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Mario Amorós: «Es inexplicable esa crueldad, ese grado de violencia con Víctor»



Ha dedicado su vida como autor a Chile. Ahora, a cincuenta años del golpe de Estado, el historiador y periodista español, persona de izquierdas, como dice él, publica La vida es eterna, una biografía de Víctor Jara. En esta entrevista explica el tránsito del artista desde el teatro a la música, habla de la importancia de su paso por la Acción Católica y el seminario, de su entusiasmo con el teatro de masas y de un asesinato que sigue siendo difícil de comprender.

Ha escrito sobre Allende, Miguel Enríquez, Neruda y Pinochet, sobre la «trama civil contra la Unidad Popular», el pacto de izquierdas que gobernó Chile desde 1970 hasta el golpe de Estado del 11 de septiembre 1973; ahora escribe sobre Víctor Jara y pronto comenzará una investigación sobre Gladys Marín: «Mi interés por Chile nace por la figura del presidente Allende, hace ya casi 30 años», cuenta el historiador y periodista Mario Amorós (Alicante, España, 1973). «Como persona de izquierdas, como estudiante de historia, me interesó mucho empezar a leer sobre el proceso de la Unidad Popular. Viajé a Chile por primera vez en el año 97. El caso Pinochet (el arresto del ex dictador en Londres por una orden del juez español Baltazar Garzón) para mí significó, aparte de un activismo con los chilenos en España, potente, publicar una gran cantidad de entrevistas y adentrarme más en la historia de Chile, conocer a muchas personas relevantes».

A partir de ese trabajo Amorós publicó Allende (2013), Miguel Enríquez. Un nombre en las estrellas (2014), Neruda. El príncipe de los poetas (2015), Pinochet. Biografía militar y política (2019), Entre la araña y la flecha. La trama civil contra la Unidad Popular (2020) y, este año, La vida eterna. Biografía de Víctor Jara (Ediciones B). «La verdad es que es un periodo que no deja de interesarme, porque cuando conoces más, tienes más maneras de saber por dónde encontrar cosas nuevas, archivos nuevos, personas que te hablan de determinados aspectos, en fin. Es un trabajo que no tiene fin», dice el autor, cuyos libros son distintas entradas o perspectivas para conocer un periodo: «Claro, desde el lado cultural con Neruda y Víctor Jara, desde el lado político con Allende y Pinochet. Además, esas biografías —Pinochet, Allende, Neruda— no solo recorren la UP, recorren todo el siglo XX», ratifica. «Y bueno, también mi tesis doctoral la dediqué a un sacerdote valenciano, Antoni Llido, desaparecido en Chile, que es otra manera de ver el proceso de la UP, desde Quillota, desde los cristianos por el socialismo».


Nacido en Santiago

Casi en la Alameda, al sur de esta, entre Bascuñán y Unión Latinoamericana, rodeado de comercio callejero, en el pasaje Arturo Godoy está lo que alguna vez se llamó Estadio Chile y que, desde 2003, lleva el nombre Víctor Jara. La mañana del golpe de Estado, en vez de quedarse en casa con su familia, con su mujer, Joan, y sus hijas, Manuela y Amanda, o buscar refugio, el músico partió a su trabajo, a la Universidad Técnica del Estado, la UTE (hoy, Universidad de Santiago), cuya entrada principal está apenas a unos 500 metros a pie del Estadio, cruzando la Alameda y bajando hacia el poniente. En la universidad él y otras personas fueron apresadas por los golpistas; luego las trasladaron ese medio kilómetro y quedaron detenidas en el recinto deportivo.

«Lo real es suficientemente espantoso. Mucha gente ha inventado historias horribles, pero nuestra verdad no necesita exageración», dijo Joan Jara en 1980, la mujer de Víctor Jara. En 2023 esas palabras todavía interpelan a quienes ven alguna diferencia, incluso una revelación, en el hecho de que al cantautor no le hayan cortado las manos como parte de las torturas que sufrió, hasta que fue asesinado el 16 de septiembre de 1973. La causa de muerte fueron «las heridas múltiples de bala», según el informe de autopsia que cita Mario Amorós en su libro: «En la región parietal derecha hay 2 orificios de entrada de bala. En la región torácica hay 16 orificios de entrada de bala y 12 orificios de salida de diferentes tamaños. En el abdomen hay 6 orificios de entrada de bala y 4 de salida. En la extremidad superior derecha hay 2 heridas a bala transfixiante. En las extremidades inferiores hay 18 orificios de entrada y 14 de salida».

