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¿Tiempo para (auto)cuidarnos?


“Nadie por sí solo tiene la solución de nada”

María Sánchez, 2021, p.112



Hace un par de meses, en un grupo de supervisión, la psicoanalista estadounidense Adrienne Harris deslizó casualmente una aseveración que nos dejó pensando: “darle curso a nuestra ambición también es una forma de cuidarnos”.


Quizás su comentario no hubiera sido particularmente sorprendente si lo hubiera hecho un hombre o hubiera estado dirigido a un grupo de hombres –socializados como suelen estar en la posibilidad de ambicionar–, pero dicho por una mujer en sus setentas a un grupo de siete mujeres psicoanalistas tres décadas menores no dejó de ser sorprendente.


¿Qué imágenes evoca en nosotros la expresión autocuidado? Probablemente las que primero se nos vienen a la mente están asociadas a suavidad, descanso, desconexión de la vida cotidiana, deportes, cuidado del cuerpo y muchas otras posibles… ¿pero ambición? Eso no era lo que teníamos en mente ese jueves.


Y es que hay algo que pasa cuando pensamos en el autocuidado que nos lleva a lugares diferentes a nuestra vida cotidiana, a actividades que necesitamos cada cierto tiempo como una forma de reponernos de aquello que nos cansa de la vida. Muchas veces, además, se entiende que una misma debe ser capaz de imaginar, gestionar y encontrar recursos para estos espacios de autocuidado que circulan por fuera de nuestra vida cotidiana. Nos preguntamos entonces ¿qué pasaría si pudiéramos entender el autocuidado no como una práctica marginal y por fuera de nuestra cotidianidad sino como una parte integral de la vida? ¿Qué pasaría si dejáramos de entender el autocuidado como una responsabilidad individual y pudiéramos pensarlo simplemente como cuidado, sostenido en prácticas colectivas?


María Sánchez, en su precioso libro Tierra de Mujeres reflexiona: “en un mundo en que cada día manda más lo individual y la inmediatez, volver la vista a nuestros márgenes es un ejercicio necesario y fundamental”. Volver la vista a los márgenes, en su caso, significa mover la mirada desde el mundo urbano y acelerado al mundo rural, rescatando y valorando prácticas de antaño. ¿Con qué se encuentra? Con que lo que en Madrid depende de proyectos estructurados para potenciar el contacto y conocimiento entre vecinos, en el pueblo de su abuela ocurre naturalmente, con una vida compartida en los zaguanes, “unas pendientes de las otras, cuidándose entre ellas [...] sin necesidad de que alguien piense como original e innovador algo que es tan primario y que llevamos tan dentro: el afecto y los cuidados hacia los que nos rodean. El apego y la atención. La comunidad y sus vínculos”.


Esta reflexión pone en evidencia la conexión del cuidado con dos dimensiones relevantes: la colectiva y aquella que refiere a la posibilidad de hacerse visible y desplegarse en el espacio público. Mucho se ha escrito sobre cómo la institución de un modelo radicalmente neoliberal en Chile en el contexto dictatorial incidió en formas de desarrollo social marcadas por una profunda individualización, con el consiguiente debilitamiento de la fuerza de los relatos colectivos y el repliegue a los espacios y relaciones íntimas (PNUD 2002, 2012, 2015; Márquez, 2003; Martuccelli, 2010), en desmedro de la búsqueda de contacto con lo desconocido, con la participación en la vida social y el espacio público. Quizás, si estuviéramos escribiendo esta columna a fines del 2019 o a principios del 2020 podríamos cuestionar estas perspectivas tan desesperanzadas respecto a la importancia de lo público y lo colectivo en la vida social. Sin embargo, escribiendo hoy, luego de atravesar una pandemia y un plebiscito que rechazó la propuesta constitucional, a veces sentimos que lo que se escribía el 2012 y que el estallido social parecía haber venido a desmentir, vuelve a sentirse real. La asociación pandémica del cuidado de la vida al aislamiento, al temor del contacto y al repliegue hacia el espacio íntimo parece habernos llevado por un curioso loop temporal de vuelta a una década atrás.


