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Mundo Tal

DISCURSOS SOBRE LO INERTE I


Varios discursos sobre lo inerte. Una cajetilla de cigarros reacondicionada, cubierta de huincha aisladora, adaptada como faro del pesebre, con el switch encendido, liberando pulsos rítmicos de un rojo alarmante sobre la cara de loza del niño Jesús. Al año siguiente, desempolvando cajas que reanudan su utilidad estacional, el faro se encuentra prendido debajo de las luces navideñas. El ritmo insistente se ha repetido una y otra vez, 3 veces por segundo, 94.608.000 veces en el año. Voluntad increíble de lo que no tiene voluntad, como el divertimento del azar, la crueldad del chicote o la colilla encendida en la carrera de galgos.



DISCURSOS SOBRE LO INERTE II



Varios discursos sobre lo inerte. El muñeco tiene un corazón de cobre, válvulas de plástico, piel de trapo. Como un juglar de la corte, recita si se le golpea. Sus movimientos torpes terminan en una esquina, contra la muralla, de bruces recitando su eterna composición. Parece un colibrí que se ha estrellado contra la ventana ¿De dónde esta ternura por lo inútil? Lo mecánico, lo que se describe a sí mismo, lo que justifica su utilidad. Sobre todo, lo que imita la vida sin amenazarla. Un muñeco de trapo que consola, se hereda y nos hace recordar. Su piel grisácea, sus ojos trizados de color caramelo. La costura en la axila rota que invoca lágrimas de infancia y un cumpleaños tullido. Sus labios en V invertida, rojos, como un beso, melancólicos, tristes y muertos. Lo miro apoyado contra la pared blanca. Borracho, se ha deslizado en diagonal. Parece cansado, como un guardia de turno. Mi cara se desfigura en sus ojos rotos. La pieza se curva. El frío se condensa en su chaleco verde. Absorbe mi temperatura. Mi mal humor. Mi frustración. La soledad fundamental y la tragedia de la vida obtusa. Quedo ahí, sentado, casi sin vida, excepto por la organización de mis órganos, su manía compulsiva. El muñeco se incorpora. Respira y habla. Me mira. Sus palabras mueren al final de este poema.






UNO MÁS, POR FAVOR


El trago tirita en el vaso como un ojo inquieto. Una burbuja se golpea contra los contornos. En una pieza inmóvil, tras un oficio inmóvil salvo la curiosidad de seguir viviendo, la burbuja parece un explorador de otro mundo. O bien un exabrupto que termina en catástrofe. Me trago ambas intenciones y me sacudo el nervio. La burbuja explora el terror, mi vergüenza, todo mi “proceso de aceptación”. Pero atiendo, la veo dibujar su ruta por mis intestinos, sé cómo disloca mi tino, cómo colabora con la aceptación, cómo finalmente me embriaga sin glamour o propósito. La intoxicación culpa ahí donde la cristiandad me ha abandonado. Los valores del vigor son lo único que demanda. El trago es un mirage o el reflejo en el espejo que tanto asustaba a JLB. Duplica los esfuerzos, pero también extiende la noche. De pronto amanece, como amenazaba, y se devora el fin de semana. Otro trago corona el rocío en el patio contiguo. Choca contra las ventanas del departamento. Se quiebra en el parquet. Me arrastro como una cinta magnética, perdiendo poco a poco algo de lo que solía ser. Una última duda en el umbral del sueño forzado, ¿qué hace una burbuja en un vaso de bourbon? Alas, todo lo que aceptamos por renunciar a la ansiedad…