Ya en vida, Víctor Jara, primero en el teatro, luego en la música, era una persona conocidísima, influyente. Luego de su asesinato, y quizás cada vez más, se ha convertido en una figura universal, reivindicada por músicos que van desde Los Fabulosos Cadillacs a Rage Against the Machine. Y a pesar de eso, de que lo conocemos —su arte, su música, sus letras, su secuestro, tortura y asesinato—, no sabíamos dónde había nacido, o más bien, el lugar que se indica hasta en su perfil de Wikipedia, San Ignacio, cerca de Chillán, no era el correcto: «Nació en Santiago de Chile (el 28 de septiembre de 1932). Ayer me llamó una periodista de La discusión de Chillán y parece que ha habido cierto revuelo en el sur, por esa cosa de apego a los que nacen en tu ciudad o en tu zona, ¿no? Bueno, Víctor Jara nació en Santiago, pero es algo anecdótico, porque en algún momento, muy temprano, sus papás, Manuel y Amanda, y sus hermanos mayores y él llegaron a ese pueblito de Quiriquina, que pertenece a la comuna de San Ignacio, en la entonces provincia de Ñuble», cuenta Amorós. «Amanda Martínez había nacido en Quiriquina, y es ahí donde empieza la vida de Víctor, en ese mundo campesino que después prosigue en Lonquén, hasta que tiene unos diez años y llega a Santiago. El propio Víctor a veces decía “nací en Santiago”, a veces decía “nací en Chillán”. Él tampoco ayudó mucho a aclarar el tema. Pero, bueno, he consultado los certificados de defunción y nacimiento y no hay ninguna duda».

Así como Víctor Jara fue el músico comprometido que conocemos, clave en el desarrollo de la música popular chilena y latinoamericana, también fue muy importante para el teatro, en particular como director. De hecho, esa era su carrera, hasta que a mediados de los 60 comienza a arrimarse también a la música. Hasta que opta o debe optar por una, y elige la guitarra.

¿Esa decisión fue eminentemente política?

Yo creo que sí, que el peso de la política ahí fue determinante. A lo mejor no lo digo tan claro en el libro, pero, ¿cuándo toma Víctor esa decisión?, en enero del año 70, cuando Allende ha sido proclamado candidato de la Unidad Popular. Ese año él toma una excedencia, porque sabe que viene una campaña electoral decisiva. Acaba de volver de Uruguay con Gladys Marín y con Quilapayún, y sabe que Chile va hacia un horizonte decisivo. Entonces, lo político, evidentemente, pesa mucho en esa decisión de Víctor, que luego se consolida en el año 71, porque ya es irreversible, él ya no volverá al teatro de la Universidad de Chile. Es algo impresionante, porque renuncia a su salario estable, a su fuente de ingresos estable, segura, la de un profesor universitario. Entonces, bueno, efectivamente, su compromiso político es determinante en esa decisión. Aunque lo musical también pesa: Víctor, cada disco que saca, tiene un éxito mayor; ya está DICAP (Discoteca del Cantar Popular), la discográfica de las juventudes comunistas, que va tomando vuelo. Él tiene una forma de grabar sus canciones comprometidas al margen de la industria discográfica convencional. Pero lo político es importante en esa decisión.

¿Crees que resintió el haber ido dejando el teatro?

Aquí cito a Joan Jara. Víctor, en el año 72, dirige tres espectáculos de masas en el Estadio Nacional. Uno por el 50 aniversario del Partido Comunista, otro por el VII Congreso de las Juventudes Comunistas y el último, en diciembre del 72, el homenaje a Pablo Neruda. Dirige espectáculos de masas con la participación de centenares de personas, trabajadores, eminentemente, o sea, actores no profesionales; y son espectáculos donde está lo folclórico, lo musical, lo teatral, para representar escenas de la historia de Chile, del movimiento obrero, del Partido Comunista o de la poesía de Neruda. Según Joan Jara, Víctor se queda maravillado ante la potencialidad de ese teatro de masas, como él lo llama. Y Joan dice que en algún momento piensa dejar incluso la música para volcarse en un proyecto que dé continuidad a estas actividades en el Estadio Nacional. Esa es una pista que da ella, pero también es verdad que en el año 73 Víctor graba Canto por travesura, da conciertos en Perú y también graba esas canciones que quedaron, que se publicaron ya a título póstumo en Londres en el año 74, ¿no?, «Manifiesto», «Cuando voy al trabajo», etcétera.


