lo dionisíaco. Para finalizar, abordamos los vínculos de Salomé con dos conceptos clave del psicoanálisis freudiano: el ello y el sentimiento oceánico, con el objetivo de mostrar nuevos aspectos de la influencia no reconocida de la autora en la disciplina, así como explorar su compleja relación con el misticismo y la religión.


Lou Andreas-Salomé es una autora que, aun cuando se la elogia retóricamente, no se la conoce ni se la estudia. Y si bien ella sostenía que las vivencias personales intervienen necesariamente en los desarrollos intelectuales, estos últimos demandan un esfuerzo conceptual que no puede saldarse biográficamente. Es nuestra intención llevar adelante esa tarea de estudiar y dar a conocer su pensamiento. Hacia el final de este libro, puede encontrarse una selección de fragmentos de su obra que brinda la oportunidad de conocerla a través de su particular escritura. Aspiramos a que quien lea estas páginas descubra a una pensadora que, si bien es reputada como “musa” de hombres insignes, ha recibido también no poca inspiración.

-

1) Podemos observar un ejemplo elocuente de esta perspectiva en el comentario de una reconocida e influyente psicoanalista del ámbito institucional lacaniano argentino: “Su mayor aporte al psicoanálisis fue dado por su propia inclusión en el movimiento con el halo de prestigio que cubría su persona, su relación con Paul Rée, Nietzsche y Rilke y, sobre todo, la manera con que sabiamente encarnaba para su entorno el enigma femenino” (Tendlarz, 2000: 16-7). 
2) En castellano, apenas un año antes de la compilación mencionada, salió una traducción del artículo “Anal y sexual” en la Revista Imago, traducido por Ramón Alcalde. También hubo casos aislados en que se tradujo algún artículo puntual, como por ejemplo “El narcisismo como doble dirección” al inglés en 1962, traducido por Stanley A. Leavy.
3) En alemán el título es In der Schule bei Freud, pero la edición en castellano se tituló Aprendiendo con Freud. 
4)  Esto sucede por ejemplo con las investigaciones de Paul Roazen y Paul-Laurent Assoun, que toman el diario de Salomé para estudiar a otras figuras que aparecen allí.
5)  Véase Lacan (2008: 691).

-

Lou Andreas-Salomé
La filósofa del psicoanálisis
Florencia Abadi y Matías Trucco


bottom of page