Y es que la pandemia parece haber instalado un quiebre entre los conceptos de libertad individual, cuidado y colectivo. Y sin embargo, esto contradice directamente el hallazgo de Maggie Nelson en su último libro On Freedom. Four songs of care and constraint (2021). Ella empieza su libro contándonos: “Había querido escribir un libro sobre la libertad [...] Comencé leyendo «¿Qué es la libertad?», de Hannah Arendt, y me puse a acumular bibliografía. Pero no tardé mucho en desviarme del tema, y acabé escribiendo un libro sobre los cuidados”. Y es que aquello con que se encuentra Maggie Nelson en su investigación es que –lejos de algunos discursos neoliberales propios de la derecha– la libertad no está construida sobre la noción de yo, sino sobre la noción de nosotros y de interdependencia. Lo interesante que resalta ella es que reconocer e insistir en la experiencia humana de interdependencia no dice nada respecto de cómo ésta es vivida subjetivamente “la pregunta no es si estamos o no imbricados (enmeshed), sino cómo negociamos, sufrimos y bailamos con esa imbricación”.


En relación con lo anterior, otra sorpresa que encontró Maggie Nelson en su escritura fue que “escribir acerca de la libertad y hasta cierto punto sobre cuidado, también significaba escribir acerca del tiempo”.


¿Cómo decidimos a qué le dedicamos tiempo? En una sociedad caracterizada por la aceleración –como plantea Hartmut Rosa–, nuestro tiempo parece ser una de las mayores ofrendas que podemos entregar. Dedicar tiempo al cuidado propio y/o de otros suele parecer casi contracultural en un tiempo en que la productividad resulta un mandato predominante. ¿Cómo elegimos qué o a quién cuidar cuando tenemos una cantidad limitada de tiempo? La última encuesta de uso del tiempo en Chile (INE, 2016) mostró que las mujeres dedicamos en promedio cuatro horas diarias más a tareas domésticas y de cuidado que los hombres. Y aquí, podríamos agregar sin mayor temor a equivocarnos demasiado que es tiempo fundamentalmente dedicado al cuidado de otros. ¿Cuándo hay tiempo para el cuidado de sí? ¿Quién cuida a quienes ejercen la mayoría de las tareas de cuidado en nuestra sociedad?


Aquí volvemos al comentario inicial de Adrienne Harris. Cuidar implica abrir tiempos y espacios para que cada quien pueda desarrollar una vida que se sienta auténticamente propia, en toda la variabilidad que eso pueda implicar, incluyendo las ambiciones personales. Y eso, ciertamente, requiere esfuerzos sociales y colectivos que puedan sostener esa diversidad. El psicoanalista Stephen Mitchell (1993) planteó que en el psicoanálisis contemporáneo el centro de gravedad de la práctica y la teoría se han movido desde la búsqueda de la comprensión de la psicopatología y la habilitación de la capacidad para “amar y trabajar”, hacia la oportunidad de “descubrir libremente y explorar juguetonamente la propia subjetividad, la propia imaginación”. En ese sentido, plantea que la creatividad y no la normalidad se ha vuelto el paradigma de la salud mental.


¿Qué mejor manera de cuidar que generar espacios sostenidos colectivamente para que –como diría la Agrado en Todo sobre mi madre– una pueda sentirse viviendo auténticamente, pareciéndose a lo que ha soñado de y para sí? En este sentido, y para cerrar, proponemos alejarnos de la noción de autocuidado y reivindicar que cualquier forma de cuidado requiere reconocerse como sostenido colectivamente.


Andrea Rihm,

Colectivo Trenza

Psicóloga y Doctora en Psicología UC, MA en Arte Terapia NYU - Colectivo Trenza



Referencias:

INE (2016). ENUT. Encuesta nacional sobre uso del tiempo. Disponible en:


Márquez, F. (2003). Identidad y fronteras urbanas en Santiago de Chile. Psicologia em revista, 10(14), 35-51


Martuccelli, D. (2010). La individuación como macrosociología de la sociedad singularista. Persona y Sociedad, XXIV(3) 9-29.


Mitchell, S. (1993). Hope and dread in psychoanalysis. Nueva York, NY: Basic Books.


Nelson, M. (2021). On freedom. Four songs of care and constraint. Minnesota, MN: Graywoolf Press.


Programa de Naciones Unidas para el Desarrollo (2002). Desarrollo humano en Chile. Vol. 2 Nosotros los chilenos: un desafío cultural. Santiago, Chile: LOM.


Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo (PNUD) (2012). Desarrollo humano en Chile 2012. Bienestar subjetivo: el desafío de repensar el desarrollo. Santiago, Chile: Salesianos Impresores S.A.


Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo (PNUD) (2015). Desarrollo humano en Chile 2015.

Los tiempos de la politización. Santiago: Ograma Impresores.


Rosa, H. (2016). Alienación y aceleración. Hacia una teoría crítica de la temporalidad en la modernidad tardía. Buenos Aires: Katz Editores.


Sánchez, M. (2021). Tierra de mujeres. Una mirada íntima y familiar al mundo rural. Santiago de Chile: Planeta Chile.


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