Créditos Fundación Víctor Jara


Sé que es especulativo lo que te pido, pero, más aún con este antecedente del teatro de masas, ¿crees que lo de dedicarse tanto a la música, sobre todo por razones políticas, podría haber sido un paréntesis, un compromiso de tiempos álgidos, y que después hubiese vuelto a la normalidad, por llamarlo de algún modo...

Víctor en el año 73 graba, y él lo decía, para sorpresa de muchos, un disco puramente folclórico, Canto por travesura, en un momento en el que Chile estaba en una situación política muy difícil. Y también se aparta de lo contingente con canciones como «Cuando voy al trabajo», «Vientos del pueblo» y «Manifiesto», que son canciones de una belleza enorme, que se alejan de la consigna política, que son también una explicación del vínculo que él sentía con su pueblo, sobre todo «Manifiesto», son las razones por las que él había empuñado la guitarra. Entonces, bueno, en ese año tan difícil, Víctor vuelve al folclore después de unos años y apuesta por dejar atrás lo contingente y crear canciones en un sentido introspectivo, intimista. Pero qué hubiera hecho Víctor después, no lo podemos saber.

Hay un momento en el libro, por algunas palabras de Víctor Jara, en que uno tiene la impresión de que para él el arte debía ser didáctico, casi propagandístico, no lo digo necesariamente en un sentido negativo. Pero claro, están esas últimas canciones más íntimas. ¿Había una tensión ahí?

No, es una evolución. Es una evolución al calor de lo que está pasando en Chile. Las canciones de Canto libre, del Derecho de vivir en paz, como «Abre la ventana», son una invitación al pueblo de Chile a sumarse al esfuerzo por construir el socialismo. Ahí está también la canción tan famosa de «Ni chicha ni limoná». Pero es verdad que en la Nueva Canción Chilena hay un debate, en el año 72, que se recoge en la prensa, sobre si (el movimiento) estaba en crisis. Ángel Parra y Víctor dicen que no, que no hay crisis, pero Fernando Barraza, gran periodista que aún vive y que tuve posibilidad de conocerle, en su libro que publica Quimantú, La Nueva Canción Chilena, habla de que la calidad de las canciones en general estaba bajando. Evidentemente, en una situación tan difícil, la tentación era lo contingente, lo propagandístico, entrar al combate político con la guitarra y con la canción. Víctor dice en varias entrevistas que eso es importante, que las canciones tienen su función en el instante; pero él, bueno, con su trabajo del año 73, da a entender que hay que pasar a una nueva etapa. Y es lo que él hace ese año.

Te llevo un poquito más atrás para preguntarte cuán importante fue en la formación artística e intelectual de Víctor Jara el haber participado, primero, en la Acción Católica y, después, haber pasado por el seminario.

Yo creo que el seminario es importante porque canta en el coro. Y después sabemos que entra al coro de la Universidad de Chile, lo cual es determinante, porque Víctor, que ha acabado el Servicio Militar, está sin trabajo y, con 21 años, sin un horizonte vital claro, encuentra ahí la puerta de entrada al mundo artístico. Imagino que también fueron dos años en el seminario donde pudo tener acceso a una biblioteca, donde pudo ir a clase ya con una edad madura. Fueron dos años importantes para su formación intelectual.

Así como reivindicó el folclor nacional y llamó a cuidarse del colonialismo cultural, en particular el estadounidense, Víctor Jara no era, como muestras, un purista de las tradiciones. Hay una cita que haces en la que llama a no temer a la influencia extranjera, claro que sin imitar, sino que elaborando. Incluso cuentas que su grupo favorito eran los Beatles, sabemos también que no tuvo problemas con introducir guitarras eléctricas en sus canciones. ¿Cómo conjugaba eso de tener cuidado con el colonialismo cultural, pero no temer a lo extranjero?

Eso lo conjugaba bien. Lo que sí hace, y es creciente, son sus críticas a la industria discográfica. Hay una gran cantidad de citas, que no he incluido en el libro, porque ya era repetitivo, pero Víctor, según avanza su vida, va siendo muy crítico con esa industria discográfica, que él entiende que manipula la canción protesta, que habla de ídolos de la canción protesta, término, el de ídolo, que él denosta. Pero al mismo tiempo incorpora la guitarra eléctrica de Los Blops a «El derecho de vivir en paz», algo que era insólito en la Nueva Canción Chilena. No tiene miedo a ese mestizaje, que se da mucho en ese tiempo, en Canto libre con los sonidos de Inti Illimani, del altiplano, y después el tema de las guitarras eléctricas de Los Blops en dos canciones. Pero sí que es verdad que es muy crítico con la industria discográfica y con esa penetración cultural que él denuncia, persistentemente, de la música anglosajona, porque difundía un ideal de vida que era el de la sociedad de consumo, capitalista, que Víctor no compartía.