MAELSTROM


Lucifer, el ángel, la luz que ilumina la caída, se define por lo que opone y ensombrece. Sus alas se tullen con el roce del viento cálido y la sombra que proyectan se va concentrando en un punto en específico, haciéndose espesa, negra, absoluta. Cala un espacio entre el espacio, una palabra indefinida (como el nombre de su padre), una mitología de lo de abajo. Su luz se concentra, como un agujero negro, para luego atraer a toda la creación. Es la tentación. Gravita hacia el centro, curva las espaldas, vuelve magnética las aceras. Escogemos ese lugar y nos asentamos (algunos incluso hacen patria), porque mirar hacia arriba nos provoca vértigo, y si ya estamos en altura, nos invoca al suicidio involuntario. Agachado o agazapado son poses de las bestias. “Tiritando de miedo en las cavernas”. La tentación es la promesa del control que se sostiene del vigor moral y su desilusión puertas adentro. Manchar el bodegón a manotazos pero reconocer la manzana, el cristal, la tela que se pliega. El ciclo de la derrota y la mitología del dolor. Pero entre las puertas asoman ruidos y gritos que caen de bruces y no vuelven a ponerse de pie. Tienta el dolor pero en la amputación se desea. Se apila la carroña a los pies del cernícalo que la mira con indiferencia. Mientras, la vida ya ha hecho lo suyo. Todo se pudre. Todo se nutre. Terca insistencia. Si vemos desde abajo, quien cae se nos aproxima. Desde arriba, el abismo que nos separa solo desalienta.






TO BE CONCLUDED



Sostener cualquier imagen como un pedazo de madera que flota. La cascada de neblina desciende desde el San Cristóbal hasta la fachada de nuestro departamento. La mañana se dibuja fantástica, decapitada por las bocinas. Sensaciones lideran el plagio. Colores que riman con la angustia. Una flor despierta en la infusión, pero la losa la triza. Reposo en el descanso, la somnolencia, los ojos apenas abiertos. Arrulla el tráfico las pesadillas. Los sueños reparan la vigilia. Largas historias intrincadas, vanidad decimonónica, compulsión de soledad y rebeldía. De la cofa a la costa, solo una mirada. Repartiéndose las tierras antes del saqueo. Triunfos firmados por el rey de turno. Histeria de peste y asedio. La madre se despide de su amante mascando el muslo sangrante de su primogénito. Banderas blancas teñidas de semen y bilis. Debajo de la cruz, la sangre coagula la arcilla. Nosotros dormimos bajo el arcoiris, contando doblones y manzanas verdes. Una ofrenda del enemigo divide las aguas. La estría que se abrió trajo el éxodo bajo el diluvio. Viajes hacia el origen. Nuez moscada que alucina olores y recuerdos difusos. Nos encontramos a la orilla del tiempo, abrazados, escurriendo como gotas de aceite, nunca dejando de caer.


Ahora que camino con el abolengo de la madrugada, desprecio la aventura. Cala el ardor y se estaciona el síntoma. Mis consignas son planas. El mundo es débil. Se despeja la bruma empinada. Florecen edificios. Se encumbran antenas, cables, semáforos. Toallas húmedas cuelgan de las ventanas. Miradas indiferentes transitan.


Y todo intenta llegar a donde debe estar.




VIERNES

“hay que amar a los hombres o a las mujeres

como a un precipicio”

P.Q.


Nadie vio cómo te escondías. Si alguien lo vio no estabas oculto, solo huías. Se confirma la ignorancia de nuestro origen. Y ahora, cada momento es otro testamento al olvido. Queda fijar recuerdos que fueron invisibles y solo se comunicaron en confianza vulgar. La vergüenza es siempre retrospectiva. Leyendo Robinson Crusoe, las huellas en la arena de la isla, los cuerpos capturados y los torsos desnudos. Esas sillas que aún conserva mi padre en el living. ¿Cómo era que me amarraba a ellas, desnudo, y sentía el placer sensual de escapar? Si lo cuento es porque lamento que nadie me haya visto. La idea permanece como retrato de otro. Pero era yo, confirmo, somos nosotros. Un viernes opaco y vibrante que me castiga en la orilla.






BODEGÓN


Mi envidia es acaso lo más sagrado que se obtiene de mí. Es una hoja seca de invierno. Todo lo que cruje y se enmarca. No como el sol que se adivina en sombras. Como la vecindad del amor, los abrazos o las copas que intercambian. Uno se clava a desear, otros a desearlo, y nada se obtiene. Esa nada es el fruto que me escoge. Aquí lo ofrezco.






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