Imágen Mario Amorós. Créditos: Florencia Doray


Hacia el final del libro reconstruyes el golpe de Estado, cuando él decide ir de todos modos a la UTE, cuando lo apresan a él y a otras personas. Después de investigar ese momento, de escribirlo, ¿lograste comprender el crimen?, ¿por qué lo mataron y por qué con esa saña?

Eso es difícil de comprender, ¿no? Pero también es verdad que Víctor era uno de los símbolos en el terreno de la cultura de la Unidad Popular. El odio, el dolor que le causó la dictadura con las torturas, los vejámenes, las humillaciones que sufrió y que están en el sumario judicial y que yo cito, se explican porque Víctor era una de las personas que representaba el proyecto de la Unidad Popular. El odio de clase sembrado a partir del año 64, con la campaña presidencial, la de Frei, con aquella campaña tan atroz, anticomunista; el odio sembrado por la derecha, por Patria y Libertad, el discurso nefasto de Eduardo Frei y Patricio Aylwin que cito en mi libro Entre la araña y la flecha; Frei y Aylwin decían que Chile, de la mano de Allende, iba a ser una dictadura estalinista, por tanto, después del golpe, dijeron que las Fuerzas Armadas habían salvado a Chile de una dictadura estalinista. Todo ese clima de odio creado por la derecha, por estos sectores civiles, más la doctrina de seguridad nacional de las Fuerzas Armadas, más el clima de la Guerra Fría, lleva a que la represión en Chile tuviera la magnitud que conocemos. Lleva a explicar cómo es posible que Pinochet ordenara el asesinato de su antecesor, el general Prats (el 30 de septiembre de 1974), cómo es posible que la DINA se atreviera a atentar en Washington tres años después, cómo es posible la caravana de la muerte. Y en el caso del Estadio Chile, cómo es posible que mataran a uno de los grandes creadores de la historia de Chile como fue Víctor Jara. Comparto con Nelson Coucoto que evidentemente no fue una cosa de los tenientes del ejército en el Estadio Chile, tuvo que haber consultas a la jerarquía militar y seguramente a la Junta Militar para acabar con la vida de Víctor Jara. Pero para cualquier ser humano íntegro es inexplicable esa crueldad, ese grado de violencia con Víctor y el sufrimiento que la dictadura causó al pueblo chileno.

Aunque demoradas, ha habido condenas por el asesinato de Víctor Jara. ¿Se hizo justicia o falta?

Comparto las palabras de Joan en el libro, es decir, 45 años de espera no es justicia. Pero también vengo de un país, España, donde hay una impunidad espantosa, absoluta, de los represores del franquismo. Entonces, como vengo de ese país donde hay una impunidad absoluta y eterna, valoro mucho más que la mayoría de los chilenos los avances que ha habido en términos de reparación, en términos de memoria; hay muchos memoriales en Chile, desde el Cementerio General; y hay sentencias, hay represores, aunque sea Punta Peuco una cárcel especial, privados de libertad. Y algo importante que rescato también es que las propias investigaciones judiciales son una fuente de gran valor para los historiadores. La prueba es este libro. Si no hubiera habido investigación judicial sobre la muerte de Víctor Jara, lo que sabríamos es lo que ya sabíamos en el año 74. Porque en el año 74, 75, en el exterior de Chile, en el exilio, se publican testimonios de supervivientes del Estadio Nacional, del Estadio Chile, que ya dan cuenta, más o menos, de lo que había sucedido. Es el trabajo de la familia de Joan, de la familia de Víctor, de la Fundación Víctor Jara, de las agrupaciones de familiares de víctimas de la dictadura, con el apoyo de las fuerzas de izquierda, lo que ha permitido desarrollar estos juicios, persistir en la búsqueda de justicia y, además de lograr las condenas, lograr unas investigaciones judiciales que ayuden a entender mejor lo que pasó. Eso yo lo valoro mucho.

La vida es eterna. Biografía de Víctor Jara

Mario Amorós

Ediciones B, 2023.

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